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La desgarradora historia de tres niños que vivieron el tsunami en Japón: "Estoy lleno de remordimientos"

Hoy ya son adultos, pero forman parte de una generación que quedó para siempre marcada por la tragedia del 11 de marzo de 2011.

07 de Marzo de 2021 | 05:40 | AFP / Editado por N. Ramírez

En muchas escuelas de Japón alumnos y profesores evacuaron hacia los pisos superiores. Pero en el colegio de Okawa, 84 niños y maestros perdieron la vida.

El Mercurio (Foto de Archivo)
Yuto Naganuma mira ensimismado mientras la brisa del mar sopla por encima de las paredes destruidas del colegio donde perdió a su hermano pequeño en el devastador tsunami de 2011 en Japón.

Han pasado diez años y Naganuma, y otros como él, son parte de una generación cuyas cortas vidas fueron forjadas por lo que se conoce en Japón como el triple desastre: un poderoso terremoto, que provocó un gigantesco tsunami y el peor accidente nuclear desde Chernobil.

"Perdí a mi familia, a mi comunidad. Cosas que construyeron quién soy. Sentí que el tsunami se llevó la mitad de mi cuerpo"

Yuto Naganuma
Los niños del tsunami perdieron familias, casas, escuelas y comunidades enteras. La experiencia llevó a algunos a trabajar en la sensibilización sobre desastres o a ayudar a niños que, como ellos, han vivido con la tragedia.

Una década después, la tragedia que sufrió Naganuma está muy presente. "Perdí a mi familia, a mi comunidad. Cosas que construyeron quién soy. Sentí que el tsunami se llevó la mitad de mi cuerpo", dice afuera del colegio de Okawa, en el noreste de Japón, donde murió su hermano de ocho años.

Fue uno de los 74 niños y diez profesores que perdieron la vida barridos por el tsunami, porque no lograron ser evacuados a pisos superiores. La tragedia en ese colegio fue una de las peores del triple desastre, que dejó en total 18.500 muertos y desaparecidos.

La culpa de ser sobreviviente


Naganuma tenía 16 años en esa época, pero se echó la culpa por la pérdida. Dos días antes del terremoto, de magnitud 9, sintió un temblor de 7,3 en la playa local, que después interpretó como una advertencia fallida. "Siento que quizá mi hermano no hubiera muerto. Si hubiese advertido a la gente de la comunidad, quizá nadie hubiera muerto", dice mientras mira las aulas destrozadas.

Su abuela y su bisabuela también murieron en el tsunami, cuando esperaban el autobús del colegio de su hermano. "Estoy lleno de remordimientos", dice Naganuma.

Después de la tragedia, el joven intentó hacer una vida normal, pero luchaba con la culpa del superviviente, preguntándose por qué se había salvado. Se inscribió en un curso para ser profesor en una universidad de otra región, pero se trasladó a un centro más cerca de su casa para estudiar gestión de desastres. Ahora hace visitas guiadas al colegio y conferencias sobre la preparación para los desastres.

"(En Japón) todos vivimos entre desastres", dice, aunque afirma que "la probabilidad de sobrevivir cuando nos enfrentamos al desastre siguiente cambia significativamente en función de cómo utilizamos ese tiempo".

Era frecuente encontrar cadáveres camino al colegio


Nayuta Ganbe, de 21 años, se ha ido abriendo poco a poco a hablar de la experiencia del tsunami. Ese día, después de la alarma de tsunami, se refugió en su escuela con su madre y una hermana.

Tenían que ir a la tercera planta, pero Ganbe fue a recoger los zapatos que había dejado a la entrada como hacen los estudiantes japoneses. Cuando sujetaba la puerta para que entraran cinco personas que venían al colegio, un torrente de agua mezclada con lodo viscoso lleno de escombros y vehículos los golpeó.

Ganbe estaba en un piso un poco más arriba, pero el agua, "espesa como la mayonesa", se abalanzó sobre él. "Fue como si el agua hubiera agarrado mis tobillos", explica. Un hombre al que arrastraba la corriente gritaba y estiraba el brazo hacia él, que se quedó paralizado con la masa de agua. "Cuando la punta de los dedos desapareció, reaccioné", recuerda.

18.500personas murieron o aún continúan desaparecidas, a 10 años del tsunami
Los días posteriores al desastre no fueron menos traumáticos. Ganbe recuerda que encontró un cuerpo y una extremidad cuando caminaba al colegio, una experiencia frecuente para los niños en esa zona en aquella época.

La cobertura mediática hacía hincapié en el civismo de los evacuados y la solidaridad nacional, pero Ganbe vio a adultos saltarse las filas en busca de alimentos o empujar a los niños. Durante varios días después del tsunami no comió nada.

A los alumnos se les aconsejaba que no hablaran de los amigos "desaparecidos" y algunos tuvieron ataques de pánico. "Antes de darte siquiera cuenta, se volvió normal no hablar de ello", dice. Pero tres años después del desastre, le pidieron que hiciera una disertación y empezó a procesar sus memorias, reviviendo aquellas escenas y pasando noches sin dormir.

Ahora estudia sociología del desastre, investiga qué hace que la gente suela tomar los pasos adecuados para salvarse cuando golpea la crisis, y habla a grupos en todo el país, en parte para preservar la memoria que teme se vaya desvaneciendo. "En 20 años más quizá veamos a gente que nació después del desastre, irse de esta ciudad sin saber nada del mismo", afirma.

Medían su radiactividad para poder ingresar a la escuela


El tsunami marcó no solo a los niños que atrapó en su camino, sino también a los afectados por el desastre de Fukushima Daiichi. Hazuki Shimizu vivía en Namie, a pocos kilómetros de los reactores que se fundieron cuando el tsunami colapsó el sistema de enfriamiento de la planta.

Huyó de su casa con su madre y su hermana el 12 de marzo, y terminó en Chiba, en las afueras de Tokio. "Estaba literalmente desgarrada", recuerda mientras veía cómo se preparaba el desastre en la distancia. "No podía hacer nada".

En el ayuntamiento local, su familia tuvo que permanecer en el estacionamiento, y ella ser controlada con los contadores Geiger que miden la radiactividad cuando fueron a inscribirla en su nuevo colegio.

Sus nuevos compañeros de clase tampoco hablaban del desastre. "No sabía por qué la gente no hablaba de ello... ¿Por qué no les importaba? Me sentí muy aislada", recuerda.

Ya de adulta, volvió a la región costera y ahora trabaja para un grupo que ayuda a mantener la memoria del tsunami. "Cuando me convertí en víctima del desastre, aprendí que era muy duro", dice Shimizu, quien también ha trabajado con grupos que ofrecen apoyo escolar. "¡Hay tanta gente que sufre dolor y lucha!. Necesitamos oír sus voces y apoyarlos", afirma.
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