SANTIAGO.- "Yo amo a mis hijos y nunca les haré daño", afirma Estefanía Rocha (20), madre de dos niños y embarazada de un tercero, en las inmediaciones del Estadio Víctor Jara. Ella es una de las 12 mil personas que viven en situación de calle en Chile, cifra no menor que, sumada al intenso frío que se ha vivido en la zona central del país, motivó al Ministerio de Desarrollo Social a adelantar en un mes el Plan Invierno para este año.
El hijo mayor de Estefanía tiene tres años y permanece bajo la custodia de sus ex suegros, ya que ella no tenía cómo mantenerlo ni cuidarlo. "Nunca tuve ayuda de mis papás. Me crié a mi manera, media rebelde, y en hogares hasta los 18 años. De ahí seguí el rumbo de la calle", explica la joven.
Su otro hijo tiene un año y cuatro meses. Vive con la mamá de su actual pololo, por lo que puede verlo con frecuencia. Y ahora, aunque vive en la calle hace mucho tiempo, tiene cuatro meses de embarazo. El problema es que nunca se ha realizado ningún examen para saber en qué estado está su hijo.
"Ojalá que no lo tenga en la calle, quiero que sea mujercita. Yo hablé con el ministro Joaquín Lavín y se comprometió conmigo a que me iba a ayudar a encontrar un terreno para instalar una mediagua que me entregó la municipalidad", dice.
El caso de Estefanía no es aislado. Es solo una de los tantas historias de vida que confluyen en los albergues a lo largo de todo Chile.
El "gitano" español que prefiere las calles de Santiago
Claris Álvarez tenía una vida tranquila en Barcelona. A sus 31 años vivía con sus padres, pero en una reunión social conoció a una chilena de la cual se enamoró y que lo instó a venirse a Chile en busca de mejores oportunidades laborales.
Al poco tiempo de su estadía en el país, un conflicto entre ambos cambió todos sus planes. "Discutí con mi pareja y terminamos. Yo se la presenté a mis padres en España y nos vinimos. Me vine por amor, terminamos hace cinco meses y después me echó porque no tenía plata", cuenta.
Rubio, alto y con el pelo ondulado, este hombre se vio sólo y sin dinero, por lo que un amigo le avisó que en el Víctor Jara recibían gente que no tenía dónde dormir ni comer. Partió de inmediato y desde que llegó al albergue, todos le dicen el "gitano", por su apariencia y por andar deambulando de país en país.
A pesar de eso, señala: "no quiero volver a España porque la economía está muy mala, acá todo es más barato. Trabajo como jardinero y ganó 30 mil pesos diarios. Además, aquí estoy bien abrigado".
El hombre que lo perdió todo, menos su solidaridad
La historia de Fernando Isla, voluntario que ayuda al Ejército en sus tareas en el Estadio Víctor Jara, está marcada por las tragedias. El 27 de febrero estaba buceando en el fondo del mar de Dichato, cuando el terremoto y posterior tsunami arrasó con todo a su paso, y peor aún, con su casa y con la vida de su hijo.
Desde el día del terremoto su vida cambió radicalmente. "Mi hijo murió ahogado y no lo pude salvar, nunca lo hallé. Encontré mucha gente muerta", explica el hombre de 48, añadiendo que ese trágico episodio lo motivó a seguir ayudando. Fue así como junto a su compadre "Monchito" fue uno de los encargados de llevar la histórica bandera chilena de Dichato a la Mina San José, donde 33 pirquineros luchaban por sobrevivir.
Ahora, y tras asistir a una audiencia con el Presidente Sebastián Piñera, se enteró de la existencia del albergue. No lo dudó un minuto y se decidió a venir a colaborar con los funcionarios del Ejército.
"Me quedo aquí voluntariamente, llevo ya dos noches. Ayudó a tapar a las personas, escucharlas, despertar al que me lo pida y en todo lo que se pueda. Me nace de corazón ayudar. Si hay una tragedia, allá estaré". Esto es lo que llena ahora la vida de Fernando Isla.
Trabajador de día, albergado de noche
"Yo tenía una vida más o menos tranquila. Vivía con mi 'viejita' y mi hija, pero de a poco las peleas comenzaron a hacerse más continuas. Me metí mucho en la droga y el alcohol, y de un día a otro me fui de la casa". Así se presenta de entrada Joel Salgado, 48 años y trabajador de una empresa de construcción en el centro de Santiago.
Sin embargo, y a diferencia de varios que llegan en busca de asilo al estadio Víctor Jara, este hombre se levanta a las 7 de la mañana y sale a trabajar en una constructora en el centro de Santiago, donde, según él, recibe un sueldo entre los 600 y 700 mil pesos.
"Pero la plata no sirve de nada si no tienes a tu familia al lado. Yo aquí ando con los bolsillos llenos de 'lucas', pero no tengo un techo, ni nadie que me reciba. Llevo tres meses viviendo en la calle y este albergue fue mi salvación", agrega Salgado, quien asegura que cuando reciba su sueldo de este mes, se irá del albergue y buscará una pieza.
"Ya me lo propuse, salgo de aquí y voy a buscar a mi 'viejita' porque el amor es más fuerte", asegura.
"Que se nos muera la gente es como un duelo nacional"
Sumado a la habilitación del Víctor Jara como albergue, el Hogar de Cristo continúa con su trabajo constante de acción social en las hospederías. En ambos lugares el ingreso es a partir de las cinco de la tarde, les ofrecen cena y desayuno, un colchón, y se prohíbe entrar con drogas o alcohol.
"¡Te quedo debiendo la cueca!", le dice el Capellán del Hogar de Cristo, Pablo Walker, a uno de los albergados una fría noche en el lugar. Luego de haber cantado varias canciones junto a ellos, el sacerdote jesuita conversa con otros refugiados y escucha sus testimonios de vida. Luego asegura: "Que se nos muera la gente es como un duelo nacional y es una expresión de que llegamos tarde".
A las cinco de la tarde en punto se abren las puertas del Albergue Estación Central, que colinda con el Hogar de Cristo y el Santuario Padre Alberto Hurtado. El único requisito para quedarse es necesitar un lugar dónde dormir. Comienza otra jornada de solidaridad y cada cada uno de los que llegan reciben un vale de cena y artículos de aseo.