Amar la trama

Como le sucedió a Fito Páez y a Julieta Venegas, por ejemplo, con el tiempo sus canciones originalmente golpeadoras se fueron haciendo más amables, más limpias, más sabias y menos inquisidoras.

19 de Marzo de 2010 | 10:08 |

Una cama deshecha, sábanas blancas, un piso de madera vitrificada. No son la sofisticación ni la vanguardia las marcas de Jorge Drexler, cantautor que ilustra en el aparente descuido de esta foto de portada la adultez de foco romántico y saboreadora del ocio que ha llegado, en parte, a enarbolar él y sus nueve discos de trova cuidadosa y elegante, cosmopolita e ingeniosa, cool y a la vez consciente. Si ningún músico tiene la culpa de los fans que se granjea, el cantautor uruguayo más famoso desde Daniel Viglietti debe asumir que el éxito le ha ido sumando un tipo de seguidor que necesita de estos guiños de disenso acomodado, de profundidad sin densidades. Le sucedió antes a Julieta Venegas y a Fito Páez, por dar dos ejemplos: sus canciones originalmente golpeadoras se fueron haciendo con el tiempo más amables, más limpias, más sabias y menos inquisidoras.

No hay nada malo en afrontar un nuevo período creativo desde ese incamuflable optimismo, sobre todo si se viene de un disco de divorcio tan revelador como lo fue hace cuatro años 12 segundos de oscuridad. El propio Drexler reconoce que este Amar la trama es un disco de "melancolía luminosa; acá se habla del acto de disfrutar", alivianado al fin por la paz de su actual rutina doméstica en Madrid: bella esposa actriz a su lado, hijo recién nacido, una fama sin estridencias que le ha regalado auténtica autonomía profesional. Muchas de estas nuevas canciones aluden a esta afectuosa calma cotidiana, vivida "a paso lento, como bostezando / como quien besa el barrio al irlo pisando", según canta en "La trama y el desenlace".

Drexler es hábil al compartir esa intimidad con miradas más amplias, y en ese balance de observación externa, romance y domesticidad es donde se encuentra la esencia de su marca como autor. Es la mirada que da pie a "Los transeúntes", "Telón" y "Noctiluca" (a su hijo); y que combina muy bien con la cariñosa introspección de "Aquiles por su talón es Aquiles" o "Tres mil millones de latidos", un tema de autonálisis en el que el uruguayo se resigna al fin a su opción de vida nómada ("hay gente que es de un lugar / no es mi caso"). Esto no quita que Drexler pueda seguir ocupándose de temáticas inesperadas, como el universo submarino de "Mundo abisal", pero en general su canto es el de un hombre adulto que no busca más recursos que los que están a su mano, entre lo suyos, en el día a día.

La opción tomada esta vez para los arreglos es la más coherente imaginable para esa calidez temática. Nada de programaciones, y una grabación en vivo (sin efectos de posproducción) junto a un trío de bronces y otro de percusionistas. Si se permiten citas al jazz es de modo sutil, quizás al final de los temas, como ideas que hacen menos predecible el curso ordenado de su trova. Los discos de Drexler siempre han transmitido el abrigo de una buena banda a su lado, pero esta vez la interacción con sus músicos es aún más notoria, tanto en el empuje de las melodías como en las pausas y silencios. "La nieve en la bolsa de nieve" es la canción que mejor evidencia esa delicadeza, tal como "Toque de queda" es la nota de potencia digna de atesorarse: una mezcla de tango y bolero cantado a dúo con su esposa (la actriz y cantante Leonor Watling), que tensa el aire y transmite un amor vibrante.

—Marisol García

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