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Columna de opinión: Querer tener la razón

La vida democrática, como la vida humana en general, necesita contar con un baremo, alguna medida que le permita orientarse a la hora de decidir, algún criterio que, si nos preguntan, podamos explicitar a la hora de justificar nuestra decisión así sea en la soledad de la propia conciencia.

20 de Mayo de 2022 | 06:55 | Por Carlos Peña
El Mercurio
Lo peor que podría ocurrir en el debate que ahora se inicia —ahora que ya se cuenta con un borrador completo de Constitución— es que haya personas, fuerzas políticas o incluso ciudadanos, que en vez de querer tener la razón quieran, nada más, imponer sus puntos de vista.

Ni dar razones ni querer tener la razón, sino nada más imponer el propio punto de vista.

Querer tener la razón impone un gravamen que le hace bien a la democracia: el gravamen de leer el texto completo; explicitar dos o tres criterios a cuya luz pueda juzgarse si acaso él resulta razonable o no, y luego dar argumentos en favor de su aceptación o su rechazo. Disponerse, en cambio, solo a imponer el propio punto de vista invita a adoptar cualquier estrategia para lograrlo, desde exagerar, alterar o deformar el texto para invitar a rechazarlo (ya se ha visto esta actitud), hasta ocultar o minimizar partes de él que se adivina podrían ser incómodos o injustificables para favorecer que se le apruebe (también se ha visto).

La democracia —hay que repetirlo una y otra vez, tanto a algunos convencionales como a quienes se les oponen— es una forma superior de convivencia, que se caracteriza por la disposición a dar razones en favor de las ideas o puntos de vista por los que se aboga. Y dar razones significa aceptar que hay un ámbito que nos es común al margen de los intereses de cada cual, un ámbito que se llama racionalidad y a cuyo dictamen hay que someterse. Eso es a lo que, desde antiguo, se le llama convivencia de cultura, que no es otra cosa que la convivencia bajo normas, normas que en este caso prescriben que es necesario identificar hechos, interpretar enunciados y dar razones que permitan evaluarlos.

Si ello no se acepta y se recurre a cualquier artimaña, a cualquier trampa verbal para imponerse, si se suprimen los trámites del diálogo genuino, si no se aceptan normas para la conversación o, al menos, el esfuerzo por entablar ese diálogo, entonces se deteriora la vida cívica.

Cierto: todo lo anterior parece una quimera, un sueño nebuloso, puramente conceptual que siempre acaba cediendo, se dirá una y otra vez, a la realidad más cruda del poder o de la astucia o la engañifa. Y es probable que casi siempre o en muchos casos sea así. Pero basta detenerse un momento en reparar lo que ocurriría si nos tomáramos en serio ese crudo realismo, si de verdad creyéramos que las cosas son inevitablemente así, si pensáramos que el diálogo es un simple disfraz de la astucia y la artimaña y el poder. En tal caso, si cediéramos a la simple facticidad del poder y nos dijéramos que en verdad lo que se llama diálogo democrático es un mero disfraz del poder, del ardid, el empujón y la treta, entonces ¿cómo sabríamos, al margen de la derrota o la victoria, si actuamos bien o si actuamos mal? ¿Cómo sabríamos cuándo decidimos correctamente y cuándo, en cambio, decidimos de mala forma? Esta es la razón de por qué Kant sugiere que tener reglas morales no asegura que obremos bien; pero al menos permite que sepamos cuándo obramos mal.

La vida democrática, como la vida humana en general, necesita contar con un baremo, alguna medida que le permita orientarse a la hora de decidir, algún criterio que, si nos preguntan, podamos explicitar a la hora de justificar nuestra decisión así sea en la soledad de la propia conciencia. Basta reparar en esto para aceptar que, aunque parezca ingenuo o naif, hay que apelar a la racionalidad o al deseo de tener la razón, para que la vida cívica sea posible. Porque después de todo, si tener razones no importara, si solo valieran los intereses económicos, familiares o de clase, o los del grupo o los de la tribu a la que se pertenece, o la violencia que se ejerza o la amenaza que se profiera, entonces sería mejor ahorrarse el trámite de la información y del diálogo y disponerse de inmediato a que cada uno levante la mano y sumar de una vez por todas las preferencias. Pero aceptar esto último equivaldría a aceptar que la democracia es inferior al mercado, porque este último es más eficiente, rápido y fidedigno a la hora de sumar preferencias mediante el sistema de precios.

Pero si tenemos democracia es porque creemos que hay ámbitos de la vida donde no es suficiente sumar preferencias y en los que es necesario pesar las razones, para lo cual hay que ser capaz de darlas y estar animado por el deseo de querer tener la razón.

Y esa es la actitud que de aquí en adelante los convencionales debieran tener y los ciudadanos también. Esa es la única forma de corregir, siquiera sea en el par de meses que vienen, las deficiencias que, desgraciadamente, ha exhibido hasta ahora el proceso constituyente y el escrutinio público que a su respecto se ha intentado efectuar.
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