La realidad olvidada de los temporales: Chilenos que trabajan bajo la lluvia y el frío

Un repartidor de diarios, el auxiliar de una bencinera y un encargado de parquímetros cuentan a Emol cómo sobrellevan la exposición a las inclemencias climáticas del invierno.

SANTIAGO.- "Quiero llegar luego a mi casa", comentaba una joven mientras se protegía de la lluvia bajo un paradero el martes en horario peak vespertino de la capital. Su frase reflejaba el sentir de miles que a esa hora en el centro-sur del país intentaban capear el temporal, y procesada en silencio por otros tantos que preferían continuar con su rutina: trabajar bajo la lluvia y el frío como todos los inviernos.


Juan Carrasco tiene 66 años y en 25 de ellos nunca ha dejado a su mejor compañera: la bicicleta. A diario se levanta a las 04:00 AM y una hora después ya está compaginando los diarios que reparte hasta las 08:30 en el cuadrante de José Miguel de La Barra-Merced-Plaza de Armas-Ismael Valdés Vergara, en Santiago centro. Y en una segunda tanda, entre las 13:00 y 16:00 horas.


"Uno pasa mucho frío y pasa mojado. No sólo en la entrega, sino que en el camino. Vivo en Renca, en la población Huamachuco Uno. De ida son 40 a 45 minutos y de vuelta 20 a 25, porque es de bajada", cuenta a Emol, mientras trata de secarse las gotas que caen sobre su cara.


Antes de llegar a este cuadrante, Juan trabajaba en Providencia, entre avenida 11 de septiembre, Los Leones y Pío X, donde pasó el "susto de su vida" tras sufrir principio de hipotermia. "Una vez me tocó nieve y por el frío me estaba quedando (sic) en el sueño. Me tuvo que ir a buscar mi jefe y llevar a mi casa, donde me tiraron (sic) a la tina caliente para que reaccionara", dice hoy entre risas.


A su lado, la lluvia no se detiene. "Si me pasa algo, tengo que batírmelas solo, ése es el costo. Mi vieja se fue hace seis años por un cáncer y me queda sólo trabajar, como siempre. Antes, fui comerciante, vendía pescados e iba temprano al terminal, por lo que toda la vida he estado expuesto al frío y la lluvia", sostiene, expresando una realidad que se vive gran parte del año en otras zona del país.


"A veces el agua se pasa igual"


Carlos Romo (25) labora hace casi dos años en una bencinera de Santa María de Manquehue, en Vitacura. Cuando pequeño ayudaba a sus padres en un puesto que tenían en una feria en La Florida y luego trabajó reparando fallas eléctricas en los mall producto de las goteras que se producían en muchas ocasiones, por lo que la situación no le es ajena, aunque ahora ha debido recurrir al ingenio.


"Nos cubrimos con la chaqueta que nos pasan, pero no basta. Y como el techo no cubre todo, hay que rebuscárselas, poniéndole cartón adentro a los zapatos, usar muchos chalecos y pantys de media bajo la ropa del trabajo, pero el agua se pasa igual", explica.


En algunos casos el frío es lo peor, porque "parte la cara" y "hace que duelan las manos al sacarlas de los bolsillos al manipular la plata, por lo que no queda otra que usar guantes con los dedos cortados".


"Uno se esfuerza el doble, pero uno sabe en lo que está, aunque sea incómodo trabajar así. Igual cuando está muy helado uno piensa y dan ganas de que termine luego el turno para volver a la casa (en Peñalolén) y poder tomar una sopita caliente con mi novia", afirma.


"Hasta en la micro uno se moja"


Catorce años atrás, Hilario Castillo (38) vivía con sus padres en Perú, pero un día se aburrió y decidió viajar a Chile. Un año después, recaló en el rubro de los parquímetros, cuando las máquinas utilizaban monedas.


"En un comienzo, trabajé de noche en Providencia y en Bellavista (Recoleta), y con la lluvia era terrible. Además, a esa hora, la gente salía con alcohol, no me quería pagar y me insultaba porque era extranjero. No les importaba si estaba mojado y me tiraban el auto", recuerda.


Actualmente, se ubica en calle Merced, a la altura del metro Baquedano. Y si bien dice que es "más tranquilo", las inclemencias climáticas siguen impactando su labor, pese a usar traje de agua, botas, calzoncillos largos, calcetas gruesas, y poner diario a sus zapatos.


"Al cobrar uno se expone y con las posas se pasan los zapatos y la ropa, y los dedos se congelan. Hay autos y buses que pasan rápido y nos mojan también. Así que cuando hay menos flujo, me refugio en los techos de los edificios, pero después igual uno se va mojado", sostiene Hilario.


Y reflexiona: "Al final, uno se acostumbra y se da cuenta de que por más que uno se tape completamente, no se puede evitar la lluvia. Si hasta las micros tienen filtraciones y el que usa paraguas moja al de al lado (ríe). Esto es trabajo y hay que seguir adelante".

Por Eric Ulloa Morales, Emol
Sábado, 1 de Junio de 2013, 10:08
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