Agustín Edwards Eastman en cena de gala por Centenario El Mercurio

31 de Mayo de 2000 | 23:11 | El Mercurio Electrónico
Hoy se cumple un siglo de asociación entre el nombre El Mercurio y la realidad de un gran diario de Santiago. No falta mucho para que se cumplan dos siglos de asociación entre el mismo nombre y un gran diario de Valparaíso, el más antiguo en lengua castellana.

Durante gran parte de este tiempo, ambos periódicos, el porteño y el santiaguino, han sido empresas de mi familia. Mi bisabuelo, mi abuelo, mi padre y yo mismo, hemos sellado con igual nombre la responsabilidad de editar El Mercurio.

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  • Nace de aquí mi deber de hablar ahora sobre la tradición, el presente y el futuro del diario. Ningún periódico hispanoamericano, tan antiguo y prestigioso como el nuestro, ha pertenecido por tantas generaciones a una misma familia. Para nosotros ha sido nuestra preocupación fundamental y hemos velado permanentemente por su independencia.

    Quisiera señalar, por de pronto, algunas características constantes de El Mercurio, que son rasgos suyos de plena actualidad.

    En primer lugar, hemos procurado sin desmayos la completa cobertura y credibilidad de la noticia, de modo que ésta pase a ser tal e indiscutible, por el solo hecho de que El Mercurio la publique.

    Hemos innovado profundamente en la información, pero abarcando la gama completa del interés noticioso. Es así, por ejemplo, que la relevancia otorgada a la información económica, desde páginas aisladas al vigoroso cuerpo Economía y Negocios de hoy, ha corrido en paralelo con similares desarrollos en otros campos informativos como el deportivo, los espectáculos o la actividad cultural.

    La condición de El Mercurio como diario de información general, no obsta para entregar al mismo tiempo una rica variedad de revistas y suplementos temáticamente especializados, dirigidos a los más distintos públicos.

    Las noticias han sido explicadas y comentadas a través de plumas excepcionales, que distinguieron y distinguen nuestras páginas, pero que también figuran con honor en la historia literaria del país. Recordemos unos pocos nombres del pasado de El Mercurio hoy centenario: Joaquín Díaz Garcés, Carlos Silva Vildósola, Alberto Edwards, Gabriela Mistral y Hernán Díaz Arrieta, Alone.

    Por último, hemos estado siempre al día en la calidad y mejoramiento de nuestra técnica impresora, en todo lo que se refiere a maquinaria, tipos, papel, fotografía, gráficos, colores y diseño general. El rigor de nuestro método industrial extrae del pasado un estilo de perfección artesanal aplicado con dedicación a las técnicas actuales.

    En la competencia periodística, El Mercurio ha debido enfrentar a distinguidos rivales a lo largo del tiempo. El mismo ímpetu y capacidad de adaptación nos animan hoy cuando competimos en un mercado muy abierto, caracterizado por el surgimiento de muchos medios, entre ellos, nuevos diarios -algunos gratuitos-, nuevos sistemas de distribución, y nuevas necesidades de públicos muy segmentados.

    Pero si nuestro diario ha sido siempre un moderno y afinado instrumento informativo, es oportuno indicar que no ha perseguido la noticia y su comentario sólo por su mérito intrínseco, sino para expresar una filosofía periodística que dura ya arriba de un siglo. Es un derecho y obligación ética seguir expresándola, a nuestro leal saber y entender.

    Por supuesto, debemos dar la noticia completa e indeformada, pero las conclusiones que de ella deduzcamos serán las que válidamente nos dicte nuestra línea editorial, indicando no sólo lo que vemos, sino cómo lo vemos y por qué lo vemos.

    Para eso creamos El Mercurio y lo hemos visto vivir y prosperar un siglo o más con el esfuerzo y talento de miles y miles de colaboradores. Con un éxito que ha hecho posible su independencia económica y con ésta su independencia periodística, consustancial a la primera. Y de un modo preferente, buscando influir sobre la sociedad mediante la difusión y defensa de las ideas que hallamos adecuadas, y comprobadas en el crisol del tiempo.

    Cuando la prensa se colectiviza bajo pretexto de "dar cabida a todas las opiniones", pierde sin duda su ascendiente sobre la opinión pública. Sucedió así a finales de los años veinte, cuando el gobierno arrebató La Nación a su dueño, don Eliodoro Yáñez, y la hizo estatal. Había sido un diario brillante, competidor cercano del nuestro no obstante su corta vida, pero al ser estatizado, se vino al suelo de golpe. El formato era el mismo, idénticas las ágiles crónicas y las bien afiladas plumas de sus redactores, pero el espíritu había muerto.

    Nuestro periódico, en cambio, mantiene el espíritu que le dio su fundador y se ha mantenido en manos de nuestra familia que le da una orientación bien definida.

