Cien Años El Mercurio - Discurso Cristián Zegers, Director La Segunda

31 de Mayo de 2000 | 23:23 | El Mercurio Electrónico
Cristián ZegersEsta noche podrían destacarse aspectos históricos muy importantes del centenario que celebramos. Sin embargo, quisiera centrarme en el fundador, por el vínculo entre su personalidad extraordinaria y el diario que él creó. El nacimiento de El Mercurio en un Santiago de Chile quince veces más pequeño que el actual, fue una revolución periodística. Pero lo interesante hoy es que el carácter, la impronta "mercurial" del diario, continúa en la línea marcada por Agustín Edwards Mac Clure.

El tercer Agustín de este nombre, desarrolló durante su vida relativamente corta, 63 años, un cúmulo impresionante de actividades. Fue banquero, salitrero, asegurador e impresor, pero también y al mismo tiempo benefactor, parlamentario, ministro, diplomático, periodista, educador, historiador, ensayista y hasta cuentista infantil.

Temas relacionados
  • Discurso de Juan Pablo Illanes, Director Responsable
  • Discurso de Agustín Edwards Eastman, Director
  • El Mercurio celebró su centenario
  • Todo lo hizo bien, porque en todo puso análisis frío y riguroso, aguda inteligencia, trabajo incansable y la voluntad inflexible de alcanzar constantemente nuevas y más ambiciosas metas. "Estancarse -decía- es retroceder". "Si tú lo quieres, lo consigues", solía señalarle con admiración su primo, el historiador Alberto Edwards.

    Luego de su desencanto de la política, donde hizo una carrera meteórica hasta 1910, Edwards Mac Clure halló en El Mercurio, la obra de sus amores, siempre cuidada hasta el detalle, los tres mundos que más le interesaban y satisfacían: la noticia, la técnica gráfica y de impresión, y el servicio público.

    ¿Cómo alcanzó El Mercurio su asombrosa continuidad?

    Primero, por persistir en la fórmula del buen periodismo: dar un vaso puro de noticias cada mañana. Pero, en seguida, porque el ideal de servicio y el entusiasmo periodístico encontraron eco en la propia familia propietaria del diario, vocación que no encontraba teñida de política partidista, como casi todo el periodismo de comienzos del siglo XX. Por último, el servicio público exigía, para ser creíble, que el diario se conservara ecuánime, por encima de las pasiones y de los intereses, incluso por encima de las conveniencias de los dueños.

    Y Edwards Mac Clure no sólo lo sentía así, sino que lo puso en práctica con sacrificio. El veía que todo era pasajero en la sociedad, sujeta ésta a un cambio incesante. Todo, salvo un periódico sustentado en estas bases. Siendo apenas un muchacho de 22 años inventó el diario hoy centenario, para modernizar la anquilosada prensa de la época y establecerlo como una herramienta de servicio al país.

    Batido por todas las tempestades -económicas, políticas, sociales- El Mercurio resultó ser indestructible. Impersonal, su espíritu permanecería incólume, gracias a una familia empapada en él. Por esta hazaña vale la pena detenerse en la figura de Agustín Edwards Mac Clure.

    La importancia y fuerza de la familia, y del servicio público, le fueron enseñadas desde la niñez por el ejemplo de su padre, Agustín Edwards Ross, y de su abuela, Juana Ross de Edwards.

    Edwards Ross vivió el espíritu público en la política, con el Partido Nacional y su caudillo Pedro Montt, hijo de don Manuel, el último Presidente de los decenios autoritarios. Bajo esa bandera, se plegaría al bando revolucionario, antibalmacedista, durante la Guerra Civil, sufriendo por ello graves quebrantos de salud y fortuna.

    Los Edwards no veían el servicio público a través del Partido Nacional -aunque parezca paradoja- con un sentido político-partidista, ya que dicha colectividad y Pedro Montt encarnaban, o así lo creían, un concepto precisamente nacional de la política: el de los decenios portalianos, el del Jefe del Estado puesto por sobre clases, partidos o facciones, árbitro imparcial en las luchas sociales, aunque semejante idea de la política decaería luego en ese partido, incorporado de lleno al liberalismo y al parlamentarismo extremo.

