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Las pastillitas de la felicidad

Esta columna fue construida por Puntomujer a partir de la entrevista que se le hizo al psicólogo para Vicio privado. Su mirada nos pareció que merecía un espacio destacado.

01 de Junio de 2005 | 10:07 |
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Un traficante tiene muy pocas posibilidades de entrar en la vida de alguien que está feliz, compensado, integrado, con metas, con aspiraciones, con opciones, ilusiones y razones por las cuales vivir. La vida es emocionante. Independiente del tipo de droga, entrar al mundo de este tipo de gente, es negocio perdido.

En cambio, si yo encuentro gente frustrada, carente, triste, ésos son mis clientes. Yo vendo mis clientes a la droga, no le vendo droga a cualquier cliente. Son determinados tipos de personas los que son más susceptibles.

Sin duda alguna el período de la adolescencia y la preadolescencia es de vulnerabilidad diversa en la vida, porque uno está explorando, sale de un contexto familiar de protección, de determinadas normas y valores y prueba, experimenta, vuelve, prueba los límites, hasta dónde, de qué forma. Si nos salimos del ámbito de la pobreza, la vulnerabilidad no sólo está ubicada en ese contexto, sino también en el de abundancia de recursos, donde la fragilidad viene por otros lados, de carencias existenciales importantes.

Nos ha tocado ver vidas absolutamente destruidas -tanto o más que de la de los niños de la calle y la miseria-, producto de venir de hogares con padres excesivamente narcisistas, centrados en sí mismos, en el autoplacer, en la belleza personal, que sienten que su pega está realizada en la medida que ponen una cantidad importante de recursos en manos de sus hijos, de repente bastante ilimitada –los papás Redbank- y no se dan cuenta que los sumen en situaciones de abandono terribles.

La reflexión de la sociedad tiene que ver con eso, con la desvinculación y la ausencia. Además prevalece en nuestra sociedad una ética proquímica, hay una invitación, evidente, a resolver los más diversos problemas, a través del uso indiscriminado de la química, hay un arsenal ilimitado farmacéutico que nos invita a pasar por la vida sin doler, sin sufrir. Hay una suerte de fobia a las disforias (lo contrario de las euforias): la pena, la angustia, la soledad, el aburrimiento, tedio. El tema es una ética no dolora.

No nos preguntamos qué es lo que causa la disforia, sino la bloqueamos con químicos. Las carencia que tenemos en nuestra vida afectiva o profesional nos están pasando la cuenta, el organismo se encarga de avisarnos que no estamos bien, que estás sola, que tienes una relación de pareja de apariencias, una relación sexual frustrada. Pero la invitación no es a que el dolor invite a la reflexión; que ese sea el sentido, cuestionarte y rehacer tu vida, no sin dolor, porque es utópico. Los peligros son llorar harto, evidenciar los problemas, que es complejo; taparlos con un aliado terapéutico es bastante más fácil, es anestesiar los sentimientos.

Las pastillitas de la felicidad sólo nos anestesian y no nos permiten cuestionarnos y resolver. Hay una invitación a usar la química en forma indiscriminada como elemento compensatorio en una sociedad que tiene pésimos indicadores de salud mental, donde los temas de violencia no sólo tienen que ver con la delincuencia, si no también con las intolerancias, el trato cotidiano, los climas emocionales y afectivos al interior de los trabajos, de cómo manejamos, de cómo nos tratamos. Hemos construido una sociedad en que las condiciones están dadas para que la gente tenga problemas psicológicos.

Pero las soluciones farmacológicas te permiten compensar; eso mismo sucede con los “venenos”: la marihuana, la cocaína, los ilícitos, las sustancias malditas. Con esas sí que somos absolutamente intolerantes y ejercemos todo el rigor de la ley. No queremos personas presas en la droga, pero es una hipocresía tremenda, porque los niveles de psicofármacos son altísimos, sin que haya un cuadro clínico que amerite la administración, transitoria de un determinado fármaco, que puede ser muy bueno.

Esta sociedad no permite enfrentar los problemas sicológicos, porque ¡qué lata encontrarse con gente triste y cajoneada! y eso te lleva a la respuesta química.

Si en Chile tenemos problemas desde la perspectiva de la salud física, sin duda alguna que la salud mental es el hermano pobre de todos estos temas y no hay mucha alternativa y, cuando la hay, es fuertemente farmacológica, porque es rápida y eficiente, pero una mala solución.

Los seres humanos debemos aprender, desde chicos, que hay ciertas experiencias que vale la pena vivírselas y que no todo se traduce en psicoterapia y en ir al especialista. Hay momentos en que llegó la hora de tomarse de las manos, llorar y evidenciar un tema.
Si estoy triste, si estoy frustrada, siento que no puedo seguir durmiendo contigo y haciendo como que todo está bien, porque algo pasa en nuestro matrimonio, las cosas no están bien… alternativas distintas hay, pero debemos buscarlas, el sólo hecho de evidenciar y conversar, es parte importante de la solución.

El país tendrá que ponerse las pilas y diversificar las alternativas de aporte y apoyo en salud mental para los distintos problemas que están pendientes.
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