Álvaro Bisama elige sus libros chilenos

El crítico, narrador y columnista de "El Mercurio" presentará su libro "Cien libros chilenos" en la Feria del Libro de Santiago.

19 de Octubre de 2008 | 10:48 | El Mercurio Online
El Mercurio

SANTIAGO.- Desde La Araucana, de Alonso de Ercilla, a Ygdrasil, de Jorge Baradit, el crítico, narrador y columnista de "El Mercurio" Álvaro Bisama organiza su propia biblioteca de obras y autores con los que se ha formado una visión del país.


"Cien libros chilenos" llega esta semana a librerías y se presentará en la próxima Feria del Libro de Santiago, donde Álvaro Bisama promocionará además su segunda novela, Música marciana (Emecé).


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Bonus track


MANUEL LACUNZA


"Me interesa de Lacunza el hecho de que compusiera o reflexionara Venida del Mesías en gloria y majestad desde un exilio absoluto. Lacunza era jesuita y, en el plazo de unos pocos años, fue expulsado de América y luego la orden a la que pertenecía fue disuelta por el Vaticano. Pero Lacunza actúa al modo del título de un viejo single de REM: es el fin del mundo, pero se siente bien. O por lo menos escribe. Además, ¿hay algo más apocalíptico que el hecho de que todos los referentes que componen tu realidad inmediata queden en el aire? Mientras, él no abandona el ejercicio intelectual, la escritura y lectura como sistema de vida. Por el contrario, debate el libro con sus pares, lo propone como un ejercicio de investigación, hace circular un opúsculo. En ese sentido, no es difícil darse cuenta de que Lacunza compone una reflexión milenarista en el momento exacto en que su propia inmediatez, paulatinamente, se desvanece: hay una imagen potente ahí de la escritura como sistema de procesamiento de la identidad, como reflejo secreto del mundo. Las fechas no pueden ser más claras. Lacunza está escribiendo o pensando mientras se produce la Revolución Francesa y las identidades nacionales criollas están aprendiendo el arte de la conspiración".


GENERACIÓN DEL 38


"Es hija de su tiempo, no sé si sus textos hayan sobrevivido más allá de lo documental. De ahí que preferí leer otras obras que llegaban a conclusiones e ideas parecidas, pero que tuvieran presente elementos literarios que superaran la mera militancia o la tesis. En ese sentido, me parecen más interesantes autores tangenciales a la Generación del 38: González Vera, Coloane y Manuel Rojas, que hablan de lo mismo pero logran darle varias vueltas al problema. González Vera consigue en Alhué una novela sobre la clase popular que no evade el lirismo y la desolación. Hijo de ladrón entra en esos territorios como una obra maestra sin parangón. En vez de tesis alguna, propone empatía humana y ciudadana, juegos de montaje temporal, piensa en la literatura como un campo de batalla que sucede en el plano de la lengua, hace la revolución en cada frase. Lo mismo Coloane, que termina El último grumete de la Baquedano presentando a un personaje que ha abandonado todo para convertirse en aborigen. Adiós la república, bienvenida la barbarie, parece querer decir. Eso me parece más radical que cualquier novela de realismo socialista. Además, la queja de Droguett en el prólogo de Los asesinados del Seguro Obrero es extrema y clave para entender aquella época: la novela chilena, por más que lo ha intentado, no ha logrado representar la violencia de clase y la sangre contenidas en el relato de la identidad".

Primer capítulo de "Cien libros chilenos"

Cero


Confesión: este libro bien podría ser una novela por capítulos o un folletín, uno tan confuso como obsesivo. Comienza en el momento en que un conquistador español anota sus versos en las cortezas de los árboles, por falta de papel, y termina, muy apropiadamente, con el fin del mundo: un tiempo espacial remoto, donde el universo conocido, en una escatología que hubiera hecho feliz al padre Lacunza, hace reset y comienza de nuevo. Entre esas dos imágenes, la de La Araucana de Ercilla y la de Ygdrasil, de Jorge Baradit, hay casi quinientos años, y la idea de un país tan delirante como cercano.


También hay cien obras entre ellas. Este volumen contiene cien reseñas de otros tantos textos chilenos. Chilenos en el mejor y peor sentido de la palabra; porque tienen que ver con Chile, porque son libros contaminados por este decorado que a la vez registran, bocetean e inventan. Es una biblioteca personal, por supuesto. Una versión de Chile. Mi versión. Porque es, antes que nada, el libro de un lector que intenta aprender qué diablos es la tradición mientras se pierde o se encuenta en una biblioteca.


