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Fisiología del entrenamiento

La práctica deportiva es un paradigma maravilloso de este campo de la medicina, que puede ayudar a perfeccionar la preparación de un atleta.

27 de Noviembre de 2007 | 10:32 |
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La medicina deportiva es un pilar en la evolución de un atleta en el alto rendimiento, porque el entrenamiento en el deporte, y más allá de sus esferas, es un arte-ciencia, donde el conocimiento y el esfuerzo se resumen en cinco principios.

El primero es el de adaptación, porque el entrenamiento induce cambios sutiles en el cuerpo que se adapta a las nuevas exigencias y demandas. El segundo es el de especificidad, es decir, uno se adapta a lo que entrena.

Luego viene el principio de progresión, que implica aumentos paulatinos de la intensidad, duración y frecuencia del entrenamiento, junto a una variación de su forma, para evitar el aburrimiento, el agotamiento y las lesiones. Por último, tenemos que considerar que cada individuo es único e irrepetible y, por lo tanto, más allá de las generalidades, el entrenamiento tiene una respuesta individual.

Gran parte de las adaptaciones que produce el entrenamiento se revierten cuando éste cesa, sin embargo, la puesta a punto luego de un período de inercia resulta más fácil en un antiguo deportista que en un sedentario empedernido.

Porque este proceso se basa en una adaptación para almacenar y usar energía que se traduzca en contracciones musculares, un proceso mediado a nivel celular, entre otras, por enzimas, catalizadores proteicos codificados en nuestro ADN, que se inducen por el estímulo del entrenamiento, y cuya ulterior inducción en caso de detenerse la práctica, queda facilitada. Dicho de otro modo, la ruta energética queda abierta con el entrenamiento, un fenómeno que conocemos como memoria biológica.

Más allá de las células, a nivel de sistemas, esta eficiencia energética involucra importantes adaptaciones a nivel nervioso, respiratorio, hormonal y cardiovascular, y más o menos sutilmente, en todo nuestro ser.

Para que nuestros músculos ejecuten un gesto deben ser provistos por el sistema nervioso del estímulo preciso, producto de una percepción y elaboración de información. Esta es la esfera neuro-mental. Luego, para la decodificación de esta información en movimientos, los músculos deben ser provistos de energía.

Para esto nuestra biología necesita reacciones químicas celulares que requieren fundamentalmente ATP, una molécula con tres átomos de fósforo, que se utiliza en todo el organismo, nuestra moneda de cambio, y que en los músculos, precisamente en las fibrocélulas musculares, se consume cuando los filamentos de proteína actina y miosina se desplazan entre ellos: es la base de la contracción muscular. Tal consumo hace que el ATP se convierta en ADP.

Toda nuestra adaptación energética ya sea aeróbica, con oxígeno, o anaeróbica, sin oxígeno, apunta a regenerar el ADP en ATP. Para esto las reacciones químicas intracelulares consumen azúcares, grasas, e incluso proteínas. Sin duda, la producción más eficiente de ATP ocurre cuando estos nutrientes se "queman" con oxígeno. Una molécula de glucosa produce 2 ATP sin oxígeno, y 36 más con oxígeno.

Por eso los mecanismos de transporte de oxígeno entre la atmósfera y las células musculares, el sistema respiratorio y el cardiocirculatorio, se desarrollan mucho en deportistas, y son la base y el efecto de un entrenamiento.
Este es el campo de la fisiología del ejercicio, que explica y mide los macrocambios del entrenamiento, y permite ver su efecto en el tiempo.




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