Isabel Cristina: La síquica de Chimbarongo

No le gusta que le digan bruja ni mentalista. No saca la suerte ni fabrica milagros. Isabel Cristina Ávila es una síquica que vive de su consulta...


A Isabel Cristina no le gusta que le digan bruja ni mentalista.
Martes. Ocho de la mañana. Arreglada, bien vestida, bien maquillada, de punta en blanco, como dice que es su costumbre, Isabel Cristina nos espera en la puerta de su casa, ubicada en una de las dos calles principales de Chimbarongo, para partir de inmediato en auto a Santa Cruz. Todos los martes hace el mismo viaje temprano en la mañana. Cuando llega a Santa Cruz, pasa primero a un local del centro a tomarse un café cortado bien caliente junto a sus hijas-asistentes, Sofía y Carolina; aprovecha a veces de encontrarse con amigos para comentar las últimas noticias de la crónica roja, y luego atiende su consulta, un pequeño y modesto habitáculo en un segundo piso, frente al terminal de buses, anunciado con un discreto letrero junto a la escalera: "Isabel Cristina, parasicóloga e irióloga". La rutina narrada sucede entre las ocho y las once de la mañana. A esa hora interrumpe la atención a público para pasar un momento a rezar a la iglesia y luego irse a su programa en radio Colchagua, una auténtica institución: el programa "Isabel Cristina" lleva veintitrés años ininterrumpidos al aire dedicándoles una palabra de aliento a sus fieles auditores, chilenas y chilenos repartidos en la ciudad y los pueblos del interior.

La radio Colchagua, de amplitud modulada, es propiedad de don Jorge, viejo amigo de Isabel Cristina que le cobra una cifra simbólica para que ella tenga su espacio y promueva cada martes su consulta privada. No es su único programa radial: los lunes, Isabel Cristina hace un raid parecido al de Santa Cruz, pero en Curicó: arrienda un espacio en la radio efe-eme Montina, le habla a la gente, contesta llamados telefónicos, elige un par de canciones y aprovecha el resto del día para atender público.

En el locutorio de radio Colchagua, Isabel Cristina se mueve esta mañana como pez en el agua. Se queja al aire, con voz delicada, diciendo que hoy los auditores andan un poco flojos, que el teléfono no suena con la frecuencia de otros días. Báñese con miel, le susurra Isabel Cristina al micrófono, la piel queda suavecita. La primera llamada entra a los cinco minutos. Una señora se presenta y la felicita por su trabajo: "Se comenta que a lo mejor usted se va a ir de Chile. Yo le pido, mi familia le pide: no se vaya. Quédese. Usted ha ayudado a mi marido, a mi madre, a mi hijo. No se vaya, la necesitamos". Isabel Cristina le pregunta por quién llama, y ella responde "por mi mamá". ¿Cuál es su fecha de nacimiento? 16 de julio de 1920. Mmmm: ella está con problemas en el estómago, y tiene un carácter complicado. Dele llantén, para cicatrizar las heridas. La auditora le da las gracias.

Suenan Los Ramblers: Isabel Cristina programó el tema Jamás, y aprovecha la pausa musical para pedirle al radiocontrolador que le busque Estelita, de Leo Dan, para cerrar el espacio. Cuando se sienta de nuevo frente al micrófono, Isabel Cristina manda saludos especiales a distintos poblados de la zona: El Perejil, El Huique, San José del Carmen, La Olla, Marchihue, Peralillo. También le envía saludos a los reclusos del Centro de Readaptación Social, a los enfermos del Hospital San José, a la abuelita que está en el cerro.

No es gratuita la mención a la abuelita del cerro. Isabel Cristina nunca podrá despegarse de la imagen de su propia abuela, Elena, la mujer que la crió en el campo, en Graneros, junto a su abuelo Francisco, galán de un metro noventa de estatura a quien la nieta le lavaba los pies cuando ella aún era una niña: "Era una señal de humildad enorme. Usted tiene las manos suaves, me decía él, usted tiene manos de ángel, usted va a ser doctora".

­No se equivocó el abuelo en lo de doctora.

­Así es. Para muchos acá yo soy la médico.

