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¿Menos matrimonios, menos hijos?: Caída de indicadores en Chile divide a expertos por causas de crisis demográfica

Mientras algunos sostienen que el matrimonio es un fuerte predictor para los nacimientos, otros advierten que ambas caídas responden a transformaciones sociales profundas.

18 de Julio de 2026 | 07:35 | Redactado por Sofía Campos, Emol.
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¿Existe una relación directa entre el descenso de los matrimonios y la baja natalidad en Chile? Esa es la discusión que hoy cruza a académicos y especialistas en el país. Mientras algunos advierten que el fenómeno responde a múltiples factores, otros discrepan sobre el peso que tiene la disminución de las uniones formales.

El debate surge en medio de las últimas cifras oficiales, que muestran que Chile atraviesa uno de los niveles de fecundidad más bajos de su historia, muy por debajo de la tasa de reemplazo poblacional.

Según cifras del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), en el período 1993-2025 la caída de la Tasa Global de Fecundidad (TGF) fue de 59,4%. En 2025, por primera vez en la historia de Chile, se registró una tasa por debajo de un hijo por mujer con 0,99 nacidos vivos promedio por mujer.

Respecto de la natalidad, en 1993 los nacimientos en Chile alcanzaron a los 275.916 casos. En 2025 nacieron un total de 146.446 personas, una diferencia de 129.470 nacimientos en 32 años (-46,9%).

Al mismo tiempo, los matrimonios han mantenido una tendencia descendente en las últimas décadas. De acuerdo al Boletín Demográfico Anual Provisional de Estadísticas Vitales 2025 del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), en 2025 se reportaron 60.293 matrimonios, es decir, 826 celebraciones menos que en 2024 (61.119), representando una caída de 1,4%. La tasa bruta alcanzó las 3 nupcias por cada 1.000 habitantes.

Sin embargo, se registró un alza en los Acuerdos de Unión Civil: la cifra alcanzó las 19.700 en 2025, 3.434 celebraciones más que en 2024 (16.266), una variación de 21,1%. La tasa alcanzó las 9,7 uniones por cada 10.000 habitantes en 2025.

La disminución de los matrimonios y de los nacimientos no es un fenómeno exclusivo de Chile, también se ha observado en Europa y Asia. Según datos de la OCDE y World Bank Open Data, Japón ha registrado el último tiempo un mínimo histórico de matrimonio y nacimientos, lo que se suma a la disminución sostenida en países como Italia, España y Polonia.

Dicha evidencia ha puesto en discusión sobre si ambas variables avanzan de la mano o si responden a cambios más profundos en las decisiones de formar pareja, tener hijos y constituir una familia.

Relación matrimonio-natalidad


El tema fue abordado por los investigadores del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES Chile) Manfred Svensson y Catalina Siles en el artículo "Un mundo más solo" de la revista Punto y Coma.

"En las últimas décadas el paisaje familiar chileno ha experimentado transformaciones profundas y aceleradas. La natalidad ha descendido de manera sostenida, el matrimonio ha perdido peso relativo, las convivencias se han vuelto más frecuentes y los hogares monoparentales han aumentado de forma significativa", señalaron los autores.

"En las últimas décadas los hijos han dejado de ocupar el centro simbólico que antes tenían como fuente de continuidad, sentido y proyecto compartido. Se han vuelto, en términos cada vez más explícitos, una opción prescindible. Y esto ocurre al mismo tiempo que aumentan las aspiraciones de autonomía personal, profesional y afectiva. Este desplazamiento está estrechamente relacionado con un fenómeno más amplio, que la literatura reciente ha empezado a subrayar: la creciente dificultad contemporánea para sostener vínculos de dependencia duraderos", sostuvieron.