    Al morir su padre, Edwards Mac Clure tenía 19 años; tocó a su abuela, doña Juana Ross de Edwards, de férreo carácter, presidir el grupo familiar. Cuando el nieto mayor, Agustín, muy enamorado de Olga Budge, le pidió permiso para casarse antes de cumplir los veinte años, la señora Juana no solamente se lo negó (siendo que la madre de Agustín se hallaba de acuerdo), sino que rehusó decirle -mientras no alcanzara esa edad- en qué fecha posterior permitiría el matrimonio. Agustín debió así aceptarlo. Y cuando quiso renunciar al Banco Edwards, sintiéndose "la quinta rueda del carro" ante su absorbente y muy capaz tío abuelo Agustín Ross, doña Juana asimismo se opuso, haciéndole notar la voluntad del padre difunto, que debía ser "lo más sagrado", y también el significado "del nombre que llevas", le decía. En ambos casos, Agustín retrocedió ante su abuela, más no por temor ni con despecho, sino en voluntario y sincero homenaje a la unidad familiar, como se desprende de su correspondencia privada.

    En doña Juana Ross el servicio público se manifestó en una filantropía sin límites, a la cual acompañaba una rigurosa sobriedad, casi pobreza de vida. Parte considerable de la enorme herencia de su marido, el primer Agustín, fue vaciada por ella en infinitas obras de caridad católica: 15 hospitales a través del país, iglesias, asilos, escuelas, casas de huérfanos, poblaciones obreras y ollas de pobres.

    La misma disposición tuvo su nieto. Recién fallecido su padre, al entregar a Valparaíso una población obrera donada por su abuela, dijo estas sugestivas palabras:

    "Que ella (la población)... demuestre... que, si la Providencia no repartió por iguales partes los dones de la fortuna, fue para proporcionar a unos la felicidad de aliviar a otros, ¡aproximación hermosa entre el pobre y el rico! Aproximación necesaria, porque tanto ha menester el obrero del capital como el capital del obrero".

    Pero, a diferencia de su padre que jamás tuvo ansias de poder o figuración, Edwards Mac Clure era noble y elevadamente ambicioso. A los 25 años fue diputado y Ministro de Relaciones Exteriores. Luego, en un poderoso movimiento de opinión pública -que buscaba "regenerar" el país-, ascendió Pedro Montt a la Presidencia de la República , que lo nombró Canciller en 1909 y 1910, pasando después, este mismo año, a la cartera de Interior, y por ende a la cabeza del gabinete, con apenas 32 años.

    Al declinar gravemente la salud del Presidente, que viajó a Alemania para medicinarse, Edwards debía quedar como Vicepresidente. Sin embargo, se movieron entonces sus enemigos, en la intimidad misma de Montt, y obtuvieron que éste -minado su carácter por el mal que sufría -despidiera a Agustín Edwards sin ningún motivo plausible. Don Agustín sintió tambalearse su vocación política, viendo como el Mandatario lo desairaba, y obstaculizaba su carrera de estadista, por odios pequeños del entorno presidencial.

    Se alejó entristecido, pero, simultáneamente, adquiría cuerpo su candidatura a La Moneda, impulsada por su juventud, talento, brillante desempeño parlamentario y ministerial, disposición sin límites para el trabajo y poderosa personalidad.

    Muchos pensaban que Edwards era el único que podía revitalizar el moribundo y desprestigiado parlamentarismo; hacer la "regeneración" que Montt prometiera; llevar a La Moneda vientos modernos, para resolver problemas que se arrastraban indefinidamente (como la llamada "cuestión social"), pero sin comprometer lo esencial del sistema político en vigor.

    La muerte de Pedro Montt junto con desembarcar en Alemania, el año 1910, precipitó una convención de partidos para designar candidato a la Presidencia. Edwards juntó en ese cónclave un fuerte respaldo, pero también una oposición rabiosa contra él. Finalmente, la convención eligió al candidato más distinto posible de Agustín Edwards, a un representante perfecto del inmovilismo: Ramón Barros Luco, tan hábil como escéptico, del que se diría que gobernó creyendo que el 99% de los problemas se arreglaban solos, y el 1% restante no tenía solución. Profundamente decepcionado, don Agustín abandonó para siempre la política de partido, pero no el servicio público.

    Fue por dos largos períodos embajador en Gran Bretaña (1911/1924 y 1934/1938) y representante chileno en la Sociedad de las Naciones, antecesora de la ONU, la cual presidió en dos oportunidades (1922, 1937), gracias a su descollante influencia personal.

