El feliz infierno de Alberto Montt

No tolera la homofobia ni el abuso de poder, y aguanta poco a Arjona y casi nada los libros de autoayuda o la estupidez humana. Pero este dibujante no quiere otra manera de ser feliz. Aquí, la curiosa mirada del ilustrador.

Por Ángela Tapia F., Emol
Mi. 05 de septiembre de 2012, 08:20
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Sergio Alfonso López, El Mercurio.

Sergio Alfonso López, El Mercurio.

Alberto Montt no puede, ni quiere, dejar de ver las cosas de forma sarcástica. Es su forma de comprender el mundo, de defenderse de las vicisitudes, la maldad y la estupidez, y es el filtro con el que dibuja desde hace más de una década.

En sus viñetas, se ríe de la religión (no cree en ninguna), con el diablo, Dios y Jesús incluidos, cuestiona el amor irracional, el capitalismo, la música de Ricardo Arjona, lo que le da pena o le gusta, según el día y lo que su cabeza le dicte. Lo que más agradece es que no se aburre con su trabajo, y pareciera que apenas nota que es uno de los ilustradores actuales más exitosos que hay en el país.

Con “Dosis diarias”, su blog en el que desde hace cinco años publica sus reflexiones gráficas, recibe en promedio 25 mil visitas por viñeta y ha hecho que varios de sus dibujos sean traducidos hasta al japonés. Las recopilaciones que hace del sitio ya van en cinco publicaciones bien aceptadas en Chile y qué decir en Argentina, donde la última vez que fue a presentar un libro, tuvo que firmar al menos 300 ejemplares. “Ese fue un momento de los 15 minutos de fama de Alberto Montt”, dice el chileno -nacido en Ecuador, pero que se siente argentino- en su departamento de Providencia.

Había llegado atrasado a esta entrevista. De hecho, se le había olvidado por completo, tal vez, influenciado por su reticencia a ser el centro de atención. Apurado, y con bolsas de supermercado, llegó acompañado por su esposa Dolores y por Laura, su pequeña hija de un año nueve meses, deshaciéndose en disculpas por el lapsus y porque dentro de su casa aún haya cajas sin desembalar por un reciente cambio de hogar.

Con todo, su colección de vírgenes, figuritas de Jesús y del folclor latinoamericano, parecen ser una de las primeras cosas que acomodaron al llegar.

-Mucho santito para alguien que no es creyente.
“No soy creyente, pero soy consumidor. Me gusta mucho el merchandising religioso. Lo encuentro muy bonito. Y me encanta la mitología en general, la griega, india, egipcia, católica... Todas me parecen alucinantes, gráfica y filosóficamente”.

Hace 14 años, Alberto se vino de Ecuador a probar suerte en el país de su padre con sus dibujos. Instalado en Santiago, no fue fácil entrar al mundo laboral, sin ningún contacto que lo guiara. Pero lo logró.

Colaboró en sus inicios con El Mercurio, que le sirvió para “parar la olla”, y tener una vitrina permanente. “A la gente, al final, les terminé gustando por presencia, porque era el que estaba siempre ahí. Es como cuando una niña no es tan guapa, pero después de cinco años, el ojo se acostumbra y le empiezas a ver el lado bueno. A mí me funcionó”, dice, agradeciendo que hoy, el humor gráfico sea mucho más acogido en Chile, y que “por lo menos, ahora la gente sabe que un ilustrador es alguien que dibuja tonteras”.

-En tu caso, además de trabajo, ¿las ilustraciones son tu terapia?
“Es mi actividad cerebral. Me pasa que todas esas molestias cotidianas, esos pensamientos, esas semi verdades profundas o problemas existenciales, son tormentosos en mi vida. Pero en el momento en que los traduzco, se pasan por un rato. Las ideas van desde el amor, la idiotez, el dolor, la muerte, y salen con una sazón que es mía, con una visión de mundo que es desde la ironía y el sarcasmo, porque así me críe. Así es como cocino, canto en la ducha y juego al fútbol... Aunque nunca he jugado al fútbol”.

-¿No has ido al psicólogo?
“Traté, pero no. Además, me da miedo que si busco una cura no voy a poder dibujar más y se acabe todo. Igual, mi infierno es mejor que los cielos de muchos”.

-Te burlas de las religiones, del supuesto bien y el mal y de Ricardo Arjona, entre otras cosas. ¿No te llegan mails furiosos de católicos o fans del cantante?
“De los católicos, algo, pero casi nada”.

Pasa Laura caminando por un pasillo, al costado del living, con ese paso torpe y enternecedor que tiene un ser humano cuando aún se encuentra aprendiendo a equilibrar bien el paso. La pequeña interrumpe al ilustrador con su vocecita, llamándolo “¡Papáaaaaa!”.

