Raúl Orellana marcó un antes y un después en este concierto dedicado a la música barroca con su técnica y precisión en el violín.
El Mercurio
El segundo programa de la Temporada de Conciertos 2010 de la Orquesta de la Universidad de Santiago bajo la dirección de su titular David del Pino Klinge se desarrolló en el Teatro Nescafé de las Artes, debido a los daños sufridos en el Aula Magna de esa universidad con el terremoto. El programa presentó sólo obras barrocas de Haendel, Bach y Vivaldi, y tuvo además la participación del joven violinista chileno Raúl Orellana.
En la primera parte y bajo dirección de David del Pino se escucharon dos de las más conocidas y populares obras de Georg Friedrich Haendel. Nos referimos a la suites “Música del Agua” y la de los “Reales Fuegos de Artificio”.
Si bien la aproximación del maestro del Pino es certera en cuanto a estilo, logrando fraseos y articulaciones coherentes y musicales, los resultados de ambas obras fueron dispares. La “Música acuática” con que se dio inicio alternó momentos de gran brillo con otros de sonido no siempre limpio, sobre todo en los bronces que están muy expuestos. Sin duda fueron las cuerdas y las maderas las que alcanzaron el mejor nivel, sobresaliendo el grupo solista en algunas de sus partes.
Del Pino consiguió de sus músicos musicales diálogos y contrastes junto a momentos de gran elegancia. La lentitud del aria de la primera suite no fue obstáculo para la bella expresividad.
Los mejores momentos estuvieron en el “Bourrée”, por la sutileza de su sección central y las articulaciones de las partes extremas. De la segunda sobresalió “Alla Hornpipe”, por sus contrastes de peso entre las cuerdas y las maderas con los bronces. La suite de los “Reales Fuegos de Artificio” mostró un cambio radical pues el rendimiento fue del más alto nivel. Los bronces alcanzaron la excelencia del resto de las familias. El sonido en general y de acuerdo al carácter pomposo de la obra fue elegante o brillante, destacando contrastes y la prestancia de los fraseos y articulaciones. Sin duda un gran triunfo para del Pino y sus músicos. El público no escatimó sus aplausos.
La segunda parte permitió conocer la excelencia y musicalidad de Raúl Orellana, un joven que apenas traspasa los 30 años y ya cuenta con una interesante carrera internacional que le ha llevado a codearse con los mejores conjuntos de Europa. Su violín barroco parece no tener secretos para él y como ha superado los estadios técnicos ahora simplemente se aboca a recrear de la mejor forma las obras que interpreta.
Él mismo dirigió al pequeño grupo acompañante -éste lo hizo en forma espléndida-, quienes fueron capaces de seguir sus intencionalidades, responder a fraseos o seguir atentamente los rubattos cuando procedían. Podemos decir que en todo momento existió la mayor comunión entre los intérpretes.
La belleza sonora, musicalidad e imperio estilístico fueron evidentes ya desde el “Concierto para violín N° 2 en Mi menor, BWV 1042” de Johann Sebastian Bach en el que en todo momento predominó el más certero balance. El “adagio”, en su profunda sencillez y belleza melódica, simplemente conmovió a los asistentes con su casi ostinato de los chelos que complementan el expresivo canto del violín. Debemos agregar que la segunda sección fue prácticamente suspendida en su sutileza y la tercera fue brillante y de gran virtuosismo.
Para finalizar se interpretó el “Concierto para violín y cuerdas en Re mayor” de Antonio Vivaldi, obra conocida como “Il Grosso Mogul”. Es extrema en exigencias virtuosas. Orellana desplegó este virtuosismo en las dobles cuerdas que son recurrentes, esta y otras dificultades las enfrentó con solvencia asombrosa en los dos movimientos extremos, mientras que en el “Grave-Recitativo” encantó con su melancolía poética.