    En todas estas misiones, rindió servicios valiosísimos al país. Dos de ellos se refirieron a la Primera Gran Guerra, y fueron de una importancia imposible de exagerar.

    Su recomendación y urgencia, primero, lograron que poco antes de estallar el conflicto, Chile retirase las cuantiosas reservas oro que tenía en Alemania, impidiendo quedaran bloqueadas por la guerra.

    Y luego, el año 1918, logró comprometer con los Aliados la venta de una verdadera montaña de salitre -680.000 toneladas- a 13 chelines el quintal español de 46 kilos. Negociaron Edwards, por Chile, y nada menos que Winston Churchill por los Aliados. Un mes después de suscrito el acuerdo, terminaba la guerra y, corrido menos de un año, el precio del salitre caía en un 30%.

    En la misma época, el embajador Edwards hizo en Gran Bretaña un completo y práctico estudio para establecer los Talleres de Especies Valoradas, cuya instalación en Chile supervigiló personalmente, con enorme ahorro para el erario público. El Presidente Arturo Alessandri le encargó organizar la Quinta Conferencia Panamericana cuando a ésta le fue fijado nuestro país como sede, y también el mismo mandatario le pidió encabezar la misión chilena que, junto con comisionados peruanos y estadounidenses, debía preparar y realizar el plebiscito en las provincias disputadas de Tacna y Arica.

    Fue un año de intenso trabajo, radicado Edwards en Arica y con el ritmo que sólo él sabía imprimir. Lo animó, hasta el final, un enorme optimismo en la limpieza del plebiscito y la certeza de ganarlo Chile. Sin embargo, la insistente argumentación peruana convenció a los enviados del árbitro norteamericano, de que la presencia y actuar chilenos -de nuestros funcionarios, policías, militares, etc. -hacían imposible un comicio correcto. Lo declararon inviable, por mayoría de dos sobre uno, perdiéndose íntegramente el esfuerzo de Edwards.

    En defensa de los intereses chilenos ante la Liga o Sociedad de las Naciones, sus gestiones fueron decisivas.

    Durante la posguerra del primer conflicto mundial, debió afrontar la campaña de Bolivia y Perú para que la Liga -invocando la nueva equidad y solidaridad internacional- revisara los tratados que habían puesto fin a la Guerra del Pacífico. El peligro era grave, pues aquellos dos países, en su momento beligerantes contra los derrotados Imperios Centrales, figuraban entre los vencedores de 1918, en tanto que Chile se había mantenido neutral. La habilidad de maniobra y solidez de argumentación de Agustín Edwards, sin embargo, hicieron naufragar definitivamente esta ofensiva diplomática de Perú y Bolivia.

    Luego, en su segunda embajada, tocó a Edwards el duro deber de notificar a la Sociedad de las Naciones que nos retirábamos de ella, por su ineficacia. Pero antes de dar este paso definitivo, don Agustín intentó reformar el funcionamiento de la Liga, proponiendo un plan centrado en dos ideas tan novedosas como hoy vigentes. Por una parte, postulaba "regionalizar" la Sociedad: que la integrasen bloques de países vecinos y afines, y no los estados aisladamente. Y por la otra, que el organismo fuese un foro de contactos y consultas, antes que de resoluciones, ya que estas últimas habían sido sistemáticamente desconocidas por las potencias a las cuales afectaran, sin que existiesen sanciones operantes para hacerlas efectivas.

    Algunas de esas potencias, que deseaban utilizar la Liga como arma de política exterior -Francia y la Unión Soviética, por ejemplo-, sabotearon el plan chileno, retardando su estudio indefinidamente. Fue la gota que rebasó el vaso e hizo inevitable el retiro, al temerse que la Liga pudiera adoptar resoluciones perjudiciales para Chile y que éste, como país pequeño, no pudiera soslayarlas, mientras los países grandes las obedecerían o desobedecerían a su arbitrio.

    Para concluir esta escueta semblanza del servicio público del tercer Agustín Edwards, forzoso es recordar su larga, difícil, paciente y exitosa labor para materializar, en la Universidad Federico Santa María, la idea de este original especulador y filántropo.

