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“Hoy las casas son un lujo en extinción”

Anti éxito, pro derrota, y con una historia de amor única, este arquitecto que analiza el caos de Santiago y se ríe de sus formas y símbolos en el programa “City Tour”, pronostica que la casa podría desaparecer como lo hicieron en su momento los castillos y palacios. Pero no hay que lamentarse tanto; hoy, como dice, nuestro hogar es el planeta entero.

23 de Septiembre de 2009 | 08:40 |
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“La gente no sabe cómo tratarme; no sabe si estoy loco y soy una especie de amante del futuro o si estoy loco soy una suerte de amante del pasado”. En ambos casos, la locura se mantiene firme en la apreciación que Federico Sánchez cree que el resto tiene de él.

A este arquitecto y diseñador -y además director de la Escuela de Diseño de la Universidad Diego Portales-, le cargan los estilos neo-neo, ya sea chilensis o clásico, y bien lo hace notar cada vez que sale con Marcelo Comparini y su cámara a grabar los símbolos y arquitectura que le dan forma a Santiago, en su programa “City Tour” (Canal 13 Cable).

“Yo le dije a Comparini: ‘Bajo ninguna circunstancia me voy a poner a programar tonteras. Esto es una experiencia urbana y como tal, tiene que ser genuina. ¿Cómo sale uno a la ciudad? Así, se echa. Vamos en búsqueda de lo que la ciudad nos quiera decir”, cuenta desde su despacho universitario, uno que reúne parte de sus cerca de 600 autos a escala, que se mezclan con todas las gamas de colores que poseen las figuritas e imágenes en las paredes que decoran el lugar.

Con su bastón y su look clásico impecable, junto a sus largas canas que luce orgulloso a los 44 años, Federico parece un ser atemporal, hasta algo onírico, que pasea por la capital admirando y espantándose también de algunas construcciones. Su famoso dilema, las casas georgian, las describe como una especie de hogar disfrazado de antigüedad, que no reflejan en nada el tiempo actual, la cultura y menos la tecnología con la que hoy se cuenta.

“¿Cómo te aproximas a los mayas? A través de lo que ellos dejaron: objetos y arquitectura, signos. Lo mismo pasa con los griegos. O sea, este sistema de signos es lo que nos permite tener una perspectiva de quiénes fuimos y por lo tanto, hacia dónde vamos, es bien alucinante. Este cenicero, esta taza, este lápiz son mucho más importantes de lo que uno piensa, porque, de alguna manera, son o somos nosotros mismos”.

-A ver, si hay un cataclismo y lo único que queda en el territorio chileno es el edificio Diego Portales y un indio pícaro. ¿Crees que nos representaría como sociedad?
“¡Guau, qué extraordinario sería! (ríe). Elegiste dos objetos que para mí son súper relevantes. Primero, el edificio Diego Portales, la ex UNCTAD (Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo), independiente de que tiene muchos problemas de escala y de relación con la Alameda, es muy importante porque representa por excelencia un momento histórico, no sólo en Chile, sino que de todo el mundo. Fue concebido muy distinto a como lo conocemos; estaba hecho de una manera en que podíamos traspasar el edificio para tener acceso a las plazas del barrio Lastarria, y eso era un gran aporte a la vida urbana. Pero después se cerró todo y lo enrejaron, haciendo absolutamente agresivo el edificio. Ahora, como no hay mal que por bien no venga, se quemó y se hizo un concurso de arquitectura que ganó un excelente arquitecto, Cristián Fernández Eyzaguirre, que hizo un proyecto que, entre otras cosas, le va a devolver esa condición permeable al edificio”.

-¿Y qué pasa con el indio pícaro?
“El indio pícaro responde a toda una cosa de orden vernacular, totalmente distinto a la visión culta del Diego Portales. Esto es parte de lo que surge de esa cultura sin autor y responde a algo de la iconografía patrimonial del humor y la picardía de esta sociedad chilena. Lo encuentro súper valorable y además tiene el ingenio de aplicar un mecanismo que no deja de ser interesante. Estamos hablando de una especie de tecno-indio. Si sólo quedara el edificio y el indio pícaro, la gente se podría hacer una idea de quiénes somos, porque en parte somos eso: una mezcla entre toda la tradición popular, vernacular, muy arraigada y, por otro lado, somos súper arriesgados, raros, extremos. Eso es lo mejor que tenemos. Yo soy fanático de este país, eso es lo que pasa”.