Recordar a su abuela Elena la emociona: fue ella quien le enseñó la mayoría de los secretos de naturaleza que conoce y comparte con la gente. Elena le enseñó a respetar los ríos y el mar, a dejarse tocar por la luna, a querer la nieve en la cordillera, a rezar el rosario, a hacerle mandas a la virgen, a valorar el agua y necesitar la luz de las velas, a desconfiar del alcohol. Isabel Cristina nunca ha bebido en su vida una gota de alcohol. Jamás.

Hay un episodio en la vida de Isabel Cristina Ávila que es bueno conocer para entender en parte su historia, su oficio y la energía que despliega para ayudar a resolver casos que suelen ser dramáticos, y que se originan la mayoría de las veces en accidentes, homicidios y arrebatos de la naturaleza. Yo había leído que ella había perdido un hijo cuando él tenía sólo seis años de edad. Pero una cosa es saberlo y otra escucharlo de ella misma, con la correspondiente carga de emoción, dolor e impotencia. El hijo se llamaba Jacob, y hablamos de él la segunda vez que nos vimos, un jueves, en su casa de Chimbarongo, en un día de mucho frío en que la chimenea está encendida:

­Mi hijo nació prematuro, a los seis meses. Nació frágil, hubo que conectarlo a muchas máquinas para ayudarlo a sobrevivir. Mi hermana me ayudó a criarlo. Ella lo quiso como a un hijo propio. El niño finalmente creció bien. Hasta que un día 21 de diciembre, cuando él tenía seis años y estaba cerca de Pomaire, en la casa de unos tíos, me avisan que el niño tuvo un accidente, y que estaba muerto. El niño se había puesto a jugar arriba de un tractor, había una pendiente, y el tractor anduvo solo y le pasó por encima. Mi primera reacción fue negarlo todo. Mi abuelita me había enseñado a tener fe, pero yo entonces no podía tener fe. Boté todos los santos. Los santos no existen, dije, todo es mentira. Verlo después, cuando lo trajeron del médico legal, y no poder ni siquiera limpiarle la cara, me provocó una gran impotencia. Para una madre, un hijo nunca muere. A lo mejor esa es la razón por la cual yo estoy en esta búsqueda eterna. A lo mejor me siento culpable. ¿Por qué no lo cuidé? ¿Por qué no evité el riesgo?


Esta mañana de jueves es una mañana intensa en la casa de Isabel Cristina. Su celular suena y suena. Ella se excusa y pide que la llamen mañana, que ahora está ocupada. En el living está sentada desde hace un rato Magaly Ortiz, hija de Hugo Ortiz, vecino de Chimbarongo que fue encontrado muerto hace un año gracias a un croquis hecho por la síquica, después de haber estado perdido durante muchos meses. Hoy, después de otro año de gestiones y papeleos y trámites, finalmente le entregarán a la familia los restos de Ortiz, que fueron traídos desde Santiago hasta San Fernando. Hubo que hacerle hasta exámenes de ADN a Magaly para certificar que Hugo Ortiz era él, puesto que en el momento del hallazgo sólo se encontraron sus restos óseos. El problema es que la familia de Ortiz es muy pobre, y la única plata disponible para el servicio fúnebre y el nicho en el cementerio la aporta el municipio y no es demasiada. "No importa", dice Isabel Cristina. Y se larga a hablar por teléfono: primero con el dueño de la funeraria, para que le haga una rebaja importante. Después llama al cura, para lo mismo, para que se cuadre con una sepultura a precio módico. Y por último llama al Médico Legal de San Fernando, para tener la seguridad de que el doctor le entregará los restos como debe ser y a tiempo a la funeraria. En media hora, Isabel Cristina tiene resuelta la fase final del caso Ortiz, una historia que ella misma ayudó a desenrollar cuando vio una foto de este trabajador de la uva y después dibujó un croquis para señalar dónde estaban sus restos. "¿Has visto vida más loca que la mía?, me comenta riéndose, antes de pedirle a su hija Sofía que le caliente la taza de café que se le ha enfriado entre tanto ajetreo.

