"Entendemos que hay tareas que ningún sector puede resolver por sí solo" y "no podemos seguir reiniciando el país cada cuatro años". Esas son algunas de las consignas que el alcalde de Maipú, Tomás Vodanovic (FA), junto al edil de Providencia, Jaime Bellolio (UDI), realizan en una columna de opinión publicada este domingo en El Mercurio.
En el texto titulado "Chile a treinta años: una invitación desde dos veredas distintas", los dos alcaldes hacen un llamado transversal a "construir acuerdos de Estado para resguardar la democracia", proponiendo pensar agendas comunes de largo plazo, construir políticas que puedan trascender a los gobiernos y abrir espacios de encuentro entre quienes consideran importante resguardar la democracia liberal.
El escrito comienza: "Pertenecemos a coaliciones políticas opuestas y gobernamos comunas muy distintas. Discrepamos en buena parte del debate diario: el rol del Estado, los impuestos, la delincuencia. No escribimos en conjunto para disimular esas diferencias ni para proponer una política sin contrapuntos. Escribimos porque creemos que hay un puñado de tareas que ninguno de nuestros sectores puede resolver por sí solo, y que llevamos demasiado tiempo postergando mientras discutimos la coyuntura de la semana".
"Un proverbio griego dice que una sociedad crece cuando los mayores plantan árboles a cuya sombra saben que no se sentarán. Buena parte de la política hace lo contrario: siembra para la cosecha del próximo titular. Cuando el horizonte es corto, todo se vuelve un juego de suma cero; cuando se alarga, aparecen los incentivos para colaborar. Chile no tiene un problema de convicciones, sino de horizonte", continúan.
Vodanovic y Bellolio añaden que "desde los municipios vemos a diario las consecuencias de un Estado que no logra anticiparse, coordinarse, ni sostener políticas en el tiempo. La experiencia de gobernar nos ha obligado a abandonar la comodidad de la política hecha solo desde la teoría, y entender que las ideas e interpelaciones deben someterse a la exigencia de la realidad, haciéndonos cargo de cómo se implementan, con qué recursos, en qué plazos y midiendo su éxito en los resultados y no solo en su poder de repercusión mediática o en las intenciones que la movilizaron. No podemos seguir reiniciando el país cada cuatro años. Hay transformaciones que requieren décadas de trabajo sostenido, certezas y continuidad".
En la columna, los alcaldes realizan "una invitación abierta, a que como país seamos capaces de generar acuerdos amplios en al menos siete ámbitos de acción conjunta para los próximos 30 años" y presentan siete objetivos "para construir políticas de Estado de largo plazo, que gocen de legitimidad y estabilidad en el tiempo, con objetivos realizables y plazos razonables".
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"Chile a treinta años: una invitación desde dos veredas distintas"
"Pertenecemos a coaliciones políticas opuestas y gobernamos comunas muy distintas. Discrepamos en buena parte del debate diario: el rol del Estado, los impuestos, la delincuencia. No escribimos en conjunto para disimular esas diferencias ni para proponer una política sin contrapuntos. Escribimos porque creemos que hay un puñado de tareas que ninguno de nuestros sectores puede resolver por sí solo, y que llevamos demasiado tiempo postergando mientras discutimos la coyuntura de la semana
Un proverbio griego dice que una sociedad crece cuando los mayores plantan árboles a cuya sombra saben que no se sentarán. Buena parte de la política hace lo contrario: siembra para la cosecha del próximo titular. Cuando el horizonte es corto, todo se vuelve un juego de suma cero; cuando se alarga, aparecen los incentivos para colaborar. Chile no tiene un problema de convicciones, sino de horizonte.
Desde los municipios vemos a diario las consecuencias de un Estado que no logra anticiparse, coordinarse, ni sostener políticas en el tiempo. La experiencia de gobernar nos ha obligado a abandonar la comodidad de la política hecha solo desde la teoría, y entender que las ideas e interpelaciones deben someterse a la exigencia de la realidad, haciéndonos cargo de cómo se implementan, con qué recursos, en qué plazos y midiendo su éxito en los resultados y no solo en su poder de repercusión mediática o en las intenciones que la movilizaron.
