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A quien quiera escuchar

Con los colorantes y saborizantes artificiales de siempre pero en nuevas dosis reforzadas, el cantante puertorriqueño está listo para vender su mercancía global a quien quiera escuchar su nuevo disco. O sea al mundo.

13 de Febrero de 2015 | 17:37 |
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Ricky Martin ya probó hace mucho rato cantar en francés, y con éxito planetario garantizado gracias a la señora Fifa, cuando cuatro mundiales atrás grabó "The cup of life" / "La copa de la vida" para la Copa del Mundo Francia '98, y dijo "Un, deux, trois / Allez, allez, allez", en modo básico hinchada de fútbol. Dieciséis años después está para un francés más avanzado, o casi, como el mundo sabe desde el lanzamiento de "Adiós", la primera canción de su nuevo disco estrenada en septiembre pasado.

"Puedo traducir en inglés / si quieres I will try / pero prefiero decirte en francés: / Vous vous voulez vous coucher, mon amour", dice, con tres idiomas juntos en tres líneas de "Adiós". La idea completa parece ser "Vous vous voulez vous coucher, mon amour, dites moi / C'est moi qui après va partir demain / Il faut oublier, je te dis revoir (sic)", y con buena voluntad se entiende que Ricky literalmente dice "¿Quiere acostarse, mi amor? Dígame / Soy yo quien después va a partir mañana / Hay que olvidar, te digo hasta la vista". Dice "acostarse" en vez de "acostarse conmigo", "revoir" en vez de "au revoir" y hay una incongruencia entre el "usted" inicial y el "tú" final, entre otras cosas, pero medio mal escrito y todo lo que importa es que Ricky Martin no tiene fronteras para su negocio, y eso se entiende claro desde hace años.

Sería injusto decir que el cantante sólo es una fórmula, es cierto. Es más que eso. Es una suma de fórmulas, unas más genéricas y otras más exclusivas, y en A quien quiera escuchar hay de todas. Genérico es ese sonido pop rock estándar de la canción que da el título al disco, el ritmo más ligero de "Náufrago" y las baladas "Disparo al corazón", "Perdóname" y "Nada", que parecen muestras de los años previos a la explosión globalizada de Ricky Martin, cuando venía a los estelares de la TV noventera chilena y se limitaba a cantar en castellano canciones de amor y canciones para mover el cuerpo. Aquí está concentrado además ese habitual discurso de amor victimizado en versos sobre "estas sábanas tan frías" ("Disparo al corazón"), "admito que fue mi torpeza" ("Perdóname"), "Vuelvo a caer en el combate / me toca perder, das jaque mate" ("Náufrago") o "Te quise tanto que me equivoqué" ("Nada"). Nada nuevo.

Más interés hay en las fórmulas exclusivas del cantante y en cómo las lleva a un siguiente nivel. "Isla bella" es una canción cadenciosa y melancólica dedicada a su país natal. Luego se escucha rítmico de lleno en "La mordidita", una especie de merengue hiperactivo a dúo con Yotuel Romero, el integrante del disuelto grupo de rap cubano Orishas que figura entre los autores y compositores de ocho de las diez canciones del disco. Y en "Cuánto me acuerdo de ti" hay piano y bandoneón de verdad, al menos a juzgar por los créditos, pero incluso entonces esos sonidos de por sí sugerentes quedan desnaturalizados e integrados en el pastiche que es la marca registrada de Ricky Martin, ese collage donde el cantante y sus productores han cortado y pegado ritmos latinos, rock, sonidos hispanos, pop y todos los demás clichés sobre los que está construida su trayectoria de superventas.

El idioma es un factor clave. Martin ya jugó a armar un spanglish personal y mundial en éxitos tan probados como "Livin' la vida loca", desde el título en adelante, y ahora es tiempo de agregar no sólo otros idiomas, sino en general otras piezas al mosaico. "Adiós" es la canción más importante del disco, porque es la mayor evidencia: Ricky Martin canta como rima un rapero, con la misma rima consonante al final de cada verso; empieza la canción como una especie de tango artificial, agrega un saborizante de percusión caribeña por aquí, un bombo dance, una palabra "latina" universal ("loco") en el estribillo, un colorante salsero en el puente por acá, y luego es capaz de samplear desde bandoneones a esas notas robadas al "Capricho árabe" de Francisco Tárrega (1852-1909) en el minuto 2:57. Todo kitsch y chatarra con colorantes y saborizantes permitidos: "Adiós" es otro de esos frankenstein monumentales que a nadie le quedan mejores que a Ricky Martin, listos para transformarse desde el día uno en impactos radiales, ringtones e himnos virales para quien quiera escuchar. O sea el mundo.

David Ponce

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