En eso estamos, terminando de organizar el velorio y posterior entierro de Hugo Ortiz, cuando llegan a la casa dos mujeres que han viajado dos mil kilómetros, desde Iquique, para verla. Isabel Cristina las hace pasar, les ofrece asiento, y les pregunta por qué han venido. Queremos que nos ayude a encontrar a mi hermano, dice una de ellas. Se perdió con auto y todo en 1982, entre Arauco y Los Sauces, acá en el sur, y nunca más se supo nada de él. Lo único que yo quiero antes de morirme es poder enterrarlo junto a su papá, que se volvió loco después de la desaparición de su hijo regalón y se murió con la pena atravesada. Isabel Cristina le pide que tengan paciencia, mucha paciencia, porque ella necesita avanzar primero en el rastreo de los últimos croquis que ha hecho, antes de empezar siquiera a ver nuevos casos. Le dice también que lo que sí necesita con urgencia es la patente del auto en que viajaba, y que por favor no le den más datos: "No quiero que me contamine con información. Necesitamos la patente, para empezar rastreando el auto, y una foto de él". Las mujeres del norte vienen preparadas: le entregan una hoja en donde hay una fotografía y el nombre del desaparecido: Manuel Cabezas. Isabel Cristina le pide a su hija Sofía que por favor guarde la hoja en una carpeta de nuevos casos.

Isabel Cristina tiene una tarifa como parasicóloga e irióloga: cobra veinte mil pesos por consulta. Pero esto es relativo, porque el cobro dependerá finalmente de la capacidad de pago de quien la vaya a ver. Y varias de las personas que consultan a Isabel Cristina terminan no pagando nada o cancelando sólo una parte. El negocio no está bueno, comenta, porque yo me he dedicado mucho al rastreo, pero siempre hay una manera de salir a flote. Soy una luchadora, me crié en el campo, nunca me faltó nada, y tengo una fuerza que comparto con los que necesitan mi ayuda.

­Por ayudar a encontrar gente no cobras nada, ¿verdad?

­Nada. Muchas veces me han ofrecido recompensas, pero no las he aceptado. No ayudo a la gente por dinero. Hay gente que me dice que cobre, pero yo no puedo ni quiero perder mi esencia. Yo lo hago para mitigar el dolor terrible que significa tener a un extraviado en la familia y no saber qué ha sucedido con él, si está vivo o muerto, si está en el lago o en la montaña, si se fugó o lo mataron.

­¿Cómo lo haces? Observas una foto y empiezas a ver visiones.


­Yo no veo nada. Sería fácil decir que veo cosas, pero yo no veo nada. Es una energía que trabaja por ti. Una energía grande que me ocupa, y que me hace dar señales, señales y puntos de referencia con los que armo un croquis. Yo percibo mucho pero no veo nada.

­¿Los croquis los haces con algún lápiz especial?

­No, para nada. Con lo que haya a mano, con cualquier lápiz. Y si no tengo un lápiz, hago el croquis con piedras. En la Laguna del Maule, no hace mucho, hice un croquis con piedras. Cuando hay una persona extraviada, todo vale, todo lo que se pueda utilizar cuenta.

­Leí por ahí que te has equivocado un par de veces. Que por ejemplo diste por muerto a un viejo que finalmente apareció vivo.

­Sí, claro. Me he equivocado, pero pocas veces. Soy humana. El caso más gracioso fue el de un caballero de ochenta y cinco años que no andaba muerto, sino de parranda en una casa de huifas en Peralillo. Engañó a medio mundo, a mí también.

Isabel Cristina sólo lee en el diario noticias policiales. Nada de política, deporte ni farándula. No le interesa. Para mantenerse informada de la crónica roja revisa cada mañana en internet los principales diarios del país, de Santiago y de provincias. Ella misma ha sido titular de periódico muchísimas veces. Isabel Cristina es conocida en la zona en donde vive desde hace más de veinte años, pero empezó a hacerse famosa a nivel nacional cuando en 2001 apareció en un capítulo del programa de televisión "El día menos pensado": "Carlos Pinto me abrió una ventana al país y al mundo con el caso de Sigilberto Rojas, un comerciante y agricultor viudo que desapareció de la faz de la tierra en los años noventa".

La primera versión dada por un sujeto que vivía con Sigilberto era que el hombre había sido detenido en Santiago por unos cheques protestados. Pero sus hermanos desconfiaron de esa versión y fueron a ver a Isabel Cristina para consultarle por su paradero. La respuesta de la síquica los dejó de una pieza: según ella, Sigilberto estaba muerto. Tiempo después, Isabel Cristina fue más enfática aún, y entregó un croquis que decía que el hombre estaba enterrado en el patio de su casa, específicamente en donde había un pozo. La investigación se llevó a cabo y los restos de Sigilberto efectivamente aparecieron en el pozo.