Para Svensson y Siles "en un entorno cultural que valora la autonomía por encima de la interdependencia, formar una pareja estable, sostener un proyecto común y criar hijos se vuelve una empresa mucho más exigente (...) La vida compartida —ya sea en pareja, familia extensa o barrios— se ha vuelto más frágil, más inusual y más incierta. Este adelgazamiento de los lazos, que afecta tanto a jóvenes como a adultos, repercute directamente en la decisión de tener hijos: se vuelve más difícil imaginar un futuro compartido cuando la infraestructura afectiva y comunitaria que lo hacía posible está debilitada".

"La baja natalidad no es, entonces, solo un cambio en los comportamientos reproductivos, sino el síntoma de un ecosistema cultural y social que se ha vuelto más frágil para sostener proyectos familiares duraderos", analizaron los académicos.

A su juicio, "las causas operan en planos complementarios. Las expectativas afectivas se han individualizado: la pareja se concibe menos como compromiso institucional y más como espacio de autorrealización, lo que eleva estándares y reduce tolerancias. La incertidumbre económica dificulta proyectar una vida común, especialmente para hombres de menores ingresos. Los ritmos laborales y urbanos tensionan la construcción de rutinas compartidas, y un clima cultural que celebra la reversibilidad de los vínculos configura relaciones siempre condicionales".

"Ignorar su fragilidad no nos vuelve más libres ni más igualitarios: solo vuelve más desiguales los riesgos y más silenciosos los daños. El desafío no es restaurar un orden perdido, sino recuperar la conciencia de que ninguna sociedad puede sostener proyectos individuales robustos sin renovar las estructuras que permiten que la vida compartida ocurra. Allí —en el equilibrio entre autonomía y compromiso, entre libertad y vínculo— se juega buena parte de nuestro futuro colectivo", cerraron los investigadores del IES.

"Estar casado es un gran predictor"


En conversación con Emol, el autor del artículo del IES y director del Instituto de Filosofía de la Universidad de Los Andes, Manfred Svensson, profundizó que "es evidente que en la crisis de la natalidad confluyen muchos factores, y hay que hacerles justicia a todos. Pero estar casado es un gran predictor de que alguien querrá tener hijos. No podemos enfrentar la crisis de la natalidad ignorando ese hecho con que se entrelaza".

Sumó que "a la crisis del matrimonio se suma ahora también una cierta alienación entre los sexos, incluso cierto grado de polarización ideológica entre mujeres y hombres. Así muchos vínculos ni siquiera llegan a formarse. No podemos pensar estos problemas por separado".

Eso sí, aclaró que a modo de solución de la problemática "en términos de políticas públicas debemos pensar no tanto en la promoción del matrimonio, sino más bien en el apoyo a quienes ya toman la decisión de formar una familia. El apoyo de una política pública puede persuadir a que alguien tenga dos o tres hijos en lugar de uno, pero difícilmente convencerá de tener un hijo a quien no pretendía casarse ni tener hijo alguno".

"Otra cosa es que al margen de esas políticas debamos promover en nuestra cultura una conciencia mucho mayor de la situación en que estamos. Para muchas personas es difícil tomar conciencia de los problemas estructurales del cambio demográfico, porque esos problemas obligan a pensar a una escala distinta de la cotidiana. Y obviamente nadie se casa o tiene hijos para solucionar una crisis social. Pero todos podemos notar lo que significa un mundo sin primos, tíos o hermanos, y podemos desear que se preserve un mundo en que esas figuras existen. Es muy difícil hacer frente a la crisis de la natalidad, pero antes de entregarse al fatalismo hay que difundir conciencia de cosas así de elementales", sostuvo Svensson.

Asimismo, el también académico de la U. de Los Andes señaló que "sería un error pensar que la importancia del matrimonio obliga a primero poner la mirada solo ahí. De partida, porque hay mucha gente que mira con sospecha la preocupación por el matrimonio, pero que entiende perfectamente la seriedad de la crisis de la natalidad y busca enfrentarla".