    Edwards inauguró la universidad en 1931. Había sido uno de los contados amigos de Santa María, y quien lo convenciera de encauzar su enorme fortuna, fruto del comercio internacional de azúcar, hacia la enseñanza técnica de los sectores modestos de Chile, la que siempre había interesado al tercer Agustín. De joven -a instancias de su amigo el sacerdote Carlos Casanueva, después rector de la Universidad Católica- había contribuido generosamente a fundar y mantener el Patronato de Santa Filomena, escuela técnica para muchachos pobres. Casanueva la veía como semilla de una futura Universidad obrera. No salió ésta del Patronato Santa Filomena, pero sí del testamento de Federico Santa María.

    Llama la atención el hecho de que una personalidad sobresaliente como Edwards, que prestó insignes servicios al país, fuera objeto de enemistad implacable, personas que lo odiaban, no por rivalidad política, o de prensa, o de negocios, sino por instinto, visceralmente, hasta el punto de publicarse contra él una revista ad hoc: el "Sin Sal", parodia del Zig Zag, semanario entonces perteneciente a los Edwards. También lo odiaba cervalmente el brazo derecho y hombre de confianza de Carlos Ibáñez en su primera presidencia, el ministro de Hacienda Pablo Ramírez, que lo perseguiría con saña, imputándole cargos que tendían a destruir su honor, por lo cual don Agustín sería objeto de una impresionante manifestación de homenaje y desagravio en 1932. Sin embargo, como dijo más tarde Alessandri Palma, nunca salió de sus labios "un reproche contra nadie, nunca se le oyó una queja....Era (don Agustín) un gran comprensivo de la vida, de una piedad infinita para disculpar y perdonar".

    En la historia del periodismo chileno, Edwards Mac Clure ocupa un sitio prominente como fundador de un sorprendente número de publicaciones. Los diarios han llegado todos hasta hoy, junto con El Mercurio porteño. Son El Mercurio de Santiago; Las Ultimas Noticias, editada entonces al mediodía; La Segunda, vespertino que nació el mismo día de la caída de Ibáñez para informar de este suceso; La Estrella, de Valparaíso; y El Mercurio de Antofagasta. La unánime longevidad de estos cinco medios indica el acierto de Edwards para dar con un espacio exacto del mercado.

    De las revistas, desgraciadamente ninguna sobrevive. Pero -en manos de los Edwards, o fuera de éstas- dos de ellas no sólo duraron mucho tiempo, sino que fueron hitos de nuestra historia periodística y cultural: Zig Zag, magazine profusamente ilustrado, y El Peneca, semanario infantil que se aguardaba con ansias en todos los hogares. Inmortalizó a su directora, Blanca Santa Cruz (Roxane), y al ilustrador Coré, artista incomparable. Otras revistas surgidas de su mano creadora fueron igualmente destacadas en el medio latinoamericano: Selecta, refinada, con perfectísimas reproducciones artísticas; Familia, para el hogar , y Corre Vuela. Con el uso clave en ellas del color, fueron cuna de relevantes escritores, cronistas e ilustradores.

    Entre todas estas creaciones sobresale, sin embargo, El Mercurio de Santiago, innovador en contenido y presentación, estrategia comercial, propaganda y distribución, descontado el mérito de haber introducido entre nosotros la más avanzada técnica de impresión, y con ella la linotipia y la rotativa.


    Edwards Mac Clure "vivía día y noche en su diario....No era un hombre, era un huracán de trabajo", decía Silva Vildósola. A todos daba instrucciones directas, incluso a periodistas renombrados como Eloy Caviedes, corresponsal famoso por su cobertura de la Guerra del Pacífico, al que enfatizaba la importancia de ir "a los clubs, a los teatros, a los ministerios, y a todas partes" en busca de noticias "directas y propias". Don Agustín llegó hasta reprochar al director del diario el número excesivo de avisos, desmedrante -afirmó- para la "buena lectura, base de la circulación". Era absurdo, en su opinión, que El Mercurio se llamase "diario comercial" y llevara apenas "los precios corrientes y... una revista de frijoles, papas, etc., y sólo los sábados". Por lo menos, como los diarios americanos, debiera tener una sección permanente de novedades bancarias y bursátiles. Para incrementar la circulación, recomendaba confeccionar listas de lectores potenciales, utilizando las "guías de la ciudad", y enviarles el periódico gratis por quince días, así como repartirlo en bicicletas a motor.

    Ciertamente no era un innovador teórico. Cuando el diario instalaba alguna máquina nueva, a la madrugada siguiente, después de una noche completa de esfuerzo febril, se vería al propietario de El Mercurio tan desastrado, manchado de tinta y muerto de sueño y cansancio como un mecánico cualquiera.