No podemos seguir reiniciando el país cada cuatro años. Hay transformaciones que requieren décadas de trabajo sostenido, certezas y continuidad. Gobiernos anteriores han hecho importantes esfuerzos en esta línea, como los planes nacionales de infraestructura y crimen organizado o la estrategia nacional de hidrógeno verde, y eso es sin duda algo que debemos potenciar.
Es por eso que hoy hacemos una invitación abierta, a que como país seamos capaces de generar acuerdos amplios en al menos siete ámbitos de acción conjunta para los próximos 30 años. No son los únicos ni excluyen otros, pero creemos que en ellos tenemos el deber de encontrarnos para construir políticas de Estado de largo plazo, que gocen de legitimidad y estabilidad en el tiempo, con objetivos realizables y plazos razonables:
1) Una reforma al sistema político que devuelva gobernabilidad y estabilidad institucional: Un sistema político excesivamente fragmentado dificulta construir mayorías, alcanzar acuerdos y sostenerlos en el tiempo. Chile necesita una reforma al sistema político que reduzca la fragmentación, fortalezca la responsabilidad de los partidos y permita construir mayorías capaces de gobernar. La estabilidad institucional no es solo un problema de la política: es una condición necesaria para recuperar la confianza, la inversión y el crecimiento, y para volver a pensar el desarrollo del país con una mirada de largo plazo.
2) Una reforma al empleo público y un plan de modernización y fortalecimiento de las capacidades del Estado: Defender el Estado también significa atreverse a transformarlo. Necesitamos un Estado más ágil, eficiente, transparente y descentralizado, capaz de responder mejor a las necesidades de las personas y de ejecutar oportunamente las decisiones que adopta la democracia. Eso exige modernizar el Estatuto Administrativo y el empleo público, premiar el buen desempeño, atraer y retener talento, evaluar las políticas públicas y corregir aquello que no funciona.
También supone avanzar decididamente en descentralización, fortaleciendo las capacidades y atribuciones de los gobiernos locales, que son quienes conocen de primera mano las necesidades de cada territorio. El Estado tiene un rol insustituible en una serie de materias, y para ello se requiere de un Estado más fuerte, que utilice mejor sus recursos, con mayor pertinencia, transparencia y capacidad de generar resultados concretos para la ciudadanía.
3) Un acuerdo nacional por la primera infancia y la vejez: Solemos discutir la primera infancia y la vejez como si fueran agendas ajenas entre sí, cuando son los dos momentos de la vida en que más dependemos de otros. Chile debiera garantizar condiciones adecuadas de nutrición, estimulación, educación, salud, cuidados y protección para todos los niños y niñas entre los 0 y 8 años, con independencia de la comuna o la familia en que les haya tocado nacer; probablemente ninguna inversión rinda más en el largo plazo.
Y debiera hacerse cargo, con la misma seriedad, de un país que envejece rápido y que sigue discutiendo la vejez casi exclusivamente en clave de pensiones y salud. Desde los municipios vemos algo que las estadísticas nacionales todavía no capturan bien: personas mayores que viven solas, que perdieron a su pareja, que fueron reduciendo su mundo hasta que nadie advierte si pasan varios días sin salir. La soledad no deseada no es un tema blando: deteriora la salud física y mental, aumenta el gasto público y es una de las formas más silenciosas de desigualdad.
Envejecer bien no consiste solo en no enfermarse; consiste en seguir teniendo vínculos, sentido y propósito. Eso exige un sistema de cuidados que reconozca y apoye a quienes cuidan —mayoritariamente mujeres—, barrios que permitan envejecer en el propio lugar y una red comunitaria que hoy sostienen, con enorme esfuerzo y sin recursos suficientes, los municipios y las organizaciones locales.
4) Un plan nacional de infraestructura, desarrollo territorial y adaptación climática: Vivienda, transporte, agua, infraestructura urbana, hospitales, escuelas, conectividad y recuperación de espacios públicos requieren una planificación que trascienda los cuatro años de cada administración: una cartera nacional de inversiones priorizadas, técnicamente evaluadas y sostenidas en el tiempo. Y esa planificación ya no puede separarse del clima.
Se puede discutir largamente sobre metas globales de emisiones, pero la adaptación dejó de ser una discusión ideológica: es gestión de riesgo. La sequía, los incendios, las inundaciones y las olas de calor no preguntan a nadie por quién votó, y golpean de manera desigual: en una misma ciudad, la diferencia de temperatura entre un barrio con árboles y uno sin ellos puede ser de varios grados. Necesitamos una política de agua de largo plazo, estándares constructivos acordes al clima que viene, infraestructura verde y una definición clara de quién hace qué cuando ocurre el desastre. Hoy el primero que llega es el municipio, casi siempre sin las atribuciones ni el financiamiento para responder.
