Una aventura con sus riesgos

El azar rige estos encuentros: pueden ser una experiencia gratificante o desastrosa. Lo mejor es enfrentarlas con bajas expectativas.

17 de Junio de 2005 | 12:24 |
Antonia (33) estaba todavía en la universidad cuando aceptó acompañar a un matrimonio al hermano soltero de la mejor amiga de su hermana (mayor que ella), sin preguntar edad ni detalles acerca de su compañero.

El día del matrimonio, y mientras se vestía, vio por la ventana de su pieza que un hombre de terno y zapatos blancos con detalles rosados en la corbata, el cinturón y los calcetines entraba en su casa.

"Era mucho mayor que yo, que tengo cara de guagua, muy alto, y con un pelo rubio como de pajecito", recuerda. Apenas soportó la vergüenza de estar con ese señor de punta en blanco, así que en la fiesta no bailaron, casi no conversaron y aduciendo cansancio se fueron temprano. Nunca más se vieron.

Baile obligado y adiós

La experiencia de Paula (abogada, 33 años) no fue mejor. Como no le molestan las citas a ciegas aceptó la oferta de un amigo de presentarle un acompañante para ir a un matrimonio. Hablaron por teléfono y quedaron de confirmar el mismo día del evento. Él llamó recién a las seis de la tarde, apurado porque iba saliendo, y llegó atrasado y molesto a buscarla porque se había perdido.

Camino a la iglesia la situación empeoró. "Yo soy lo menos feminista que hay, pero me cargó un comentario que hizo sobre una amiga común". Ahí hubo un intercambio de palabras pesado. El resto de la jornada casi no se hablaron. Conversaron con sus respectivos amigos, bailaron obligados y adiós.

A primera vista
Carolina estaba en cuarto año de periodismo cuando el padrastro de una niña que cuidaba como babysitter le habló de Óscar.

"Me dijo que era muy amigo de su hijo mayor, que era el tipo más galán del planeta y que me iba a encantar". Esto ocurrió en diciembre de 1997, pero recién en marzo del '98 Oscar la llamó.

La verdad es que no se equivocó, porque desde la primera vez que hablamos por teléfono le gustó y pareció súper interesante. Luego, cuando lo conoció, quedó encantada, cuenta. La primera salida fue un miércoles al cine El Biógrafo. Carolina no recuerda la película que vieron, porque lo único que hizo fue fijarse en sus manos, gestos y en intercambiar miradas. Una ida a bailar el sábado, de compras el domingo y a jugar bowling el lunes bastaron para iniciar el pololeo. Y una semana antes de cumplir los dos años se casaron.

Hoy, con cuatro años de matrimonio, ya tienen un hijo. "En mi caso la cita a ciegas resultó todo un éxito y sí, por supuesto que las recomiendo; uno no tiene nada que perder y simplemente si te aburres no vuelves a salir con esa persona", señala.


Así son las citas a ciegas. Impredecibles. Pueden ser tan exitosas como la de Carolina y Oscar, quienes llevan cuatro años de matrimonio (ver recuadro) o como las de Antonia y Paula.

"A estos encuentros es mejor ir con las expectativas bajas", dice Perla Sanhueza, psicóloga y terapeuta matrimonial. "Hay que empezar por asumir que si aceptas salir, aceptaste todo. Y lo primero es tener claro que si salgo con alguien a quien no conozco puede resultar un desastre o bien puede ser un éxito".

Las expectativas con que cada persona llega a una cita a ciegas dependen de la edad, el sexo y también de la forma como ésta se gestó.

En la adolescencia, este tipo de encuentros son bastante comunes y de total normalidad. A esa edad se puede conocer a cualquier persona en la calle y le das tu teléfono. No hay conciencia respecto de lo que es seguro o no, ni grandes expectativas.

En la etapa de la adultez joven la ilusión que crea un encuentro de este tipo puede ser mayor, sobre todo si se trata de una persona que siente que necesita encontrar pareja. Sin embargo, se mantiene aún una sensación de relajo.

Esta perspectiva cambia bastante cuando se superó la etapa de los 35 años. Muchos cargan con relaciones fracasadas o con no haber tenido ninguna experiencia sentimental significativa. Y se encuentran con que todos sus amigos ya están emparejados. La sensación de soledad hace que algunas personas comiencen a tener expectativas mucho más altas y desesperadas, y anhelan tener una pareja por una necesidad personal y también social.

A esto se agrega que hombres y mujeres también se enfrentan de manera distinta a estos encuentros. Mientras ellos son más prácticos y sólo van con la expectativa de conocer a una mujer, ellas tienen más ilusiones de que la cita sea exitosa y de terminar emparejadas.

A través de la red

Hay personas que en su deseo de encontrar compañía recurren a los chat de internet. Seleccionan la persona que les interesa, establecen un contacto diario con ella y comienzan a intercambiar detalles de su vida y a crear una especie de pololeo virtual.

"La mayoría de estos encuentros cara a cara son decepcionantes", dice Perla Sanhueza. Puede que ni siquiera se concreten, porque uno de ellos no llega, o que la persona diste mucho de la imagen que el otro se formó. Entonces, reinician la búsqueda. En la historia de estas personas puedes encontrar diez citas a ciegas en el transcurso de un año. Todas revisten el mismo esquema y pueden ser patológicas.

El riesgo en este tipo de citas es que el chat soporta cualquier mentira y que no existen datos fidedignos acerca de quién es el otro.

Distinto es el caso de aquellos encuentros organizados por amigos, porque existe una referencia acerca de la persona. Quizás en este caso el ojo hay que ponerlo en otro aspecto: la descripción que ese amigo o pariente haga del otro no necesariamente va a coincidir con lo que uno encontrará finalmente.

"Es posible que lo describan como alguien 'buena onda'. Pero tú te imaginas a alguien así de acuerdo con tus parámetros, que pueden no coincidir con los de la persona que está haciendo el nexo". Por último, advierte Perla Sanhueza, es posible que efectivamente uno se encuentre con alguien que responde a lo que esperaba y le guste. Pero hay que tomar en cuenta que el otro también se hizo una imagen mental y puede que uno no se ajuste a ésta. Y que la cita llegue hasta ahí no más...
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