    No creo que una tarea como la que realiza un diario pueda ser el fruto de negociaciones y transacciones de un comité, pues requiere tener una determinada visión del mundo, que es parte de su espíritu.

    El Mercurio publica hoy con exactitud todas las opiniones -en los artículos de fondo y en las celebradas cartas de la página 2, y lo mismo en crónicas, reportajes y entrevistas-, sin caricaturas; sin esconderlas ni minimizarlas. El diario sólo defiende su opinión emanada de su doctrina periodística ya secular.

    ¿En qué consiste ésta?

    Ante todo, en el hecho que El Mercurio se halla sintonizado con la opinión pública y con sus ideas permanentes. Al expresarlas, refleja tanto la estabilidad de éstas como los cambios que experimentan.

    De modo tal que el diario interpreta a la sociedad, no la "pautea", no la presiona, ni le impone ideas ni decisiones.

    No somos el "cuarto poder" que algunos suelen pregonar, a veces con intención torcida. Si El Mercurio no se apoya en la realidad social, si no entiende en un sentido hondo el alma nacional, no es nada ni representa a nadie.

    La opinión pública no plebiscita a diario. Si dejáramos de interpretarla nos abandonaría, simplemente dejaría de comprarnos.

    La filosofía de El Mercurio, por tanto, es también, poderosamente, el reflejo de cada momento histórico y del pensamiento medio de la sociedad chilena. Al interpretarlos, hemos podido mantener el diario en su nivel de influencia, calidad y equilibrio.

    Por las mismas razones, no es el nuestro un diario de elites, ni de clases medias, ni de estratos populares. Sigue siendo, lo que sus fundadores quisieron que fuera: un diario de todos los chilenos.

    A todos sirve, para todos tiene una información de interés. Si fueran elites dirigentes los cientos de miles de lectores dominicales de El Mercurio, ciertamente Chile sería un país singular.

    Otra característica mercurial, esa "modernización" que tantas veces se nos reprocha, responde también a lo ya dicho: nos hallamos sintonizados con la opinión pública chilena, y ésta nunca es extrema.

    No cree la gran mayoría de nuestro pueblo, ni tampoco cree El Mercurio, en la exaltación, la injuria, la fuerza, el desorden o la violencia. Concibe el cambio como gradual y evolutivo, no como corte brusco y arrasador de todo lo preexistente.

    Por eso, en los momentos de extrema pasionalidad política y social, El Mercurio mantiene su tono moderado, y esta misma serenidad exacerba cierta irritación en su contra. Pero, a la larga, ello es un servicio prestado al país.

    Características de El Mercurio es su creencia invariable en ciertas ideas e instituciones básicas, y ante todo, en la república democrática.

    Para nuestro diario, han sido siempre valores intangibles la separación e independencia de los poderes del Estado, la generación popular y periódica de las autoridades políticas, y las libertades públicas. Especial énfasis, naturalmente, ha puesto en la defensa de la libertad de expresión.

    Se podría observar que El Mercurio de hecho aceptó y aún apoyó gobiernos surgidos de la fuerza, como en 1891, 1924, 1925 y 1973.

    Pero en cada uno de esos momentos históricos actuó considerando las circunstancias excepcionales que afectaban a la sociedad chilena, impulsando, dentro de sus posibilidades, el retorno a la institucionalidad democrática permanente del país.

    El Mercurio ha convivido con todos los regímenes, sin renunciar a sus principios, y bajo la premisa de que aquellos de facto eran consecuencia de los errores de la política civil, y serían transitorios.

    Creemos en la empresa libre y competitiva, en el Estado pequeño, subsidiario y eficiente, en los equilibrios económicos (partiendo por el presupuestario), la desregulación, y la apertura a los mercados exteriores o libre comercio. Igualmente sostenemos que la libertad de la economía es requisito necesario para que también las personas sean verdaderamente libres y para una auténtica democracia.

    Siempre y sin desaliento el diario ha defendido estos principios liberales, incluso cuando no eran generalmente aceptados, ni se expresaban con la rigurosidad técnica de hoy.

    Esto explica la defensa especialísima que hemos hecho de la moneda estable, de una economía sin inflación, pues todo proceso inflacionario significa el despojo de los ahorros y el sueldo de los más pobres, con lo cual se ahondan las diferencias y la mala distribución de las riquezas.

    Mi padre fue quien, en los años 50 y siendo Presidente de la República don Carlos Ibáñez, patrocinó la misión de economistas norteamericanos, conocidos como la misión Klein Sacks, para atajar aquel proceso que había alcanzado un desborde peligroso. Fueron las recomendaciones de los Klein Sacks una especie de anticipo del modelo económico que se establecería algunos lustros después, y cuyas líneas matrices -hoy unánimemente reconocidas como beneficiosas para el país.- El Mercurio defendió en esos años y continúa defendiéndolas hoy con invariable energía.

