“Las mujeres en armas son desafiantes, pero no necesariamente rupturistas”

Esta periodista se introduce en el mundo de las mujeres en las FF.AA. y grupos subversivos para develar la perspectiva de género presente: en los grupos terroristas ellas tuvieron mando y en los cuerpos armados, hasta el día de hoy no puede usar uniforme estando embarazadas.

10 de Diciembre de 2009 | 09:48 |
“Me asusta un poco, porque te vas a convertir en hombre”, fueron las palabras de la madre de Wanda Santoni cuando ésta le comunicó que ingresaba a la Escuela Femenina Militar, hace ya varias décadas.

La participación de las mujeres en instituciones armadas, regulares, como las Fuerzas Armadas, o irregulares, como los grupos subversivos, son un desafío para el tema de género y eso fue lo que quiso desentrañar la periodista Cherie Zalaquett con su libro “Chilenas en armas”.

El tema no es menor cuando los ejemplos de vida nos dicen que a la primeras mujeres con mando, los hombres de grado inferior no contestaban las órdenes, o que una terrorista altamente buscada, efectuaba sus acciones –asaltar bancos- con cinco meses de embarazo.

Lo anterior obliga a una serie de cuestionamientos sobre roles, discriminación, igualdad y derechos que hoy, muchas décadas después que Wanda Santoni ingresara al Ejército, siguen vigente.

De ahí que Cherie Zalaquett aborde el tema directamente al presentar su libro –por lo demás, muy entretenido-. “¿Por qué una mujer desobedece el mandato oscuro que le ordena que no puede derramar la sangre, sólo aceptar que se le derrame?”, es la pregunta.

“Lo que es valorizado en el hombre es que puede hacer correr su sangre, arriesgar su vida, tomar la de otros, por decisión de su libre arbitrio; la mujer ve correr su sangre y da la vida (y a veces muere al darla), sin necesariamente quererlo ni poder impedirlo” es el fundamento de la anterior que hoy, muchas, desoyen.

En las páginas de este trabajo de investigación, que implicó una cincuentena de entrevistas, corre la vida de la primera piloto de guerra María José Casasempere, y de las míticas Cecilia Magni y Marcela Rodríguez, la segunda mujer metralleta, así como sus motivaciones, sueños y epílogos.

-Es curioso escribir un libro que aborda temas que generalmente no se vinculan, mujer y violencia. ¿Qué te llevó a hacerlo?
“Es el género, la perspectiva de género es lo que permite hacer ese cruce, porque cuando se estudia la teoría de género como algo que señala que, finalmente, las relaciones de género son relaciones de poder, entonces, ahí se comprende que en el fondo esto se trata de una disputa por el poder. Y esa disputa atraviesa todas las instituciones, tanto como las del Estado, como no”.

-Sociológicamente se da por hecho que la mujer no se involucra en el mundo de derramamiento de la sangre y permea la construcción de la sociedad ¿Eso se quebró?
“Lo que se quiebra es una especie de mandato cultural. La antropóloga francesa Francois Heritiere estudia el mito de la sangre, respecto de la mujer la derrama cuando da a la luz un hijo, vida, y por lo tanto, no se la quitan a los demás. Eso instaló un mandato cultural que permaneció durante siglos y siglos, aún cuando las mujeres igual se colaban en las instituciones armadas, porque esto no es nuevo. Aunque no hay evidencia histórica de la existencia de la amazonas, si se sabe de mujeres que han participado en guerras como en la Revolución Francesa o en la Guerra del Pacífico”.

-Pero irían de cantineras, no primeras en la línea...
“Sí, estaban invisibilizadas. Se les permitía estar ahí, en roles que se suponían femeninos”.

-¿Con una revolución en los 60, obviamente las mujeres asumen la primera línea y por ende, toman las armas?
“A mediados de los 60 claramente sí, porque ya había mujeres en todos los grupos armados de Latinoamérica. La lucha armada empieza en 1967, o mejor dicho, su proliferación es tras la reunión conocida como la Tricontinental a la cual asiste el MIR y se da una decisión respecto de ello y obviamente involucra a hombres y mujeres.
“Ahora, qué habían diferencias, claro”.

-Hablas de hombres y mujeres, pero el motor era ideológico. Las mujeres que se incorporan a la lucha armada irregular, en este caso, no son convocadas por un discurso feminista.
“No, lo hacen por una causa de justicia social, ellas luchan por un orden que consideran injusto. Evidentemente no lo hacen por una demanda de género”.

