El Rating No Tiene la Ultima Palabra

Columna por Paulo Ramírez

19 de Febrero de 2000 | 01:04 | El Mercurio
Canal 13 nos recordará por muchos meses lo espectacular que fue su Festival de Viña. Y tienen hasta el momento un dato inmune a cualquier argumentación en contra: el nivel de audiencia récord que la fiesta veraniega está logrando.

Pero todos sabemos que el rating sirve sólo para llenarse la boca cuando es positivo y para empezar a buscar culpables ajenos a su responsabilidad cuando es negativo (eso aparte de toda la utilidad práctica en la operación del mercado televisivo).

La verdad es que, como programa de televisión, el presente festival está muy lejos de ser el mejor de todos los tiempos como la simple consideración de las estadísticas parecería indicar. En todo caso, tampoco es de los peores, por cierto. Hasta ahora ha sido más o menos del montón.

Su mejor aporte es la poda que han sufrido todas esas triquiñuelas audiovisuales con que primero TVN y más tarde Megavisión lo vistieron. En la pantalla se ha notado más que nada sobriedad. Nada de cámaras volando, ni esos supuestamente espectaculares planos generales cada diez segundos, ni grúas con gran angulares. Nada de efectos especiales desde la mesa de dirección.

Se ha intentado que todo el brillo surja de lo que el público de la Quinta Vergara también puede apreciar: un escenario amplísimo y funcional -claro que con decorados al estilo de "Venga conmigo", que aquí se ven harto fuera de lugar-, una iluminación que no interfiere en la buena recepción en pantalla pero que sí da una lograda visión al observador lejano, una distribución del espacio que acentúa la interacción de los artistas con el público, y que la cámara sigue con eficiencia, como quedó demostrado en el interminable inicio de la actuación de Daniel Muñoz, El Malo.

El sonido, en cambio, ha sido un problema grave. No sólo por los inconvenientes sufridos por Alvaro Salas y Cecilia Bolocco, sino porque ha sido poco parejo en las diversas actuaciones musicales. Se escuchó muy bien a Juan Luis Guerra, por ejemplo, medianamente a Joe Vasconcellos y muy mal a Emmanuel. Y lo terrible es que el festival es ante todo música. Si la música no se escucha de manera óptima, todo empieza a caerse a pedazos.

Mirado con un enfoque más amplio, el resultado global es un programa bien controlado, pero no demasiado motivante. Lo más verdadero que hemos visto y oído es la pifiadera que quedó tras la actuación de Vasconcellos (y es positivo que los silbidos hayan sonado con toda su potencia también en los televisores), pero tuvimos que leer los diarios para saber del desenlace: la tele se había ido a comerciales y después a esas lamentables entrevistas detrás del escenario.

Ese ha sido el mayor desencuentro durante esta versión entre las necesidades del público en vivo y las obligaciones de un programa de televisión. Vasconcellos podría haber seguido un buen rato más, pero la pauta para la pantalla terminó mandando. ¿No contaban con que el show del chileno merecería más tiempo que el de El Malo o Emmanuel?

Para bien de su gran ego institucional, Canal 13 no sólo está cumpliendo con exhibir un programa bastante redondo, sino que está también triunfando en el people meter. Por eso, sus rostros y varias de sus autoridades nos insistirán en que el éxito ha sido total. Pero está muy claro que en el festival son primerizos, que tienen un mundo por mejorar. Le quedan seis oportunidades.

Paulo Ramírez
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