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Desaparecido en acción

19 de Diciembre de 2003 | 18:22 | Amanda Kiran
La Antonia pololeaba hace varios años. Estaba ultraenamorada, aunque a sus papás les asustaba un poco esto de un pololeo tan intenso a los 20 años.

Yo encontraba que estaba perfecto. Se veían felices. Eso solamente importaba. Mi visión –claro está- era bastante más ingenua que la de sus padres.

Me pasó a buscar un día, como a las dos de la tarde. Venía llegando de 10 días fuera en la playa. Había pasado el año nuevo en el norte, con Andrés y venía radiante.

"Amanda –me dijo- acompáñame a lavar el auto de mi hermana a la casa del Nacho. Lo traje inmundo del norte, y se lo quiero devolver impecable".

"¡Bueno! –contesté entusiasmada- Yo te ayudo a lavarlo, así me cuentas detalles de tu viaje al norte también".

Mi experiencia en lavar autos era bastísima. Habitualmente lavaba automóviles para ganar platita para los fines de semana. Me conocía todos los autos del barrio, así que yo era imprescindible en esta gestión.

Escogimos la casa del Nacho porque era pleno verano, él estudiaba para su tesis y nosotras aprovechábamos de lavar el auto, tomar sol, conversar, bañarnos en la piscina y utilizar todas las instalaciones de la casa de nuestro buen amigo.

Era exquisito. Nada como la época de los dos meses de vacaciones en verano. El Nacho, vivía con su papá, en una casa enorme, en la punta de un cerro en Santiago. Literalmente en la punta de un cerro, era casi la última casa de ese sector.

Estacionamos y nos fuimos para adentro a buscar las cosas para lavar el auto. El nos estaba esperando. Tenía trapos, la manguera, detergentes y otras cosas para dejarlo brillante.

Dejamos el auto mirando hacia abajo, y lo más cerca de la puerta de entrada. No conocíamos el largo de la manguera, así que nos arrimamos lo más posible. Saludamos, pasamos a la cocina por una fruta, mientras Ignacio salía primero a dejar las cosas afuera para que empezáramos a lavar.

Fue entonces cuando escuchamos su grito.

"Antonia... Amanda, ¿dónde dejaron el auto las chistositas?".

Que extraña pregunta, pensé yo al menos, y nada pasó por mi mente.

"¿Cómo adónde? Afuera, ahí....".

Entonces cruzamos la reja, y la Antonia empalideció: "No está Amanda… El auto no está".

Fue cuando yo lo vi...."Si está", dije tristemente impresionada. Sólo que está más abajo de donde lo dejamos.

Ignacio partió corriendo primero. La Antonia detrás. El auto había quedado desenganchado, y sólo había bajado a lo menos setenta metros, encontrándose finalmente con un poste enorme de metal, el que convirtió en escasos segundos un bello auto blanco en una inservible acordeón sucio.

Fue impactante verlo así, la colina era demasiado empinada. El Nacho sólo nos retaba. La Antonia lloraba desconsolada, mientras yo la abrazaba.

"Mi hermana me va a matar", fueron sus palabras. "Y mi papá también va a estar furioso", agregó.

¿Qué voy a hacer?, repetía. Yo no sabía qué contestar. Sólo intentaba consolarla.
Dentro de lo que se podía.

El Nacho nos fue a dejar. No quiso que la acompañara a contar sobre el incidente. Quería hablar sola. Eso me dijo al menos.

Yo me sentía un poco culpable por no haberme fijado en el enganche del auto, pero hasta el día de hoy no me fijo en lo que hace el piloto, cuando voy de copiloto. Así que no me sirvió mucho la lección.

En fin, a la mañana siguiente la llamé muy temprano. Yo estaba intranquila y nerviosa, como si me hubiese pasado a mí. Me contestó su madre con voz extraña y luego me pasa a la Antonia.

"Bueno -dije al otro lado del teléfono- ¿cómo te fue?".

"Amanda...", alcanzó a decir y se largó a llorar.

"Antonia, ¿quieres que vaya para allá, te retaron mucho, que pasa?".

"No, estoy llorando de alegría".

"¿De alegría? ¿Por qué? ¿Que pasó?", le dije

"Amanda, vas a ser tía y yo mamá, me dijo feliz". Claramente me había saltado varias partes. Quedé impresionada y en blanco, no supe que decir. Mi primera amiga que sería madre. Fue emocionante y un poco chocante, pensando en mi realidad en comparación a la de ella. Me puse feliz, y le respondí: "Creo que me perdí varias historias del norte".

-Sí, respondió, varias.

"Y tu hermana, ¿qué dijo", pregunté estúpidamente aún pensando en el choque.

"Nada, estaba feliz y me pidió ser la madrina".

Amanda Kiran
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