-¿Y qué pasa con el feminismo en estos grupos subversivos, existe?
“Como tal no, pero sí hubo demandas de género. Por ejemplo, en el MIR, la Lumi Videla -que fue víctima de violaciones a los derechos humanos y asesinada-, en una reunión con Miguel Enríquez le planteó de que, siendo el MIR uno de los partidos más jóvenes y con más mujeres, por qué ellas no podían ser miembro de la comisión política. Ella era estudiante de Filosofía en el Pedagógico y su pregunta tiene claramente la marca de género”.

-En esos grupos armados irregulares, ¿la mujer también estaba en la retaguardia, las mujeres cargaban las armas?
“En el gobierno de Allende MIR hacía incursiones, asaltos –que ellos llamaban recuperaciones financieras- pero no estaban en contexto de lucha armada. Este contexto se instala post golpe cuando se pasa a la clandestinidad, pero su actuación era casi nula, fueron diezmados por la DINA, por lo que la lucha armada se ve del 80 en adelante, cuando se les llama a reorganizarse.
“Las armas las cargaban mayoritariamente los hombres, pero lo que pasa es que el MIR aplicaba una concepción muy propia de las organizaciones de esos años que era la militancia en pareja. Generalmente, militaban los dos, eran compañeros, y los dos participaban en el partido, entonces evidentemente las mujeres estaban muy presentes”.

-¿La discriminación no era ‘objetiva’ en estos grupos, entonces, no estaba escrita?
“Cuando una mujer entra a una organización militar regular o irregular, tiene demandas que son específicas del género femenino y que, generalmente, no son reconocidas en esa especificidad por las instituciones que la acogen. Eso pasaba al interior del MIR, siendo un partido de izquierda, revolucionario, el más joven, con más mujeres, reproducía dentro de la organización las mismas estructuras patriarcales que reproducía la sociedad en general”.

-¿Los cuerpos regulares perpetúan por más tiempo esa discriminación, quizás más marcados por la tradición?
“No, no lo diría así, aunque efectivamente hay una resistencia. El libro trata de relevar los esfuerzos que realizaron cada una de las generaciones de mujeres que entraron en estos cuerpos armados por lograr un reconocimiento de la institución. Es cierto que el Ejército tiene desde 1974 mujeres, pero en nivel administrativo o enfermeras. La Escuela Femenina Militar se abrió porque el Ejército estaba tan demandado con las nuevas tareas políticas y de gobierno, que necesitaban mano de obra que reemplazara el contingente de hombres.
“Ellas, entrando a una organización cuya función principal es ir a la guerra, no tienen ningún derecho, no están para eso. Las mujeres relatan en el libro como tuvieron que vencer unas resistencias enormes de parte de los hombres: las miraban en menos, las criticaban porque no tenían voz de mando, se resistían a decirle ‘mi mayor’ si ellas tenían un grado superior. Ellas tuvieron que enfrentarse a muchas cosas no escritas; por ejemplo no podían ascender, llegar a la Academia de Guerra”.

-¿A estas instituciones regulares, les costó mucho más hacer el cambio, más que a los subversivos? ¿Por qué?
“Sí, mucho más, porque las FF.AA. en general, lo que hacen es reflejar un poco las sociedades en las que ellas viven y la sociedad chilena, bastante conservadora, en términos generales, no quería aceptar mucho esto. De hecho, la Armada, la más conservadora, se resistió hasta hace 2 años y tampoco se les permite estar en todas las especialidades, ellas no pueden ser buzos tácticos, infantes de marina ni submarinistas”.

-¿Puede explicarse en que los grupos subversivos son más rupturistas?
“Sí, son más trasgresores y las aceptan más. Pero también es cierto que se reproduce al interior de ello lo que pasaba en las FF.AA. De hecho, hay estudios que dan cuenta de la guerrilla del Che Guevara en donde él aplicó una política bastante darwinista donde los combatientes que iban al frente eran los que tenían el físico adecuado, y las mujeres eran descartadas. Había una selección.
“En estos grupos también hay tendencias conservadoras que hacen que las excluyan del alto mando, porque fueron escasas en el alto mando del MIR y escasísimas en el alto mando del FPMR, de hecho, hay una sola”.

-Retrocediendo, ¿en qué momento de la historia las instituciones regulares tienen que abrirse, de verdad, a las mujeres?
“Sí bien es cierto fue una larga evolución, comienza como una eclosión, como un fenómeno más masivo a partir del año 2000 y específicamente con Michelle Bachelet al Ministerio de Defensa, que tiene que implementar una política que responde a una necesidad del Estado de cumplir con ciertos tratados internacionales que le impiden hacer discriminación entre los dos sexos. Ahí resulta totalmente discriminatorio que para entrar al Ejército debe ser chileno, soltero”.