No sólo es hincha del país. Federico es fan de todo lo que toca; su gran pasión siempre será el diseño y su amor, la arquitectura. Por eso dice que “esto no es chacota, no es como un fashion emergency y decir ‘uy, hagamos casas, hagamos edificios choros’. No, es súper profundo”. Tanto así, que no duda en afirmar que esta disciplina de sus amores existe casi en el mismo momento en el hombre es lo que es, “porque necesita de esta herramienta para instalarse en el mundo”. La razón es explicada muy a su manera, buscando la raíz del asunto, el trasfondo en las mismas palabras.

“¿Para qué queremos una casa? Para protegernos, que viene de ‘protectum’, ‘tectum’, el techo, estar bajo techo, ¡qué heavy! Entonces, la arquitectura es de alguna manera un dispositivo indispensable para que el hombre se instale en el mundo, porque él necesita separarse de los peligros de la naturaleza y hacerse de un lugar lo suficientemente seguro como para instalarse a pensar y a ser, en el buen sentido de la palabra”.

-¿Pero hoy cumple ese objetivo tan fundamental, si parece que sólo la ocupamos de dormitorio?
“Es que ese es el punto. Hemos llegado a un momento en que es indispensable repensar cuál es el rol de la casa. Uno sale a las 6 de la mañana y vuelve, si no se tiene hijos, justito para quedarse dormido y salir a trabajar al otro día de nuevo. Por lo tanto, la casa no es más que una cama. Uno podría terminar arrendando un nicho donde ir a dormir y salir al otro día en la mañana. Pero hay una cosa que es muy compleja en este ‘protectum’ original que asumió la arquitectura como rol y desafío, porque hoy hemos llegado a un nivel de desarrollo y de dominio del medio tal, que nuestra casa es el mundo entero. ¿Cachái qué volado? Antes, el medio era uno complejo, agreste y por lo tanto se necesitaba la casa para cobijar. Ahora no es adverso, ahí está la calle esperándote. Ese es el fenómeno de la globalización. Ya no necesitamos una casa, tenemos una del porte de un planeta”.

-¿Vamos a terminar como en Europa, con departamentos de dos por dos, donde apenas quepa la cama?
“Es una de las posibilidades, por supuesto. Afortunadamente -y esa es la parte bonita del subdesarrollo- nosotros no hemos llegado a ese nivel y nos falta mucho para eso. Lo que pasa es que las hoy las casas son un lujo en extinción. Así como fueron los castillos, los palacios. Vamos a llegar a un nivel de dominio del medio en el que, tal vez, ya no necesitamos casas. Y ojo, hay una cosa maravillosa de esa palabra, el dominio, ‘domus’, es casa. El dominio y el domesticar es hacer algo casero y el mundo ya lo dominamos, lo domesticamos al punto que lo trasformamos en nuestra casa. Es muy bonito eso”.

-Pero tú te hiciste tu oficina de diseño en tu propia casa, prácticamente trabajas ahí.
“Sí, pero siento que soy parte de un porcentaje de chilenos súper privilegiados, eso lo tengo claro. Ojalá que todos lo pudieran hacer, pero hay gente que tiene que ir a trabajar, ese es un tema. ¿Por qué uno debería vivir cerca de donde trabaja? No es sólo para llegar más temprano a la casa. Es que se necesita tiempo libre, tiempo de ocio, tiempo para re-crearse. Mira, qué choro; re-crear es volver a hacer y re-crearse es volver a hacerse, y para el hombre es indispensable la recreación, el estar continuamente haciéndose y rehaciéndose. El hombre es un bicho muy raro que requiere de un proceso del que el resto de los animales está liberado, que es el de autoconstrucción”.

-Se hace un poco complicado cuando la ciudad crece y crece y los tiempos de desplazamiento se agigantan como ocurre hoy en día.
“Es grave que las ciudades crezcan tanto, porque al maximizar los tiempos de desplazamiento terminas por obtener una sociedad que, en términos generales, es menos culta, porque tiene menos tiempo para dedicarse a ser quien quiere ser. Todo el tiempo que la señora María tiene que consumir para ir desde su casa a su trabajo y luego de vuelta a su casa, antes lo destinaba a lo que ella quería; si quería estar con sus hijos lo hacía, si quería ir a ver a una amiga y tomar té con ella, lo hacía, si quería salir a trotar, ver una película, ir a la junta de vecinos y debatir el futuro de su comunidad, lo hacía y ahora no puede”.

