Chico Jano: “Echo de menos mi tierra, mi gente”

El eterno locutor -ex Rock & Pop- hace carrera en Buenos Aires, desde que el año pasado comenzó a animar “La fábrica”, para Fox Sports. De paso por Santiago, asegura que echa de menos la comida nacional y que ha aprendido a valorar la sencillez que caracteriza a parte de la población chilena.

05 de Marzo de 2013 | 15:53 | Por Ángela Tapia. F., Emol
María José Vásquez, El Mercurio.
“Todos pueden lograr lo que quieran en la vida”, repite convencido Alejandro D’Apremont (31 años), más conocido como ‘Chico Jano’. Sus esperanzadoras palabras contrastan bastante con el temple de ese día. Amaneció muy enfermo. Desde Argentina que arrastra algo que parece ser una gastroenteritis, pero pese al malestar y a que la poca fuerza hasta le hace tartamudear de vez en cuando, accede a dar la entrevista, tomando en cuenta que hoy en día parece muy difícil pillarlo en el Santiago.

Desde el año pasado y tras 12 años trabajando de forma interrumpida en la Rock & Pop -“me despidieron dos o tres veces de forma muy amable”, explica- aceptó la oferta de TyC para animar (con Flor Ventura y Giani De Gennaro) “La fábrica”, un programa que hoy lo tiene viviendo en Buenos Aires y viajando por toda Latinoamérica, buscando a los mejores surfistas y skaters que luego serán entrevistados para el Canal Fox Sports 3.

Está en lo suyo y se nota entusiasmado. Pese a que ama la radio, que lo vio nacer a los 17 años como un skater que fue ganándose su espacio en el medio, sabía que ya era hora de buscar nuevos rumbos y, dadas sus experiencias en el pasado con programas que poco se ajustaban a su forma de ser, era difícil que en la televisión nacional encontrara un espacio donde se sintiera cómodo.

“Nunca sentí que era parte de eso. Lo que más me gustó fue el programa “Por el suelo”, donde recorría calles, caminando o en skate, mostrando a la gente, la vida, de distintas ciudades. También trabajé en el canal 11 y renuncié. En el 7, y renuncié. No me jacto de eso, pero no voy a estar en un trabajo que no me acomode, porque lo que me ha tocado a mí vivir me ha hecho darme cuenta que cada uno tiene la posibilidad de hacer lo que quiere en la vida”, insiste.

A los 11 años, quien fuera en su momento el conductor radial más joven y con la jerga más actual del medio, se convenció de que no le gustaba el colegio. De hecho, nunca lo terminó. Y junto con hacerse un tatuaje a tan temprana edad, de un Mario Bros en skate, se entregó a su amor por la tabla y todo lo que a través de ella fuera conociendo.

“Me gustaba mucho la música, en general. Conocí al Hugo Chávez, el dueño de la disquería Background, donde me encontré a Gustavo Cerati grabando su disco ‘Plan V’, en el subterráneo. Los noventa fue una época de mucha cultura urbana, muy underground. Estaba la Casa Club, vinieron los Beastie Boys, los Cypress Hill, Marilyn Manson, tocó Björk. Y con eso, yo desde los 11 años que estaba metido en la calle”, explica. “La vida me puso en situaciones que me hicieron conocer gente en los momentos indicados y lograr lo que quise”.

Amante de la música, terminó trabajando en radio, luego de conocer a Marcelo Aldunate (director de la Rock & Pop), y confundirlo con el chofer de la van de ese medio. Le pidió que le hiciera ‘la paleteada’ de conseguirle un demo con los altos mandos, y al año, ya estaba contratado. Con 18 recién cumplidos, el niño del barrio Franklin que no había dado ni los exámenes libres para sacar 4° medio, ya contaba con un sueldo, vivía solo y luego se convertiría incluso en asesor de la gerencia general de algunos sellos discográficos.

