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Columna de Carlos Peña: La razón del fracaso

"Para que no se repita hay que abandonar de una vez el simplismo y el reclamo justiciero, tomar algo de distancia (en vez de simplemente tomar partido) y reflexionar de una buena vez".

09 de Septiembre de 2022 | 07:17 | Por Carlos Peña
El resultado del plebiscito —y el fracaso consiguiente de la Convención— fue, como todas las cosas, el resultado de múltiples factores, pero entre ellos debe haber uno que refulge por sobre todos los demás. Y es que un fracaso tan flagrante y estrepitoso no puede ser la suma de pequeñas discrepancias.

Uno de los rasgos de la vida social es que ella siempre tiene una forma de verse a sí misma y ver el mundo en derredor —a eso se le puede llamar cultura— y cualquier reforma o proyecto de cambio que aspire al éxito debe ser consonante con ella.

En otras palabras, los grandes proyectos no pueden ir a contrapelo de la cultura.

Sin embargo, a partir de los hechos de octubre del año 2019 comenzó a cundir una visión simplista del Chile contemporáneo que reducía la casi totalidad del fenómeno social a un problema de desigualdad que solo podría remediarse —se dijo una y mil veces y lo reiteró poco antes de la derrota que se avecinaba el ministro Jackson— con el cambio constitucional. Chile rechazaba —se concluyó— el tipo de modernización que había emprendido en las tres últimas décadas.

El país, se decía, repitiendo los lemas contra el fascismo del Madrid del 36, sería la tumba del neoliberalismo. El proyecto constitucional, aunque no siempre sus detalles se inspiraran en esas ideas, quedó atado a ellas porque quienes lo promovieron (incluido el Presidente y sus ministros) las subrayaron una y otra vez. Esa fue la imagen con la que se vistió el proyecto.

Pero bastaba mirar las calles, el tono generacional de las performances, los grafitis, oír las demandas variopintas que se formulaban, asistir a la revuelta estudiantil (que sigue por estos días), ver los reclamos de veganos y ciclistas, todas demandas muy lejos de las reivindicaciones de clase, para advertir que desde octubre del 2019 se estaba en presencia de un malestar más complicado y difícil de entender de lo que sugería ese simplismo al que tantas personas, de derecha e izquierda, por temor o ignorancia, por oportunismo o lo que fuera, rectores, periodistas, conductores de televisión (que hoy solo se atreven a pronunciar lugares comunes), se sumaron.

En cambio, lo que se ha observado en Chile desde mucho antes de octubre (y conviene no olvidarlo para hacer frente a lo que vendrá) es un conjunto de procesos culturales asociados a la modificación en las condiciones materiales de la existencia: alta individuación de las nuevas generaciones y al mismo tiempo anhelos de comunidad; falta de orientación normativa o anomia que es fruto del cambio rápido que Chile experimentó; transformación de grupos antes proletarios en grupos medios que vieron en el consumo una experiencia de autonomía (y que temen retroceder a las carencias que guardan en la memoria); mayor conciencia de la diversidad de toda índole (étnica, sexual, de clase, de estilos de vida); anhelos de libertad en todas las esferas de la vida, pero al mismo tiempo deseos de alta regulación; temores medioambientales, etcétera.

Esas transformaciones culturales, por otra parte, coexisten con la necesidad de racionalizar la vida social y disciplinarla a fin de hacer posible el bienestar que se anhela.

Se trata del viejo problema (la sociología lo ha descrito una y mil veces) de la contradicción entre la espontaneidad de la vida que la modernización aún incompleta incentiva, por una parte, y la necesidad de disciplina y orden racional que reclama para funcionar, por la otra.
Chile está en medio de esa contradicción.

Es cosa de mirar a los más jóvenes que anhelan elegirse y editarse al compás de sus deseos, pero al mismo tiempo saben que los espera la disciplina del trabajo, la racionalidad instrumental y el esfuerzo.
Creer que esa contradicción y esos problemas podrían resolverse, o comenzar a resolverse, o su conciencia apaciguarse, con un discurso simplista o un cambio constitucional que, en vez de articular esos problemas con una estructura capaz de procesarlos, simplemente los suma o los yuxtapone, como lo hizo el proyecto, adquiriendo de esa forma un aire New Age en buena parte del texto, fue un error intelectual y político que solo es de esperar que en lo que viene no se repita.

Pero para que no se repita hay que abandonar de una vez el simplismo y el reclamo justiciero, tomar algo de distancia (en vez de simplemente tomar partido) y reflexionar de una buena vez, y en serio, acerca de las transformaciones que Chile ha experimentado y acerca del sujeto social que ello ha originado.
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