Por eso este libro es más una pregunta que una respuesta. Acicateado por el virus del Bicentenario, me interesa ver qué imágenes o ideas nos hemos forjado de nuestra identidad, de lo que somos, de los lugares que habitamos alguna vez y que ya han dejado de existir. Se trata de un viaje por un lugar tan extraño como inhóspito, tan cálido como distante, tan íntimo como excéntrico. Puede ser leído como un paseo por un circo de freaks o por las catacumbas de la memoria nacional. Porque la literatura chilena, como toda literatura, es rara. O, mejor dicho, evade lo que los libros escolares enseñan de ella: brilla ahí cierta anomalía, cierto gusto por el abismo, la sensación de saltar al vacío o marearse de vértigo ante el despeñadero.


Se trata de una tradición que se presenta casi siempre desde una incómoda normalidad y que, leída a ras de piso, se vuelve un continente inquietante y brumoso. No en vano la habitan santos varones obsesionados con el fin de todas las cosas, como el padre Lacunza, o profetas delirantes del nacionalismo como Nicolás Palacios. En medio hay guerrillas y batallas, fabulosos perdedores como Pablo de Rokha, héroes insoportables como Neruda o megalómanos como Huidobro. Pero también brillan la claridad y precisión de José Santos González Vera, o enfermos de nocturnidad como Pedro Prado.


Pero no es un libro académico. Menos un canon. Nada más lejos de sus intenciones. Por el contrario, fue escrito desde la posibilidad de despejar los textos de ese peso –o ese karma: la fijación del papel que cumplen en la pichanga que es nuestra tradición–, de acercarlos al lector común.


Escribirlo me obligó a releer. A comprobar cuántos de los lugares comunes que había aprendido sobrevivían a un examen más atento. Hubo decepciones, sorpresas, descubrimientos, conspiraciones, fanatismos y sospechas. De ahí que el criterio de selección sea tan arbitrario y carezca de cualquier pretensión de construir un canon. Por supuesto, sé que algunas de las obras citadas ni siquiera son libros en el sentido más literal de la palabra. Se trata de fanzines, revistas de cómics underground, manuscritos de dramaturgia. Pero quiero referirme a estos materiales como libros porque eso los dota de cierto espesor dramático que es también un peso literario, un peso que los convierte en algo más que documentos dispersos y secretos de una época determinada. Nada más atractivo que ampliar el mismo concepto de libro en este volumen, trabajando la idea de una biblioteca nacional hecha de objetos heterogéneos y distantes, de caminos contrapuestos, de obras diversas.


En este volumen hay espacio para todo. Caben autores como Juan Emar, con su escritura cargada de mala leche, su humor excéntrico y sus solitarias pretensiones de ser un Breton o un Musil local, que me parecieron ahora tan entrañables y necesarias como antes. Lo mismo puede decirse de Enrique Araya, dueño del humor más filoso y la capacidad para la comedia más desternillante entre todos los autores chilenos. También hay algunas historietas.


La mayoría son brillantes y justificaron con creces su relectura: desde el Von Pilsener de Pedro Subercaseaux hasta esa perfecta novela realista que es el Checho López del olvidado Martín Ramírez, este género secreto y menospreciado viene siendo un reflejo más o menos exacto de los problemas de la cultura chilena en cada momento del que se ocupa. Lo mismo corre para el drama: leer a Juan Radrigán o a Jorge Díaz sigue siendo una experiencia demoledora, tan asombrosa como necesaria.


Mención aparte merecen los textos relacionados con la poesía: en cierto modo los mejores novelistas nacionales, sobre todo durante el siglo veinte, han sido sus poetas. Desde el pop perfecto de Pablo Neruda hasta la rabia desmenuzada de De Rokha, pasando por el dandismo de Vicente Huidobro, la desesperanza casi total de Lihn y la soledad mistraliana, los poetas han redactado los apuntes para esa gran novela nacional que nuestros narradores nunca han terminado de escribir.


No hay aquí cien escritores. Ciertos autores se repiten. Esta familia es chica, es un clan. Neruda, Mistral, Lihn o Donoso aparecen reseñados con alguna de sus obras centrales y luego sus textos póstumos o finales. O al revés: me fijé en sus obras de juventud y luego volví sobre sus textos mayores (Droguett), o jugué con el desdoblamiento de poetas y prosistas (Huidobro) o cronistas y novelistas (Edwards Bello, aquella bestia todoterreno de la novela y el periodismo). Esa multiplicación siempre me atrajo; se trata de autores que podían ser dobles o triples agentes de su propia confusión literaria porque borraban con el codo lo que escribían con la mano, mientras multiplicaban sus máscaras para bailar en esa fiesta triste o vertiginosa que es nuestra literatura.


