Pintar las fachadas de las casas, encalar los troncos de los árboles y estrenar la "tenida dieciochera" eran parte de los preparativos que, décadas atrás, anunciaban a inicios de septiembre la llegada de las Fiestas Patrias.
Hoy en día estas costumbres parecen lejanas y dan cuenta de cómo ha cambiado la manera en que los chilenos se preparan y celebran Fiestas Patrias, pasando de tradiciones familiares y comunitarias hasta la actual masificación de las fondas y los eventos.
Una de las tradiciones más comunes era preparar las casas para la llegada del "18". Las familias acostumbraban a pintar o arreglar las fachadas de sus viviendas como parte de los preparativos para las celebraciones, lo que reflejaba la importancia que tenía antiguamente la llegada de las Fiestas Patrias.
Algo similar ocurría en los espacios públicos, donde los troncos de los árboles eran pintados de blanco con cal, una imagen que durante décadas fue habitual en calles, plazas y caminos y que hoy prácticamente ha desaparecido de las ciudades.
Otra costumbre que fue perdiendo fuerza es la de comprarse una "tenida dieciochera" o zapatos nuevos especialmente para las Fiestas Patrias. La tradición respondía a que la fecha antes tenía una mayor relevancia social y la ropa nueva se utilizaba durante las celebraciones, reuniones familiares y actividades públicas.
Con el paso de los años, esta tradición fue perdiendo protagonismo a medida que las celebraciones se hicieron más informales y dejaron de concentrarse necesariamente en actividades más comunitarias.
También cambiaron las formas de entretenerse durante el 18 y por ende, los eventos. Un ejemplo son las ramadas que no eran espacios instalados por grandes organizadores, sino que la preparación de estos lugares involucraba directamente a las comunidades. Entre varios reunían las ramas de palmera para levantar o adornar las ramadas y construían los espacios para luego celebrar.
Entre las costumbres más antiguas y curiosas aparece una que hoy resulta particularmente llamativa: comprar zapatos para luego arrojar los antiguos al río Mapocho. Se trata de una práctica asociada a antiguas celebraciones y que, como muchas otras costumbres de la época, terminó desapareciendo de la vida cotidiana.
En conversación con Emol, la historiadora y profesora investigadora de Faro UDD, Constanza Gajardo, mencionó que "antiguamente las Fiestas Patrias no comenzaban el 18 de septiembre, sino varios días antes. Existía una verdadera preparación para la fiesta, tanto dentro de las casas como en los barrios y en los espacios públicos. Pintar una fachada, encalar los árboles, preparar la ropa de los niños o fabricar volantines eran pequeñas acciones que anunciaban que se aproximaba una fecha distinta al resto del año".
A su juicio, "eso también nos habla de una celebración que era mucho más comunitaria y visible en el espacio cotidiano. El barrio cambiaba de aspecto porque las casas se arreglaban, aparecían banderas y adornos. Había una especie de ritual colectivo de entrada a las Fiestas Patrias".
El caso de estrenar ropa o zapatos "es particularmente interesante", afirmó la académica, ya que "debemos recordar que estamos hablando de una sociedad con niveles de consumo muy distintos a los actuales. Para muchas familias comprar zapatos o ropa nueva era un acontecimiento importante, reservado para determinadas ocasiones del año. El 18 tenía entonces una dimensión excepcional: había que presentarse de una manera especial para una fecha especial".
Cambios en la forma de celebrar
Los expertos afirman que la formas de celebrar se han ido transformando junto con la sociedad chilena. Cristóbal García Huidobro, historiador y académico Usach, mencionó que "si bien las tradiciones tienen un ámbito de permanencia, no es raro que también algunas de esas tradiciones cambien o sean sustituidas por otras nuevas. Es parte, en el fondo, de lo que es el ser humano".
Por lo tanto, "si ya no existe por ejemplo la tradición de construir uno mismo los volantines en las casas y ahora predomina comprarlos ya hechos, bueno, eso es parte también de la comodidad que permite cierto grado de prosperidad económica en nuestro país. Lo mismo respecto a otras tradiciones que tienen que ver con el 18, por ejemplo, se dejó de consumir chicha de uva o de manzana, y se prefirió otro tipo de tragos mucho más modernos como el terremoto, que es un trago inventado a mediados de la década de los 80, o en las fondas ya casi no se baila cueca sino que se bailan otro tipo de bailes importados que no tienen mucho que ver con nuestro con nuestro folclore".
Esto, "siempre pensando en las grandes ciudades, porque curiosamente todavía algo de eso queda en regiones", aclaró el académico Usach.
Por su parte, Gajardo explicó que "Chile es hoy un país mucho más urbano que hace 50, 80 o 100 años. Cambiaron nuestras ciudades, las viviendas, las familias, los espacios públicos y también las formas de entretención. Algunas actividades tradicionales estaban asociadas precisamente a una sociedad con mayor contacto con el mundo rural o con espacios comunitarios que hoy tienen una presencia menor en la vida cotidiana".
La académica de la UDD ejemplificó con los juegos típicos, ya que "la rayuela, el trompo, las carreras en saco o el palo ensebado no eran originalmente actividades que aparecieran solamente durante septiembre. Muchas formaban parte de la sociabilidad cotidiana. Cuando desaparecen o disminuyen los espacios donde esas prácticas se realizaban durante el resto del año, terminan sobreviviendo principalmente como una representación de 'lo típico' durante las Fiestas Patrias".
Sumó que también cambió la forma en que entendemos el tiempo libre, porque "hoy las personas tienen una oferta muchísimo mayor de entretención y además existe una industria importante asociada al 18: fondas masivas, espectáculos musicales, viajes, turismo, gastronomía y reuniones sociales. La celebración se ha desplazado, en parte, desde prácticas comunitarias relativamente pequeñas hacia formas de entretención más amplias y comercializadas".
¿Pérdida de identidad?
Para Gajardo, esta pérdida de costumbres no corresponde a una pérdida de identidad chilena, ya que estas "no son piezas de museo; cambian con las sociedades que las producen. Algunas tradiciones desaparecen, otras se transforman y otras adquieren nuevos significados. Cambia la práctica concreta, pero permanece algo fundamental: la idea de que septiembre constituye un momento especial de encuentro y celebración colectiva".
Añadió que "hablar de una identidad chilena supone reconocer su diversidad territorial. Las celebraciones del norte, del centro y del sur nunca han sido exactamente iguales. Existen comidas, músicas, bailes y costumbres locales distintas. Lo interesante es que, pese a esa diversidad, septiembre genera un lenguaje común. Podemos celebrar de maneras diferentes, pero existe una conciencia compartida de que estamos celebrando algo que nos pertenece colectivamente".