-Y puede que esté toda empastillada por el estrés.
“Claro, tendrá que tomarse un par de aditivos para poder bancarse la realidad. Eso es clave. Creo que una de las cosas que el hombre tiene que ir de a poco asumiendo es que lo que necesita es tiempo”.

-Pero, ¿qué hay del viejo lamento de “si el día tuviera 25 horas”?
“Es que el chileno quiere 25 horas porque quiere trabajar más. Es trabajólico, poco consciente del valor de la cultura.
“Lo trabajólico es la expresión más directa de una sociedad, entre comillas, de consumo en la que vivimos. Al final del día, todos quieren ganar más plata, porque ahí pareciera que está puesto el centro del problema. Todos andan detrás del éxito y de la plata, y pareciera que son casi sinónimos. Pero éxito viene de ‘exire’. En los teatros, ‘exit’ es la salida, una estrategia que en momentos de emergencia te pone fuera de la sala”.

-¿Y el éxito?
“Una estrategia para ponerte fuera de ti mismo. El éxito personal descentra, te enajena, te saca de ti mismo”.

-¿No hay que buscarlo?
“¡No!, por ningún motivo”.

-¿Hay que buscar el fracaso?
“¡Exacto! La derrota, porque ella es la que enseña, la que hace invencible. El éxito no, cuando estás excitado, estás fuera de control”.

Más o menos siguiendo su filosofía de vida, Federico Sánchez se mandó a pedir del extranjero un automóvil Smart, que flamea como una bandera entre las calles santiaguinas, mostrando su declaración de principios.

“Es el anti-autazo que el gallo choro quiere para ir rápido, aplastar a los otros y que las mujeres lo miren. Anda despacito, es enanito y súper vulnerable, pero produce un efecto maravilloso; le alegras el día a la gente. Los del Transantiago paran para dejarme pasar, les baja como un impulso maternal. ¡Ay, qué lindo el auto!, dicen y te saludan como si estuvieras haciéndoles un favor, es la raja. Además, a mí me gusta creer que uno puede hacer un aporte al medioambiente, a la descongestión urbana, y esta es una manera de decir que sí se puede ir en auto sin andar atropellando gente, sin malgastar la bencina y sin contaminar”.

-¿Por qué te gustan tanto los autos?
“Para mí son la máxima expresión de un tiempo. Son una máquina compleja donde el diseño es fundamental. Son una extensión del cuerpo, una suerte de prótesis que permite tener poderes casi mágicos, porque te lleva a lugares donde antes necesitabas dos días para llegar. En el auto tengo un espacio íntimo, casi reflexivo. Tal vez, el mejor momento del día para escuchar música. A veces me pone contento que me toque un taco”.

-Parece que no te haces problemas por nada
“Tiendo a tratar de tomarme las cosas en buena onda. He tenido suficientes lecciones en mi vida como para intentar ejercer la humildad. Quedé cojo a los 18 ó 19 años, ya no sé… Cuando todo el mundo andaba taquillando, y me lo tuve que tomar con andina no más. Hace tres años anduve en silla de ruedas un año, por un accidente que tuve en moto. La gente no podía creer que me lo tomara tan bien, pero si me rebelo contra esto, ¿qué hago? Es como lo que hablábamos de la derrota; yo estoy instalado en ella y acepto que soy cojo, tanto así, que la gente cree que uso bastón por estilo, pero es porque lo tengo asumido, no me opongo. Si quisiera ser otro que no soy, alguien deportivo, joven, alto, rubio, sería un amargado. Prefiero ser cojo, chico, con cara de almeja y lo paso bien. Eso es lo mismo para la arquitectura y el diseño. Creo que el mayor pecado es cuando pretenden ser algo que no son”.

-¿Como pasa con las casas georgian?
“Como pasa con las casas georgian, o las casas neochilenas o las neo-neoclásicas, lo que yo llamo ‘los pasteles de merengue con lúcuma’. En el fondo están tratando de ser algo que no es y es evidente. Si yo tratara de ser ágil y deportivo, sería vergonzoso, porque soy cojo. Si trato de hacer una casa gerogian en un tiempo que no me corresponde, es lo mismo”.

-Tiene algo de zen todo esto.
“De hecho, eso es. La maravilla de los orientales es que enseñan a instalarte en la vida desde la derrota y aceptarla con humildad. Eso te hace invencible y es lo paradójico”.

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