Esa fiesta y este lib

1. La Araucana, Alonso de Ercilla
2. El cautiverio feliz, Francisco Núñez de Pineda
3. Venida del Mesías en gloria y majestad, Manuel Lacunza
4. Don Guillermo, José Victorino Lastarria
5. Martín Rivas, Alberto Blest Gana
6. Los Lisperguer y la Quintrala, Benjamín Vicuña Mackenna
7. Desde Júpiter, Saint Paul
8. Recuerdos del pasado, Vicente Pérez Rosales
9. Azul, Rubén Darío
10. Sub-Terra, Baldomero Lillo
11. Raza chilena, Nicolás Palacios
12. Von Pilsener, Pedro Subercaseaux
13. Casa grande, Luis Orrego Luco
14. Alma chilena, Carlos Pezoa Véliz
15. El niño que enloqueció de amor, Eduardo Barrios
16. Días de campo, Federico Gana
17. El roto, Joaquín Edwards Bello
18. Desolación, Gabriela Mistral
19. Un juez rural, Pedro Prado
20. Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Pablo Neruda
21. Alhué, José Santos González Vera
22. Escritura de Raimundo Contreras, Pablo de Rokha
23. El socio, Jenaro Prieto
24. Altazor, Vicente Huidobro
25. Cagliostro, Vicente Huidobro
26. Antología de la poesía chilena nueva, Volodia Teitelboim & Eduardo Anguita.
27. Diez, Juan Emar
28. La amortajada, María Luisa Bombal
29. Los asesinados del Seguro Obrero, Carlos Droguett
30. El último grumete de la Baquedano, Francisco Coloane
31. Papelucho, Marcela Paz
32. La luna era mi tierra, Enrique Araya
33. Condorito, Pepo
34. Hijo de ladrón, Manuel Rojas
35. Décimas, Violeta Parra
36. Poemas y antipoemas, Nicanor Parra
37. Historia personal de la literatura chilena, Alone
38. La difícil juventud, Claudio Giaconi
39. Yo soy tú, Jorge Délano
40. Memorias de un tolstoyano, Fernando Santiván
41. Para ángeles y gorriones, Jorge Teillier
42. Caballo de copas, Fernando Alegría
43. Los altísimos, Hugo Correa
44. El cepillo de dientes, Jorge Díaz
45. La brecha, Mercedes Valdivieso
46. El río, Alfredo Gómez Morel
47. El tony chico, Luis Alberto Heiremans
48. Patas de perro, Carlos Droguett
49. Venus en el pudridero, Eduardo Anguita
50. Temas de la cultura chilena, Luis Oyarzún
51. Poema de Chile, Gabriela Mistral
52. Mampato, Themo Lobos
53. El obsceno pájaro de la noche, José Donoso
54. Excesos, Mauricio Wacquez
55. Palomita blanca, Enrique Lafourcade
56. Para leer al Pato Donald, Dorfman & Mattelart
57. El ciclista del San Cristóbal, Antonio Skármeta
58. Mitópolis, Joaquín Edwards Bello
59. El libro blanco del cambio de gobierno en Chile, Gonzalo Vial
60. Persona non grata, Jorge Edwards
61. Confieso que he vivido, Pablo Neruda
62. Tejas Verdes, Hernán Valdés
63. La nueva novela, Juan Luis Martínez
64. La ciudad, Gonzalo Millán
65. A partir de Manhattan, Enrique Lihn
66. Purgatorio, Raúl Zurita
67. Del espacio de acá, Ronald Kay
68. El Incal, Jodorowsky & Moebius
69. Hechos consumados, Juan Radrigán
70. La cultura huachaca, Pablo Huneeus
71. Lumpérica, Diamela Eltit
72. De amor y de sombra, Isabel Allende
73. Proyecto de obras completas, Rodrigo Lira
74. Autobiografía por encargo, Cristián Huneeus
75. Los Sea Harrier, Diego Maquieira
76. Checho López, Martín Ramírez
77. Celos que matan pero no tanto, Teresa Calderón
78. Thrash comics 3, Jucca
79. Trauko 19, varios autores
80. Los zarpazos del Puma, Patricia Verdugo
81. La ciudad anterior, Gonzalo Contreras
82. Arte marcial, Bruno Vidal
83. Roma, la loba, Enrique Lihn
84. Poética del cine, Raúl Ruiz
85. Por favor, rebobinar, Alberto Fuguet
86. Obra completa, Rolando Cárdenas
87. Ángeles y solitarios, Ramón Díaz Eterovic
88. De sueños azules y contrasueños, Elicura Chihuailaf
90. Chile actual: anatomía de un mito, Tomás Moulian
89. Conjeturas sobre la memoria de mi tribu, José Donoso
91. Memorias prematuras, Rafael Gumucio
92. Tengo miedo torero, Pedro Lemebel
93. El empampado Riquelme, Francisco Mouat
94. 2666, Roberto Bolaño
95. Lear rey & mendigo, Shakespeare & Parra
96. Harakiri, Claudio Bertoni
97. Narrativa completa, Adolfo Couve
98. La ola muerta, Germán Marín
99. Chao no más, Hervi
100. Ygdrasil, Jorge Baradit

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