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Columna de opinión: La Constitución de los pueblos

Desde afuera, hay admiración por el modo como Chile encauza institucionalmente la crisis, cómo avanza de manera sostenida y sin pausa en un camino que dará origen a un nuevo comienzo, entendiendo que la ruta está llena de dificultades, pero que no queda otra opción que recorrerla y que, al hacerlo, nos toca poner lo mejor que tenemos.

16 de Octubre de 2021 | 10:43 | Por Jorge Contesse Singh
El Mercurio
En 1848, Andrés Bello publicó un texto en El Araucano titulado "Constituciones", en el que formuló una distinción fundamental cuando pensamos en la manera como una Constitución regula la vida en común.

Para él, la Constitución puede estar basada "en el espíritu mismo de la sociedad", en cuyo caso el texto será “la expresión, la encarnación de ese espíritu”, o bien puede estar basada “en las ideas, en las pasiones, en los intereses de un partido, de una fracción social; y entonces la Constitución escrita no representará otra cosa que las ideas, las pasiones, los intereses de un cierto número de hombres que han emprendido organizar el poder público según sus propias inspiraciones”.

El fenómeno constitucional que se vive en Chile tiene que ver directamente con lo que Bello comprendió de manera lúcida hace más de un siglo y medio, y las posibilidades de éxito del proceso constituyente dependen en gran medida de cómo entendamos este fenómeno. Ello requiere de un esfuerzo inédito por parte de todos y todas, pues nunca en la historia constitucional del país nos dimos la posibilidad de escribir las bases sobre las cuales fundar nuestra vida colectiva de manera inclusiva, en que grupos que han sido históricamente postergados, como las mujeres o los pueblos indígenas, sean protagonistas de la deliberación pública.

Las cosas por estos días están más que revueltas y todo indica que así seguirán por un rato. La política se degrada a diario, el Presidente de la República es no solo imputado en sede penal, sino además acusado ante la Cámara de Diputados por dañar el honor del país e infringir la Constitución, y a ratos cunde la sensación de que no hay liderazgos que nos permitirán salir del atolladero social, económico e institucional. Por todo ello, vale la pena detenerse un momento e intentar poner lo que pasa en perspectiva, elevarse un metro por sobre la contingencia voraz de la política diaria y retomar el espíritu que dio origen y hará posible que la Constitución de 2022 sea la mejor versión de quienes somos en común; el espíritu que nos pueda sacar de esta crisis de manera fortalecida, como un país que es ejemplo de civilidad porque la fractura social la corrige con mecanismos institucionales, aunque duela y demore.

Hace dos años, me tocó participar en una reunión con estudios jurídicos en la ciudad de Nueva York, en que se analizaba lo que ocurría en el país. Algunos de mis compatriotas se mostraban inquietos y perplejos ante las protestas masivas y la sensación de descontrol reinante. Para nuestra sorpresa, fueron los profesionales extranjeros quienes decían inequívocamente que confiaban en Chile, que estaban seguros de que, a pesar del desorden, el país sabría salir adelante, y —lo más importante— que lo haría de mejor manera que lo que estaba.

Lo mismo ocurre entre quienes se dedican al estudio del Derecho Constitucional: desde afuera, hay admiración por el modo como Chile encauza institucionalmente la crisis, cómo avanza de manera sostenida y sin pausa en un camino que dará origen a un nuevo comienzo, entendiendo que la ruta está llena de dificultades, pero que no queda otra opción que recorrerla y que, al hacerlo, nos toca poner lo mejor que tenemos.

A ello es a lo que convencionales, autoridades de los poderes constituidos y, ciertamente, la ciudadanía estamos convocados: reemplazar no solo el texto de la Constitución de 1980, sino su espíritu y su práctica, la manera en que se dictó y administró mediante un constitucionalismo no democrático que permitió que la reducción de la pobreza y el crecimiento económico no se tradujeran en un país que trata con igual respeto y consideración a todos sus habitantes. ¿Acaso la Constitución de 2022 cambiará esto? No, si solo atendemos a su texto, un conjunto de cláusulas, reglas y promesas solemnes por un mundo mejor. Pero si quienes viviremos bajo su imperio colaboramos a su éxito, acompañando desde ahora la deliberación de la Convención, entonces el resultado sí podrá ser virtuoso. Y con ello, podremos al fin tener una Constitución que emane del fondo de la sociedad y encarne el espíritu de los pueblos de Chile.

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