María Pía Salas: El cambio que han experimentado los chicos de las caletas

La fundadora de la Fundación Abrazarte asegura que los jóvenes que viven debajo de los puentes del Mapocho tienen esperanza y esperan que la sociedad les tienda la mano en forma definitiva.

06 de Enero de 2011 | 08:58 | Por María José Errázuriz L.
Emol
Hoy la lucha es contra el tiempo. Esta semana comenzaron los trabajos para limpiar las paredes del río Mapocho, en preparación del proyecto Museo Arte Luz que iluminará la ribera con dibujos, y eso puede implicar el desalojo de los jóvenes y niños que viven en las caletas.

En la actualidad son cuatro los lugares habitados por adolescentes: los puentes Bulnes, Arzobispo, Recoleta y Loreto y son estos dos últimos los afectados por la obra de arte que busca revitalizar este espacio urbano.

María Pía Salas, fundadora de la Fundación Abrazarte, hace gestiones ante el área social y la alcaldía de la Municipalidad de Santiago para poder definir el futuro de los jóvenes que viven ahí. La urgencia queda clara y el temor de no encontrar una solución se refleja en su rostro.

Desde hace 5 años que esta fundación trabaja con los niños de las caletas del Mapocho y que hoy suman unos 40. El trabajo ha sido arduo y hoy están enfocados en poder crear una escuela-refugio definitiva que permita su erradicación definitiva. Pero todo ha sido lento y más dificultoso de lo que se lo imaginaban.

Actriz y bailarina de profesión, con un paso por las teleseries chilenas y una compañía de danza, estaba gozando de la estabilidad económica de un trabajo como ejecutiva de cuenta, cuando la necesidad de ayudar a las personas en situación de calle se cruzó en su vida y su alma y no la abandonó.

Tras un giro radical, Pía Salas está dedicada ciento por ciento a acompañar, reinsertar, preparar y educar a los jóvenes que viven en el Mapocho, que fue el grupo por el cual se inclinó al final.

-¿Qué te movió a pasar de actriz a impulsora de un proyecto social como éste?
“En un minuto sentí que vivía una vida plena en lo económico y en lo afectivo, sentía que tenía una familia maravillosa, pero que algo me faltaba. Me dije ‘tengo todo y ahora tengo que ir en busca de los que no tienen nada’ y de la noche a la mañana partí. Llevaba un tiempo dándole vuelta a la idea, viendo dónde iba a poner mi corazón, si en los abuelitos o en las guaguas y... no sé, los niños de la calle me llamaron enormemente la atención.
“No podía entender que siendo niños, seres humanos, nadie había podido sacarlos de la calle, encantarlos. Para mí son niños silvestres y de alguna manera tienes que crean un lazo afectivo profundo que permitiera que, al igual que los pajaritos, coman de tu mano”.

-¿Por qué centrar el desafío en los niños de las caletas?
“Porque me dije: ‘quiero a los más difíciles’. Muchos me decían por qué no las guaguas, pero quería aquellos por los que nadie daba un peso. Y los de las caletas son esos; ellos están en el río Mapocho que es la madre de brazos mutilados que recibe a estos chicos en un espacio donde el mundo pasa suave, no a mil por hora como arriba”.

-¿Eso es lo que hace distinto vivir en la caleta en vez de la calle?
“Sí, estar debajo de un puente es sentir la naturaleza distinta que no ves en medio de la ciudad. El río Mapocho convoca todo; los chicos que quieren ser una persona, encuentran en estas caletas un hogar. Ahí empiezan a sentir que ya no son un número y que por el contrario, hacen familia y se protegen y crecen juntos y son capaces de sobrevivir”.

-¿Los que viven en las caletas son los estigmatizados? Se han visualizado como los drogadictos, delincuentes.
“Puede ser, pero tiene que ver con esa capacidad del ser humano de condenar y juzgar al otro que se expande universalmente en la sociedad. Son los más estigmatizados porque han sido, finalmente, los más visibilizados por los medios de comunicación. Cuando yo salí a buscar niños a las caletas tenía claro que la decisión no era fácil porque era un camino sin retorno y fue justamente porque le daban y le daban a los niños de la caleta Chuck Norris”.

Los primeros esfuerzos de Pía, el 2005, estuvieron precisamente en erradicar esa caleta que hoy prácticamente no existe porque muchos de sus integrantes o están presos o se han dispersado.

“Me daba mucha ansiedad e impotencia no poder hacer nada por estos niños que sólo salían en la tele aspirando tolueno”, dice y cuenta que dio una pelea grande con los departamentos de prensa para que dejaran de mostrar a los chicos en su condición más dramática.

Después de muchos trámites, burocracia, finalmente hace dos años consiguieron la personería jurídica de la Fundación Abrazarte, pero los papeleos siguen y todo ha atrasado el proyecto de la escuela-refugio.

“Cuando nosotros llegamos a las caletas, los chicos no tenían capacidad de sociabilizar, no veían más que el lanzazo como una herramienta de sobrevivencia, tenían un mundo muy pequeño. Se levantaban pensando en ir a comprar el tolueno, porque éste les borraba el hambre, el dolor y el frío. Todo”, explica.

Hoy se le ilumina la cara cuando habla de los avances y logros alcanzados. Asegura que trabajando, con el arte, su autoestima, han conseguido que los jóvenes vean un futuro y muchos busquen hoy trabajo y estén estudiando.

“Han transformado su realidad, no están robando y los tenemos que ir a proteger porque los carabineros los detienen en controles de identidad”, dice.

-¿Por qué persisten en esta situación de caleta?
“Porque ellos han creado una familia, han creado lazos y hoy, con la transformación que han sufrido, son capaces de crear vínculos sanos respecto de las personas que van pasando. Sienten que hoy hay una parte de la sociedad que los mira como seres humanos.
“Persisten porque a nosotros nos ha costado mucho conseguir los recursos, llevamos todo este tiempo trabajando sin un peso y sólo con el corazón de muchas personas que se han metido la mano al bolsillo. Es terriblemente desgastador el proceso de conseguir recursos.
“Además, todo el sistema, el de tribunales, el de rehabilitación, el de acogida, está hecho para niños que tienen una familia detrás y los de las caletas no la tienen porque precisamente arrancaron de ella, de situaciones de violencia. El que se atrevió y salió a la calle es porque es distinto, es sano de alma”.

Pía sostiene que si la fundación tuviera un espacio definido a lo mejor las cosas serían más fáciles porque los niños desean salir de las caletas hoy. “Intentan salir una vez y otra vez y no pueden porque no tienen herramientas y las intervenciones se fijan en el área técnica y todo lo que es educación en el amor queda fuera”, asegura.

-¿Qué se hace?
“Debe haber una intervención y un programa creado especialmente para los chicos de la calle, que no tienen familia”.

-¿Qué esperan ellos de la sociedad? ¿O ya no esperan nada?
“NO, los nuestros sí. Están esperando un espacio, que Bienes Nacionales nos lo entregue, que nos los desalojen... ellos están muy amables, tienen mucha esperanza hoy; están dando testimonios y están esperando de la sociedad todo para poder tener recursos para tener la escuela-refugio, para poder estudiar. Están esperando políticas sociales que no los abandonen a los 18 años; los jóvenes chilenos salen del colegio y van a la universidad, ellos salen del Sename y van a la Peni.
“Los chicos están esperando salir, ya no quieren estar más ahí. Hoy día estamos viviendo en la urgencia y no podemos defraudarlos”.
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