Londres hace un gran homenaje al teatro en "Adriana Lecouvreur"

La puesta en escena de David McVicar, la dirección musical del maestro Mark Elder y la entrega de los protagonistas, Angela Gheorghiu y Jonas Kaufmann, hicieron revivir el fervor del arte lírico hecho con amor por la belleza y el canto.

SANTIAGO.- En un tiempo en que la escena lírica parece congelada, absurda incluso en su desvarío por el feísmo y la brutalidad, invadida por el mal gusto y el desprecio por la tradición, Covent Garden apuesta por volver a las raíces pero con espíritu moderno. Esta "Adriana Lecouvreur" (Francesco Cilea, 1902), estrenada el jueves en la Royal Opera House, es un golpe al mentón a todos aquellos que no creen en la verdad escénica, en las emociones puestas en juego y en la entrega apasionada.


El régisseur escocés David McVicar se dio cuenta de que esta obra es teatro dentro del teatro, y para plasmar su idea recreó lo que fueron los escenarios europeos de los siglos XVII y XVIII, construidos de madera, con poleas e "infinitos" que son telones de fondo.


Su modelo fue el diseñado por Wolfgang Heribert von Dalberg (1750-1806),  en la línea del Schlosstheater de Ludwigsburg. Esa enorme estructura móvil, lugar donde Adriana interviene en la obra de Racine que interpreta en el primer acto e inserta en la caja de la Royal Opera, luego se convierte en el salón donde la Princesa de Bouillon espera a su amante; sirve para la disputa en penumbras entre ambas mujeres; otra vez es escenario para un irónico ballet sobre el  "Juicio de Paris" (tercer acto) y para que Adriana recite "Fedra", y, finalmente, es el sitio en el que Adriana invoca a Melpómene, la musa de la Tragedia, para morir en brazos de Maurizio mientras las máscaras contemplan, con enorme respeto y dolor, cómo la vida supera la escena.


En colorido y texturas, los recuerdos se agolpan sobre cuadros como "Mademoiselle de Camargo bailando", de Lancret; "Mademoiselle Duclos en el rol de Ariadna", de Nicolas de Largilliere, y, por cierto, en el retrato de Madame de Pompadour, de Boucher.


En una obra "imposible" como ésta, pues el libreto de Alfredo Colautti tiene un sinfín de defectos, McVicar puso toda su atención en rescatar el metateatro, haciendo que cada personaje se sintiera en acción y representación a la vez. Además, llamó a su actores a vivir con intensidad las pasiones en disputa, a tocarse, besarse y acariciarse profusamente, y a exprimir de las frases musicales toda la efusión amorosa imaginable, ya en la sucia y ridícula lujuria del Abate de Chazeuil, ya en la riesgosa infidelidad de la Princesa, pasando por cierto por el amor de hombre que el viejo Michonnet siente por Adriana y que él, resignado, va transfigurando en cariño paterno, y quedándose a vivir en la candente relación descrita entre Adriana y Maurizio.


"Adriana Lecouvreur" no se presentaba en este teatro desde 1906 y todas las funciones que quedan están sold out. ¿Por qué? Hay varias razones, pero las principales son que Covent Garden cuenta con un elenco estelar y que la ópera de Cilea es paradigmática en términos de qué quiere el público lírico. Y eso que quiere es escuchar grandes voces y explorar en los sentimientos a través de la belleza y no del kitsch.


"Adriana" no se puede hacer sin un cast extraordinario, que hoy cuesta mucho conseguir. La voz lírica y dulce de la soprano rumana Angela Gheorghiu va bien con el carácter de la legendaria actriz, aunque tiene poco que ver con las de Renata Tebaldi y Magda Olivero, grandes intérpretes del rol. Gheorghiu sabe decir y se entrega a su parte con intensidad; su italiano no es perfecto y en los graves y en el centro hay ocasiones en que el esmalte tiende a desaparecer, pero canta muy bien, sus frases son seguras y es un agrado que resuelva todo sin efectos "a la verista".


Su Adriana no es convencional ni melodramática; de pronto es coqueta y tierna, también se amurra y es una niña en brazos de Michonnet, y cuando ve a Maurizio emerge de ella un volcán difícil de contener. Es muy expuesta en esto último. Su gran momento fue "Poveri fiori", más que el monógo de "Fedra", que  resultó algo opaco, vitalizado sin embargo hacia el final cuando se requiere abandonar el recitativo para empujar el canto al agudo.


Caruso fue el primer Maurizio de la historia. Tras él, importantes tenores asumieron el rol: Bergonzi, Corelli, Del Monaco, Carreras, Domingo. Jonas Kaufmann no podía estar fuera de la lista y se diría que pone a los demás en entredicho. De partida, consigue emocionar con un papel ingrato por decir lo menos: el de un amante que compara la belleza de su amada con la de su bandera y que para pedirle matrimonio y perdón le ofrece "il glorioso mio nome" (mi glorioso nombre)... Como Kaufmann es un actor fuera de la norma, no actúa las palabras del texto sino la música, dotándola de un alma que no existe en otras interpretaciones.


A la vez, prolonga en los gestos el sentido que quiere dar a una frase, de manera que el espectador se convence de que aquello que él dice escénicamente está en la obra. Es un gran artista, como acaban de confirmar el martes dos nuevos premios: Diapason d'Or doble, uno por su disco de Lieder ("La bella molinera", de Schubert, para Decca) y otro como Artista del Año (premio del público).


En este caso, Maurizio-Kaufmann es el objeto del deseo de dos señoras (Bouillon y Lecouvreur) y es notable cómo el tenor es capaz de provocar a ambas de manera diferente: es un impaciente joven apasionado con Adriana y un hombre contrariado consigo mismo que usó a una mujer siniestra y que no se atreve a decepcionarla, al vérselas con la Princesa. Sus pianísimos, el timbre baritonal que sube inexplicablemente por el pentagrama, el lirismo de "La dolcissima effigie" y el abatimiento con que cantó "L'anima ho stanca" hicieron que la sala se volcara en un aplauso atronador.


Poco italiana la Princesa de Bouillon de la alemana Michaela Schuster, pero maneja a la perfección los códigos visuales y técnicos que necesita este oscuro personaje que aparenta vivir a sus anchas en medio de la angustia, la infidelidad, el amor no correspondido y la envidia. Su dúo del segundo acto con Angela Gheorghiu fue un verdadero duelo entre dos grandes. El barítono Alessandro Corbelli cantó un entrañable Michonnet, con dominio absoluto del escenario y con una voz que, aunque ha adquirido un temblor sostenido en el forte, le responde siempre con aplomo.


Una producción (será editada en DVD), al fin, cuidada al máximo, con una orquesta en esos días de los que nace la leyenda y en manos de un maestro como Mark Elder, capaz de extraer de ella lingotes de belleza sonora. Y McVicar puesto otra vez en el firmamento, como uno de los régisseur más extraordinarios de nuestro tiempo, para el que Covent Garden ya tiene una nueva apuesta: "Los Troyanos" (Berlioz), con Kaufmann como Eneas junto a Eva-Maria Westbroek y Anna Caterina Antonacci, en junio de 2012.

Por Juan Antonio Muñoz H., desde Londres, Reino Unido
Domingo, 21 de Noviembre de 2010, 16:14
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