    El fundador de El Mercurio tuvo el arte de encontrar y conservar la gente necesaria para cumplir sus propósitos. Sobresalen a este respecto, los nombres de Carlos Silva Vildósola y Joaquín Díaz Garcés. Ambos jóvenes, de inteligencia altísima, total consagración al diario, periodistas natos y figuras indiscutibles de la literatura nacional. Según Edwards Mac Clure, formaron "la fuerza y la reputación del diario".

    Aunque don Agustín respetaba profundamente las convicciones de los directivos del diario, aun las más opuestas a las suyas, era celoso en mantener a toda costa la filosofía mercurial.

    "...Es un diario que se levanta cada día más (escribió, muy temprano en su vida y carrera) porque no se mezcla en la política ardiente, y nada aconseja cambiar un rumbo que ha traído tan buenos resultados, y que fue sabiamente indicado por mi padre en sus últimos momentos. Le recuerdo, pues, como una cosa sagrada, la imparcialidad de El Mercurio en las luchas políticas".

    Aplicó e hizo aplicar esta línea con estrictez. El Mercurio mantuvo la neutralidad cuando en 1901 el líder amigo del propietario, Pedro Mont, postuló la primera vez a la Presidencia, contra Germán Riesco, y fue derrotado. Todos esperaban un diario opositor durante la presidencia Riesco, pero no lo fue. En 1920, para el "Cielito Lindo" -la campaña presidencial de ese año- el grueso de la clase dirigente era antialessandrista y Edwards Mac Clure, al contrario, se inclinaba hacia don Arturo. Pero, El Mercurio no fue influido ni por una ni por otra circunstancia. Esto costó lo abandonara Joaquín Díaz Garcés, quien juzgaba una catástrofe la eventual victoria de Alessandri. Siguió neutral El Mercurio bajo Ibáñez, que hostilizaba a su dueño del modo que hemos dicho. Y en 1938, el candidato presidencial de la derecha sería Gustavo Ross, pariente cercano del tercer Agustín y su amigo de infancia, cuyo triunfo Edwards Mac Clure deseaba y esperaba, y cuya postulación apoyó generosamente. Más, a la par, escribía desde Londres al director del diario, reprochándole que éste se mostrara rossista en exceso.

    En 1935, Agustín Edwards Mac Clure sufrió un primer y grave ataque al corazón. Según los médicos, su ritmo de trabajo era excesivo "aun para cinco personas juntas". Aunque continuó cumpliendo importantes actividades de servicio público, fue concentrándose en la familia, en los dos Agustines que le seguían -su hijo único y su nieto mayor-, instalándoles los conceptos que él recibiera de su padre. El Mercurio de Santiago se había ya consolidado como la gran fuerza que sigue siendo en el presente. Al morir el año 1941, aquellas normas continuarían inspirando hasta hoy a la cadena periodística que él creara y al diario que hoy celebramos, el primero que acude a la mente cuando se piensa en un periodismo de calidad.

    El sueño por el que luchara arduamente durante más de cuatro décadas estaba vivo. En el primer editorial de El Mercurio de Santiago, el 1« de Junio de 1900, Edwards citó como paradigma de ideales periodísticos al "Times": más que un periódico, una institución inglesa.

    Muy cerca de cumplir su bicentenario, el gran rotativo londinense publicó un sorprendente anuncio en el que aseguraba que "hacer un buen periódico es fácil". La receta para ello según el "Times", es muy simple:

    "Sólo hay que informar, percibir, planear, explorar, descubrir, investigar, buscar, calcular, desenredar, probar, analizar, edificar, comprobar antecedentes, buscar en las fuentes, evaluar, volver a verificar, sopesar, autentificar, sintetizar, perfilar, ponderar, apreciar, juzgar, reflexionar, predecir, elogiar, aplaudir, deplorar, testificar, avisar, explicar, desmitificar, clarificar, examinar, ilustrar, advertir, aseverar, asombrar, entrevistar, confirmar, corregir y publicar".

    Muchas gracias.

    Cristián Zegers Aristía
    EL COMENTARISTA OPINA
    ¿Cómo puedo ser parte del Comentarista Opina?
    Comentaristas
    Más me gusta
    Más comentarios
    Más seguidores