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Columna de opinión de Carlos Peña: Constitución y economía

"Una sociedad compleja no puede funcionar sobre una confianza interpersonal, requiere una confianza abstracta en las instituciones. Sin esta última, no hay mejora constitucional que valga".

08 de Diciembre de 2023 | 08:45 | Por Carlos Peña
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Carlos Peña.

El Mercurio (archivo)
¿En qué medida y de qué forma, las reglas constitucionales contribuyen a que la economía funcione bien? Un rodeo conceptual —una huida de los lugares comunes que por estos días abundan— ayuda a responder esa pregunta.

Un famoso artículo sugirió que, si los derechos de propiedad sobre los bienes estuvieran claramente definidos y negociar para intercambiarlos no supusiera incurrir en costos, si negociar fuera gratis, entonces los bienes irían a manos de quienes más los valoran y de esa forma la sociedad tendría más bienestar (medido este último como la suma de las satisfacciones individuales).


Si su vecino tiene un auto ruidoso y a usted le gusta meditar en silencio, y pudieran negociar sin coste para resolver el conflicto (sin pago de abogados o pérdida de tiempo), entonces el dueño del auto le ofrecería a usted (supongamos 100) para que le permita meter ruido o usted le ofrecería al dueño del auto (digamos 110) para disfrutar del silencio. Una vez alcanzado el acuerdo ambos ganarían: el ruidoso vecino quedaría con 110 (lo que indica que valoraba su gusto por los motores ruidosos en menos que eso) y el vecino meditabundo ganaría un silencio (que para él valía más que los 110 que pagó). Ambos tendrían así, negociando, más bienestar. Y los bienes —el ruido y el silencio— estarían en manos de quien más los valora. Esta idea permitió que su autor ganara el Nobel y se le conoce como el teorema de Coase.

Otro autor (Douglas North quien también obtuvo el Nobel) observó que las reglas formales e informales (estas últimas impregnadas en la cultura) eran claves para el desempeño económico y una vez que estaban internalizadas podían influir en su mejora o estropearlo. En fin, R. Putnam (que no es economista) investigó la forma en que la existencia de una comunidad cívica, con confianza hacia las instituciones, favorece el intercambio ampliado que, de otra forma, queda reducido a círculos de amigos o familiares, lesionando el bienestar. Esta era dijo, la explicación, de por qué el norte italiano era rico y el sur pobre. En el sur la confianza solo alcanzaba a los cercanos y no se extendía a las reglas y las instituciones (esto explicaba la presencia de las bandas y las mafias).

Todas esas ideas pueden ser reducidas a dos: en amplias esferas de la vida, las reglas deben respetar la propiedad y hacer más fáciles los intercambios.

Si la propiedad no se respeta o no se la garantiza, entonces las personas harán menos esfuerzos porque no tendrán ninguna seguridad de que lo que obtengan será suyo. Si un estudiante talentoso supiera que su esfuerzo va en beneficio del grupo y no suyo, entonces se esforzará menos. Si usted planta un huerto y cualquiera puede apropiarse las lechugas, entonces preferirá no plantarlo (o incurrirá en altos costos para cercar el huerto de manera que las lechugas saldrán carísimas).

Esta es la razón, por ejemplo, de que un buen sistema de patentes (que concede propiedad sobre el invento) estimula la creatividad. En cambio, si los bienes no son de nadie o de todos, se produce lo que un famoso artículo de G. Hardin (que Santo Tomás había anticipado) llamó la tragedia de los comunes: cuando las cosas son de todos, se sobreexplotan y nadie las cuida. Y esa es también la razón de por qué los trámites excesivos o las esperas eternas o la discrecionalidad, lesionan el bienestar. Lo que ocurre es que incrementan los costes de transacción (representados por el costo alternativo del tiempo, el pago de abogados y especialistas, y según sabemos ahora, los sobornos) y el resultado es que el bienestar esperado del negocio queda por debajo de los costos necesarios para emprenderlo (en cuyo caso se abandona) o para compensar esos costos hay que encarecer los productos y los bienes (en cuyo caso pagan todos la ineficiencia).

Todas esas ideas conducen a la conclusión de que las reglas son casi más importantes que los recursos para alcanzar el bienestar. Por eso países con poco o nada de recursos naturales son ricos y otros que nadan en la abundancia de la naturaleza, pasan hambre. La diferencia la hacen las reglas.

¿Importan entonces las reglas para el bienestar económico? Por supuesto que sí; pero no basta la certidumbre. Como es obvio, tener certeza de que un mal resultado se va a producir no ayuda demasiado. Se requieren reglas bien diseñadas, impregnar la cultura y las prácticas sociales con ellas (educando su respeto y castigando la conducta desviada) y prestigiar las instituciones, porque una sociedad compleja no puede funcionar sobre una confianza interpersonal, requiere una confianza abstracta en las instituciones. Sin esta última (que el último tiempo se ha deteriorado, con autoridades que desempeñan los cargos como si fuera una expansión de la espontaneidad subjetiva, una extendida anomia, la incivilidad, la ocupación de los espacios públicos), no hay mejora constitucional que valga.