De ahí en adelante, han sido numerosos los casos en los cuales Isabel Cristina ha hecho croquis que finalmente dan con el desaparecido. Desde una señora de Codegua, Raquel Donoso Vera, que también fue encontrada en el patio de su casa después de haber estado extraviada desde 1971, hasta una niña llamada Gloria Sofía Iturriaga que viajaba con sus padres en auto, en la zona de Aysén, y que desapareció en febrero de este año al caer el vehículo al río Jofré. La niña apareció tiempo después gracias a las señas dadas por la síquica de Chimbarongo. Fiscales, jueces, oficiales de Carabineros e Investigaciones, y hasta el Ejército de Chile han recurrido a Isabel Cristina Ávila para que ella contribuya a esclarecer casos de desaparecidos. Para la tragedia de Antuco, el propio general Cheyre la mandó a buscar y la llevó al sur, donde ella trabajó codo a codo con el grupo de rescatistas que finalmente dieron con el paradero de los últimos cinco desaparecidos en la nieve. Entre los tesoros que aquilata Isabel Cristina se cuenta una medalla al mérito que el general Emilio Cheyre le entregó a ella por los servicios prestados. "Un honor. Un honor que el Ejército de Chile me haya llamado. Un honor que del Ministerio de Defensa me pidan que colabore en algunos casos. Un honor que oficiales de Carabineros e Investigaciones confíen en mí. Un gran honor que gente de mi pueblo se acerque a pedir ayuda. A todos ellos les pido paciencia, tiempo, comprensión. Yo no soy la Yamilet. Yo no soy una milagrera, ni quiero que me vean de esa forma. Yo no puedo sanar a todas las personas ni encontrar a todos los desaparecidos. Para eso están los doctores, para eso están las fuerzas policiales. Yo sólo puedo ayudar".

Viernes. Nueve de la noche. No he sabido nada de Isabel Cristina durante más de una semana. La llamo desde Santiago a su celular y me contesta ella. Está atendiendo a dos pacientes en su casa, pero igual se hace el tiempo para conversar. Me cuenta que hoy estuvo toda la tarde en el río Tinguiririca, que necesitaba ir a cargar pilas y a refugiarse porque estuvo sometida a mucha presión. Le pregunto cómo le fue en el entierro de Hugo Ortiz la semana pasada. Me dice que muy bien: "Fue enterrado como un gran señor, hasta con escolta de Carabineros". Le pregunto si ha habido avances en los últimos casos que ha estado investigando; en los arrieros de Los Queñes, en la señora que se tiró al río en San Carlos. Me dice que sí, que revise el diario El Austral de Osorno. Me anticipa la noticia: el joven Heinz Heitmann fue encontrado. Muerto, claro, pero apareció. El croquis del lugar donde lo hallaron, en medio del río Damas, cien metros al oeste del Puente Bulnes y a tres metros de profundidad, lo hizo Isabel Cristina. La familia de Heinz le agradeció públicamente su ayuda, y además le envió "una carta hermosísima". Ella está contenta porque el caso está resuelto. Una familia más que puede empezar a cerrar una herida. Hoy dormirá un poco más tranquila. Mañana la esperan decenas de carpetas sin abrir. Decenas de croquis que aún están por hacerse. Decenas de nuevos desaparecidos cuyas familias recurrirán a la síquica a ver si es posible que Isabel Cristina las ayude. Ella pide comprensión. Pide paciencia. Las carpetas que descansan en el comedor de su casa son el testimonio vivo de que en su oficio de rastrear perdidos no hay pausa imaginable. Pero Isabel Cristina Ávila tiene fuerza para regalar. Ella misma lo dice: "Lo que yo hago, con fuerza y percepción, es hacer visible lo invisible. Ahí están los aparecidos. Por eso doy gracias a Dios. Soy una agradecida de Dios, y creo que voy a hacer croquis hasta mi último suspiro".
Por Francisco Mouat, Revista El Sábado
Viernes, 11 de Noviembre de 2005, 11:34
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