"No se puede plantear la discusión de una manera que omita su perspectiva. Pero tampoco debemos engañarnos omitiendo la pregunta por el papel de la estabilidad familiar. En esta y otras crisis contemporáneas, omitir ese factor es hacerse trampa en el solitario –doblemente torpe si nuestra crisis es de soledad", cerró el investigador del IES.

Refutan "causa y efecto"


La teoría del IES ha sido refutada por académicos. Alejandro Gómez, académico del programa de Medicina Familiar y Comunitaria de la Universidad Diego Portales (UDP), mencionó en diálogo con este medio que existe una relación, "pero sería un error entenderla solo como una relación simple de causa y efecto. El matrimonio, más que un acto jurídico, suele reflejar la existencia de un proyecto de vida compartido y de expectativas de estabilidad a largo plazo, condiciones que históricamente han favorecido la decisión de tener hijos".

"Es evidente que en la crisis de la natalidad confluyen muchos factores, y hay que hacerles justicia a todos. Pero estar casado es un gran predictor de que alguien querrá tener hijos. No podemos enfrentar la crisis de la natalidad ignorando ese hecho con que se entrelaza".

Manfred Svensson, investigador IES y director Filosofía U. Andes
"Sin embargo, la caída de los matrimonios y el descenso de la natalidad son probablemente manifestaciones de transformaciones más profundas. La incertidumbre económica, las dificultades de acceso a la vivienda, la precarización de los cuidados, los cambios en las expectativas sobre la vida en pareja y la creciente valoración de la autonomía individual forman parte de un mismo fenómeno. Lo relevante en este caso, por ejemplo, es preguntarnos no solo por qué las personas tienen menos hijos, sino también por qué resulta cada vez más difícil sostener proyectos familiares duraderos", mencionó el sociólogo.

Añadió que "la baja natalidad entonces no sería únicamente una decisión reproductiva, sino también un indicador de cuánta confianza tiene las personas en el futuro. Cuando se debilitan las certezas materiales y los vínculos que sostienen la vida cotidiana, no solo disminuyen los matrimonios, sino que también se vuelve más difícil imaginar y construir proyectos familiares a largo plazo".

"Desde la perspectiva de los determinantes sociales de la salud, la estabilidad familiar no depende únicamente de valores o decisiones individuales. Factores como la precarización laboral, la crisis habitacional, los largos tiempos de desplazamiento, la segregación urbana y el debilitamiento de las redes comunitarias influyen directamente en la capacidad de las personas para sostener proyectos familiares. La familia es una infraestructura fundamental para el bienestar, pero también lo son el barrio, la escuela, la atención primaria, las redes de cuidado y las políticas públicas. Cuando estas estructuras se debilitan, aumenta la carga sobre los hogares y se hace más difícil construir vínculos estables y proyectos de vida compartidos", sostuvo Gómez.

A juicio del docente, "la pregunta que es pertinente hacerse ya no es cuántos hijos quieren tener las personas, sino cuántos sienten que realmente pueden tener. Entre el deseo y la decisión existe una distancia que muchas veces está determinada por las condiciones sociales, económicas y comunitarias en las que se construye la vida cotidiana".

"Las familias no necesitan que les digan cómo vivir, necesitan condiciones que les permitan proyectar un futuro. Cuando una sociedad facilita el cuidado, reduce la incertidumbre y fortalece las redes de apoyo, también crea mejores condiciones para que las personas formen vínculos duraderos y desarrollen sus proyectos familiares", aseguró el académico de la UDP

Añadió que "la experiencia internacional muestra que las sociedades que logran sostener mejores condiciones para las familias suelen combinar estos tres elementos: seguridad material, apoyo institucional y una cultura que valore los vínculos, los cuidados y la corresponsabilidad. En ese sentido, creo que la natalidad no se recupera con bonos ni con discursos por separado. Las personas toman decisiones familiares cuando sienten que existen condiciones reales para cuidar, ser cuidadas y proyectar un futuro con cierta confianza. La confianza, más que cualquier incentivo aislado, es probablemente el recurso más escaso y necesario en este debate".