"Es como cuando plantas un árbol y luego vienes y ves que el árbol ha crecido, que está más verde", decía Perry Farrell minutos antes de que comenzara la segunda edición chilena del festival que él mismo creó en Estados Unidos, a principios de los 90.
Por cierto, la frase encierra el deber obvio de ver siempre el vaso medio lleno, sobre todo ante los anfitriones y el público local, pero tras el término de las dos jornadas queda claro que el hombre de Jane's Addiction tenía razón: Ese árbol llamado Lollapalooza está creciendo, y sus raíces se ven firmes.
Pese a las turbulencias tras el anuncio del line-up —apelando al contraste entre los carteles anglo de 2011 y 2012—, las dudas se disiparon las pasadas jornadas de sábado 31 de marzo y domingo 1 de abril, cuando quedó claro que Lollapalooza Chile, para bien de todos, se asienta, y que la calidad y el impacto no necesariamente tienen que ir de la mano a cada minuto.
En su edición 2012, el de Parque O'Higgins se ratificó como el mayor festival en su tipo en Chile, con un cartel confeccionado bajo una estricta curatoría, y no por simple disponibilidad de agendas. Acá no llega cualquier tipo, y si uno flaquea la oferta disponible suele ofrecer una solución. Así se entiende que mientras MGMT sorprendiera por su languidez escénica, Skrillex repletara la Arena Movistar hasta obligar a su cierre, transformando al recinto en una verdadera olla a presión, con un hirvor frenético que sólo alcanzaron a disfrutar quienes corrieron a su encuentro.
Illya Kuryaki se reencontró con Chile ante una multitud inusitada para el escenario alternativo, mostrando la frescura renovada de su funky sintético. Mientras, Joan Jett abría una ventana a la historia del rock y el punk a través de su figura y sus melodías, Tinie Tempah asumía con altura su rol como único embajador del hip hop, Fernando Milagros lucía los laureles conseguidos con su disco San Sebastián, y 31 Minutos vivía un segundo día de gloria con un show que no puede quedarse sólo en estas dos jornadas.
Porque los chilenos, tal como en 2011, fueron protagonistas de este festival, y no sólo complemento. Desde Adrianigual y Ritmo Machine demostrando que lo suyo ya está para dar el gran salto, a Los Tetas evidenciando que hay un lugar que sólo ellos pueden ocupar en nuestro país. Los Jaivas escribieron una página más en su leyenda, Camila Moreno sorprendió con su búsqueda psicodélica, y BBS Paranoicos descubrió su potencia ante un nuevo público, mientras que Álex Anwandter y JuanaFe remarcaron que como ellos simplemente no hay otros en estas latitudes.
Band of Horses y TV on the Radio salieron de ese relativo nicho en que hasta ahora se encontraban, para compartir sus sólidas propuestas con un público diverso, y nombres como Foster the People y Systema Solar encendieron en Chile una mecha que seguro generará nuevos estallidos en adelante.
Desde veredas opuestas, Arctic Monkeys y Björk mezclaron calidad con dominio de masas, mientras que la foto con la que se recordará a esta edición no será Gustavo Cordera con los pantalones abajo, sino Dave Grohl liderando desde una pasarela la multitudinaria fiesta rockera de Foo Fighters.
Todos ellos hacen que hoy queden en segundo plano pasos irrelevantes como el de Cage the Elephant y el de Gentleman, amén de la mencionada decepción de MGMT. Sin embargo, estos nombres evidencian algo que también pertenece a la naturaleza de los festivales: Nunca será sensato pensar en un 100 por ciento de efectividad, y ni los mejores pergaminos pueden garantizar a priori un buen resultado a la hora de los quiubos. No hay que darle muchas más vueltas.
Sí, en cambio, hay que dárselas a los problemas que aún quedan por resolver. Un cierre como el de Foo Fighters, con toda la ansiedad y las expectativas que lo rodearon, no puede permitirse el sonido más deficitario del evento, así como no es posible suspender un show sin aviso y sin disculpas, por muy "secreto" que sea. Un espacio con tanta radiación como el Parque O'Higgins requiere de nuevos espacios de sombra, mientras que en un espectáculo que está hecho para el zapping y la asistencia colectiva, ya no puede entenderse que la necesidad de comunicarse más parezca una utopía. Los extranjeros tuvieron menos problemas con sus entradas, pero ahora emergieron larguísimas filas para transformar los abonos en pulseras.
Pero, pese a ello, los organizadores demostraron que tienen capacidad para aprender de sus errores, y enmendarlos en una siguiente ocasión. En parte es por eso que el árbol de Farrell hoy está más verde, y luego de ver que el riego sostenido rinde frutos, no queda más que seguir cuidándolo. Con apenas dos ediciones, el festival hoy ya forma parte de lo mejor de nuestra cartelera en vivo, por lo que no queremos otra cosa que Lollapalooza para rato.