    Es la misma decisión con la cual aspiramos a un país con mayor igualdad de oportunidades, capaz de derrotar su pobreza dura, y consciente de que su equilibrio futuro depende no sólo de un fuerte desarrollo económico sino de un bienestar compartido por todos.

    El diario se ha mantenido atento a los problemas de la sociedad nacional. Continuamente estamos investigando y publicando lo que interesa a todos los chilenos: la enseñanza en sus distintos niveles; los sistemas y problemas de la salud; el medio ambiente y la contaminación; la condición de la familia; las dificultades del crecimiento urbano; la droga; la delincuencia y la seguridad; la previsión: y los derechos del consumidor, entre muchos otros.

    Llegamos aún, mediando nuestra merecidamente famosa "Línea Directa", a solucionar los problemas personales del lector. Una función parecida desempeñan los avisos económicos, rubro en el cual fuimos y seguimos siendo pioneros.

    A veces, esta preocupación de El Mercurio por los problemas del país, se ha reflejado en campañas de opinión memorables, de perspectivas históricas, como la más reciente que ha conducido a la reforma de la justicia y los procedimientos penales. O como la lucha constante que asociados a Paz Ciudadana, libramos con muchos otros medios de comunicación para mejorar las condiciones de seguridad de los chilenos y en la cual hemos encontrado gran acogida en las máximas autoridades del país.

    Se refuerza así el concepto de una diario para todos, porque cubre todas las necesidades.

    Pero El Mercurio no es sólo un medio del presente, sino también del futuro, en el cual hay para nosotros y para nuestros sucesores la perspectiva de nuevos desafíos.

    No ignoramos, por ejemplo, el poder de la televisión, pero, con la misma actitud con que valoramos y hacemos nuestros ahora, por ejemplo, los medios electrónicos de Internet, sabemos que, como medio escrito, tenemos sobre todos ellos ventajas no superadas. La más esencial, sin duda, es la posibilidad de jerarquizar las noticias, de profundizar su conocimiento público, y de orientar a la opinión sobre ellas, y sobre otros aspectos de la vida nacional.

    También enfrentamos el desafío de la globalización para el cual debemos profundizar en nuestra identidad, siendo fieles a una forma de vida, una cultura y tradición propias, conformando las políticas que la defiendan de los moldes que parece querer imponer a veces la civilización informática.

    Para esta globalización de la economía estamos bien preparados porque, desde siempre, El Mercurio ha tenido una extraordinaria amplitud en dar a conocer lo que pasaba hasta en los más lejanos confines, vocación reforzada con su asociación y cooperación con los mayores diarios del continente, a través del Grupo de Diarios América.

    He dejado para el final, algo que siento muy profundamente esta noche al cambiar el folio centenario del diario. Se trata de la evocación del fundador de El Mercurio de Santiago, mi abuelo Agustín Edwards MacClure, con quien viví estrechamente unido toda mi niñez y parte de mi juventud. Y para expresarla no encuentro mejores palabras que las mismas que él pronunció en homenaje a su propio abuelo en 1925. Dijo entonces:

    "Más que un elogio, que su figura no necesita y que sentaría mal en nuestros labios, queremos evocar su nombre como un emblema que nos impone deberes, recordar su vida como un ejemplo que nos da normas y anotar sus enseñanzas como un código que nos señala sabias reglas de prudencia y rectitud".

    Señoras y señores:
    Agradezco la presencia afectuosa, esta noche, de las autoridades y de tantas personalidades políticas, judiciales, empresariales, militares, gremiales y de la cultura, y muy en particular la presencia de S.E. el Presidente de la República.

    En el espíritu que nos reúne, percibo la gran cantidad de lectores que nos han permitido observarlos e informarlos durante un siglo. Y siento muy cercana la constante y a veces anónima actividad de nuestros colaboradores -periodistas, columnistas, técnicos de impresión, administrativos, vendedores, repartidores-, la "familia mercurial", que es la sangre y la vida a la cual debemos, sin duda, lo que ha llegado a ser nuestro diario. Tal como sucede en mi familia, muchos de nuestros trabajadores y colaboradores son hijos, nietos y hasta bisnietos de otros colaboradores nuestros que trabajaron junto a mi padre o a mi abuelo. En pocas empresas nacionales se observa una circunstancia parecida, que le otorga un significado especial a la expresión "familia mercurial". A todos y a cada uno de ellos, vayan el saludo y la gratitud de El Mercurio de Santiago y de sus editores, pues sin ellos sería imposible cumplir con nuestra tarea de publicar el diario y mantenerlo pleno de energía y vigor.

    Muchas gracias.

    Agustín Edwards Eastman
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