-¡Qué linda!
“Sí, no quiero que crezca y tenga pololo (suspira). Te decía que ha habido insultos, pero nada importante. Tenemos suerte. Sin duda, dentro de todas las sectas, los católicos son de los más tolerantes. Igual, los que entran a mi blog saben lo que se van a encontrar. De los fans de Arjona... Es que tampoco lo he atacado tanto, unos dos chistes. Y qué sé yo, supongo que tampoco pueden escribir, ¿no?”.

-¿Cómo?
“Yo creo que deben tener un problema, no sé si motriz, pero alguno habrá con respecto a la lectura como para que les guste Arjona. ¿Qué podrían escribir? ‘Arjona, bonito. Tonto, malo’ (ríe). No sé, no me preocupan. De aquí a que aprendan a escribir, pasará un tiempo”.

-Tampoco te gustan los libros de autoayuda.
“No, porque los encuentro ridículos. Lo mismo me pasa con la religión, con eso de que te vendan verdades y te quitan plata con la oferta de la vida eterna, salud para la familia, que gane tu equipo el partido o que seas feliz. Creo que es un abuso de poder, una infamia, venderle felicidad empaquetada a un pobre diablo que está con la curiosidad y la angustia a flor de piel. Por eso me molestan estos libros".

-¿Pero has leído alguno?
“Sí, he leído varios. Partiendo por ‘El secreto’ -con la ley de atracción-, un par de Deepak Chopra, Osho...”.

-¿Y no te dejaron nada de nada?
“Sí, la idea de cómo este pelotudo puede mezclar cosas tan disímiles. Los de Chopra ya son el colmo. Mete cosas de física cuántica con un poco de sánscrito”.

-Y pensar que venden millones...
“Porque la gente está mal, necesita creer en algo, y eso se debe, en parte, a la falta de pensamiento crítico. Si estás abierto a que todo el mundo te diga todo, desde si estás bien o estás mal, si hay corrupción o no, si los estudiantes queman los buses o lo hace Hinzpeter, obviamente te va a generar una angustia existencial del carajo. Y después, si alguien te presenta una supuesta verdad absoluta, qué más queda que aferrarse. Es como un tipo que se está hundiendo y le lanzan un salvavidas, aunque muchos le están tirando anclas en realidad. Eso es lo que creo. Tampoco soy un escritor de autoayuda, aunque debería. Sería rico. Pero siento que dos libros de Cortázar y uno de Hemingway te ayudan más que uno de... No sé...”.

-¿Paulo Coelho?
“(Se queda sin respiración) ¡Uf! Los libros que me han salvado la vida están muy lejos de eso; Umberto Eco, Haruki Murakami, Alessandro Baricco, Quino... Hay tanto libro bueno, ¿por qué tirarse a Paulo Coelho? Aunque hay muchas modelos que se tiran a Paulo Coelho”.

-¿Eres feliz?
“Absolutamente. Tú puedes estar en un constante estado de borrachera y ser feliz, sin darte cuenta que vas muy rápido en el auto, o que la mina con la que estabas, realmente no era tan guapa. Pero no puedo imaginarme esa felicidad enceguecida que algunos proclaman o aspiran. La felicidad en la que estoy, requiere un poco de amargura, porque me permite contrastar. Soy feliz, porque cada minuto de felicidad que llega a mi vida, supera cuatro mil momentos de angustia. Es súper cursi, pero al despertar con un beso de mi hija, me importa un culo que haya hambre en Somalia. Puedo estar todo angustiado porque en Irán le tiran ácido a una niña o porque aquí, el conflicto mapuche es una desgracia que no tiene salida. Pero a ratos, esas pequeñas victorias cotidianas hacen que realmente mi vida sea alucinante”.

-Hasta que tu hija llegue con un pololo...
“Maldito. Prefiero que llegue con una novia”.

-¿Crees que las mujeres son menos frescas que los hombres?
“No, puede que sean peores, no lo sé. Solo he vivido el lado de ser pololo, y es terrible. Mira, da lo mismo. Trataré de darle herramientas, pero al final es su vida”.

-Lo dices de la boca para afuera.
“Sí, pero mientras ella no se dé cuenta de que la imagen del papá aceptador es falsa, estará todo bien”.

-¿Cuál es tu vicio privado?
“Me gusta mucho coleccionar cosas que no tengan importancia para otras personas, desde relojitos, figuritas religiosas o de GI Joe. También me gustan mucho los videojuegos, porque además son un espacio que tengo para pensar. Pongo la mente semi en blanco. Es un tipo de meditación. Te estupidizas y dejas que pasen cosas. Juego juegos de fútbol, de matar gente... No soy mucho más raro que eso”.

-De la boca para afuera.
“Mientras no se enteren...”.