5) Una estrategia de crecimiento, productividad y empleo que genere un desarrollo sostenible y reduzca desigualdades: Chile necesita recuperar la capacidad de crecer, y que los beneficios de ese crecimiento lleguen a toda la población. Para eso debemos entregar certezas, acelerar responsablemente la inversión, reducir burocracia innecesaria, promover innovación, fortalecer la formación para el trabajo y facilitar la creación de empleos formales.
Crecimiento y protección social no son objetivos contradictorios. Sin crecimiento es más difícil financiar políticas sociales sostenibles; sin cohesión social ni combate a las desigualdades, no hay desarrollo verdaderamente sostenible.
6) Una política nacional de seguridad y combate al crimen organizado: Probablemente no exista hoy una demanda ciudadana más transversal, y precisamente por eso la seguridad no debiera ser terreno de disputa para obtener ventajas de corto plazo. Necesitamos acuerdos amplios para fortalecer policías, inteligencia, persecución del crimen organizado, control de armas, sistema penitenciario, prevención temprana y recuperación de territorios. Debemos discutir seriamente sobre qué funciona, y no sobre qué consigna representa mejor a cada sector.
7) Un acuerdo sobre tecnología, inteligencia artificial y democracia: Es el desafío que más rápido avanza y del que menos hablamos. Exige un ajuste de la democracia: la desinformación, los contenidos sintéticos y la manipulación algorítmica del debate erosionan la confianza más rápido de lo que cualquier institución alcanza a reconstruirla, y necesitamos reglas comunes sobre campañas, transparencia y uso de inteligencia artificial en el propio Estado. Exige un ajuste del trabajo: habrá tareas que desaparezcan y otras que se transformen, y la única respuesta seria es un sistema de formación continua que hoy no tenemos.
Y exige, sobre todo, un ajuste de las personas: el efecto de las pantallas y las redes sobre la salud mental de niños y adolescentes, la brecha digital que aísla a los mayores, la protección de los datos de todos. Los municipios administramos escuelas, consultorios y programas comunitarios: somos, nos guste o no, el lugar donde estos efectos se ven primero. También podemos ser el lugar donde se prueben primero las respuestas. Estos siete desafíos admiten respuestas distintas según nuestras convicciones, y es legítimo y sano que así sea.
Por eso no proponemos partir por los medios, donde con seguridad discreparemos, sino por lo que sí podemos construir juntos: un diagnóstico compartido y un conjunto acotado de metas comunes. Ponerse de acuerdo en qué problema estamos resolviendo y en cómo sabremos si lo resolvimos es, casi siempre, la condición previa para discutir en serio los caminos. Al revés —empezando por las recetas— llevamos años sin llegar a ninguna parte.
Nada de esto es gratis. Dialogar con verdadera voluntad de llegar a acuerdos exige valentía: salir de la trinchera, renunciar al aplauso fácil que se consigue denostando al adversario y estar dispuestos, en cambio, a buscar su mejor versión. Se trata de no acentuar las diferencias por conveniencia y hacer el esfuerzo por encontrar espacios de encuentro. Resistir un entorno diseñado en contra: un algoritmo que incentiva el conflicto, y que no nos muestra el país como es, sino aquel que solo reafirma nuestras creencias.
A unos les dirá que todo está fantástico y a otros que todo está perdido, y ninguna de las dos imágenes sobrevive a lo que uno ve recorriendo una comuna. No pedimos renunciar a convicción alguna ni firmar un programa común, solo aceptar que el problema existe, e invitar a más actores a remar en la dirección correcta. Hoy la demagogia y los populismos son un problema real, y ningún gobierno lo resolverá en cuatro años si no somos capaces de construir acuerdos que trasciendan a quienes circunstancialmente gobiernan.
Cuando las soluciones funcionan, a los vecinos les importa bastante menos quién era el autor de la idea, que el hecho de que su vida haya mejorado. Quizás esa sea la mejor forma de recuperar la confianza y demostrar que, con diferencias legítimas, todavía somos capaces de plantar árboles a cuya sombra no nos vamos a sentar".