-¿O sea, no fue un proceso natural, sino forzado?
“Sí, de hecho este problema se comenzó a plantear en 1995, cuando Frei suscribió el tratado que declaraba la igualdad de hombres y mujeres. A los días se empezó a hablar de que las escuelas militares no podían ser puros varones”.

-¿Las crisis existenciales que viven las mujeres a partir de la maternidad, se viven igual en el mundo regular que irregular?
“No, ahí es bien interesante lo que sucede, porque en las FF.AA. la maternidad no representa un punto de quiebre, aún cuando todavía pasan cosas curiosas como que no se les permite a las mujeres usar uniforme estando embarazadas, en ese tiempo tienen que vestir de civil; pueden usar el uniforme de combate hasta que se note la guata. Si se piensa que el uniforme es el signo de identidad de una institución, el negárselo significa que la institución no acepta a las mujeres en todos los estados que le son propios y por una razón estética las excluye cuando están embarazadas”.

Cherie Zalaquett, a modo de anécdota, cuenta que la capitán María Cristina Gutiérrez viajó a Estados Unidos a buscar los modelos de uniformes maternales y tras presentarlos, no pasó nada, porque no hubo acogida.

-¿Qué pasa con las terroristas y el embarazo?
“En ellas, el minuto en que se tensa su historia, su identidad entre mujer y militante, es justamente en el momento en que están embarazadas, porque el grupo no siempre la reconoce como algo natural”.

-¿Ese estado las descuelga del grupo?
“Al revés, lo que ocurre es bastante crudo. Las mujeres que participaron en estos grupos, fundamentalmente en el MIR, pero se reproduce después en el FPMR, tienen su identidad femenina, maternal y militar y sintieron que el grupo pretendió que ellas optaran. De hecho, cuando las del MIR fueron invitadas a retornar a Chile a combatir con sus compañeros, ellas plantean el problema de con quién dejan los hijos y le exigieron que dieran una solución. Ahí se tuvo que crear en Cuba un proyecto llamado ‘hogares’ donde los niños chilenos quedaron a cargo de otros”.

-¿La maternidad no inhibe a la mujer de ir al frente ya sea en las FF.AA. como el grupo subversivo?
“Pienso que en las instituciones armadas eso se va a dar. De hecho, algunas jóvenes de la FACh dicen que van a estar en ella mientras eso no afecte la calidad de vida de su familia; o sea, no tienen una sensación de inmutabilidad de su permanencia en la institución.
“En el MIR y en el FPMR no fue así. Aunque hablamos de casos particular, porque no fue algo generalizado, en el MIR hubo mujeres que desarrollaron la ‘maternidad en resistencia’ que fue resignificar la maternidad tradicional y que consistió en dejar a sus hijos en Cuba para venirse con los compañeros. Ellas sintieron que no pudieron cumplir el rol de madre, pero se siguen sintiendo madre y militante y esto fue producto de un proceso”.

En el caso del FPMR, Cherie Zalaquett cuenta que hubo una sola militante que al momento de quedar embarazada dejó de militar, porque consideró que la vida de su hijo era más importante y se replegó. En cambio, la ‘mujer metralleta’, Rosa
Ester Vargas fue un caso distinto ya que ella combatió estando embarazada, asaltando bancos –eso era hacer la guerra- con 6 meses de embarazo.

-Englobando, ¿se puede definir a la mujer en armas?
“La figura de la mujer en armas es desafiante, desafía las relaciones entre género y poder y que a la vez, nos lleva a interrogarnos -en esta relación entre mujer y violencia, violencia y afectos- si de verdad la figura de mujer en armas es algo que desafía los dinamismos establecidos por el patriarcado o si es una forma más en que el poder circula el poder.
“Las mujeres en armas son desafiantes, pero no necesariamente rupturistas. Son figuras que nos interrogan como sociedad, porque ellas rompen un mandato cultural que mantiene a la mujer fuera del mundo de la violencia, romper con la cultura que quiere mantener estos mandatos inmóviles”.

-¿Y qué pasa con los estereotipos de ‘machas’ que se aplican sobre ellas?
“Son estereotipos, obvio, de la sociedad. Marcela Rodríguez, la segunda mujer metralleta, comenta que todos le decían tú, cómo puedes ser terroristas siendo tan bonita. Todos esperan encontrar a una mujer amachotada, ahombrada y al contrario, era muy femenina. Estas caricaturas se derrumban con estas mujeres”.
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