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Animales sofisticados en grandes problemas

El compositor chileno Rafael Casanova no sólo se toma una saludable libertad para crear sin ataduras: también hace extensiva como pocos esa libertad al auditor.

20 de Abril de 2012 | 19:46 |
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La aparición en 2007 del músico chileno Rafael Casanova bajo el nombre de Sensorama 19-81 fue entre otras cosas un motivo para averiguar qué significa "sensorama": el nombre de un simulador de imagen y sonido desarrollado en los años '50 y considerado un precursor de la realidad virtual. En cada grabación suya desde entonces cobra más sentido ese nombre, y sobre todo en este segundo disco de larga duración, donde el compositor vuelve a profundizar en la música más allá del sonido para encontrar sus propiedades incidentales y casi cercanas a la instalación.

La primera de las composiciones de esta serie es un buen sumario de los recursos de Sensorama 19-81, que ahí pone en juego efectos de sonido, grabaciones de ruidos ambientales, bases electrónicas e instrumentos análogos. Entre estos últimos los timbres también son diversos, entre violines, pianos, guitarras eléctricas, sintetizadores que remiten al rock progresivo en una canción como "El informante" y hasta ritmos que anclan algunas de estas pistas en un compás de cuatro tiempos apto para el baile.

Y serán en su mayoría instrumentales, pero no dejan de ser canciones. Lo son incluso cuando no hay versos que cantar, como en "El cliente" o en "Hoy fue ese día", que de todos modos tienen melodías, sensibles y melancólicas. Ni hablar de cuando sí hay letras: una de las mayores sorpresas del disco es que está invitado el cantante Cristóbal Briceño, de Los Ases Falsos, el grupo antes conocido como Fother Muckers, que contribuye con letra, melodía y voz en dos pistas y agrega otro recurso bien resuelto a esta música.

Más allá de ese par de canciones, resulta más complejo hacer música contingente sin letra, pero Sensorama 19-81 lo consigue, sin que sea relevante incluso saber si se lo propone o no. Muchos de estos momentos parecen comentarios sobre el mundo real, entre un Mario Kreutzberger de pesadilla al final de la primera composición, el audio de la manifestación de un activista solitario contra David Rockefeller, las desoladoras instrucciones "presione uno" / "presione dos" de una grabadora telefónica o los cuatro segundos de una fanfarria plástica de noticiero de TV lograda a la perfección al final de "El informante".

En muchos de esos momentos el acto de cortar y pegar genera algo definitivamente nuevo, y el resultado puede ser desde un manifiesto hasta una parodia o una simple cita: nunca el compositor predispone al  auditor en ninguno de esos sentidos, de modo que la carga política del gesto queda compartida entre ambos y transforma al mensaje en algo mucho más inquietante que un discurso explícito. Es otro de los efectos de escuchar a Sensorama 19-11: no sólo hay libertad en el modo en que elige y administra los recursos con que trabaja como compositor, sino también en la recreación que el auditor pueda hacer de ella. Ésa es una distinción máxima en un tiempo en el que la música a gran escala se ha vuelto predecible por definición.