Lo suyo es empuje y ganas de vivir, y eso se ha constatado, sobre todo, cuando se salvó de morir el año 2010, luego que un bus oruga del Transantiago le pasara por encima, dejándolo boca abajo en la calle, con un pulmón perforado, costillas fracturadas, y cuatro litros de sangre en el suelo.  Del chofer que lo atropelló, se supo que arrancó del lugar. Saliendo de eso, cinco meses después, su madre falleció de cáncer, lo que, sumado al shock del accidente, le trajo a su vida las crisis de pánico.

Hoy, ya mejor, y con episodios leves de angustia, no se le ocurre decir nada mejor que “es lindo tener crisis de pánico, porque te aprendes a conocer”, enseñando la buena disposición que lo ha acompañado en su vida.

-¿Al final, supiste quién te atropelló?
“No y me encantó no saber. Es como un buen libro. Además, él no sabe que me hizo un gran favor, porque si no, no disfrutaría tanto mi vida como lo hago ahora. Le agradezco todos los días por haberme atropellado”.

-¿Hoy no te duele nada?
“Sí. Me duelen los hombros, y no respiro muy bien. Pero bueno, podría no respirar. Lo más importante, es que no tengo pena ni dolor en el corazón”.

-Viviendo fuera del país, ¿no extrañas Chile, la comida?
“Por mí comería siempre unas humitas. Soy súper nacionalista en ese sentido. Me gusta que en mi país la gente es más sana de mente en comparación a otros países. Cuando vas a lugares como Japón, te das cuenta que la cordillera nos protege de tanta locura. Aquí hay diversidades, progreso -y también delincuencia, como en todos lados- pero éste no es un lugar donde ves gente tirada en el suelo inyectándose heroína, como en Ámsterdam. Eso a veces la gente no lo valora. Eso sí, antes odiaba el país”.

-¿Por qué?
“Odiaba a la gente. Cuando era más joven, odiaba a los cuicos y a los flaites, porque sentía que no era parte de nada. Es que en Chile te encasillan mucho. En Montreal, por ejemplo, no era raro que un médico celebrara su cumpleaños e invitara a su jardinero para festejar a la par”.

-Una vez te paró un carabinero afuera de un banco…
“¡Claro! Había cobrado plata y como iba con la polera rota, me paró porque creía que me la había robado. Eso es lo que siempre me motivó a irme de acá. Pero hoy ya tengo 31 años, y aprendí a convivir con eso.
“Hoy echo de menos mi tierra, mi gente. Me he dado cuenta que los chilenos somos la raja. Somos buena gente, tiradores pa’ arriba, súper trabajadores. Además, una cazuelita, no tiene precio”.

De su gente, como para graficar, Alejandro habla con especial cariño de Manuel García, el músico que parece haberse transformado en un hermano para él. “(Manuel) es muy simple, no ha cambiado nada. Ese tipo de personas me inspiran”, dice, agregando, sin pelos en la lengua: “Hoy en día hay gente en la música que no le han ganado a nadie -musicalmente hablando- y se creen la raja. También hay personas así en la tele. Yo ya ni la veo, prefiero las películas; y fue bacán darme cuenta que podía sobrevivir sin estar ahí, sin tener que vender mi alma”.

-Debe haber costado, tomando en cuenta la plata.
“Algunos me decían que la había cagado por eso. Siempre pensaban que me habían echado, porque no se les pasaba por la cabeza que alguien hubiera renunciado a estar en la tele. Nunca pensaron que alguien le podría decir que no al súper programa 'Rojo', cuando marcaba 30 puntos de rating”.

-Una vez ibas a animar la nueva versión de “Música libre”…
“Estuve un mes trabajando ahí. Pero renuncié antes que saliera al aire, porque iba en contra de todo lo que construí en mi vida. Iba, me maquillaban y me pagaban por decir un par de cosas que ni pensaba. Hubo gente que me vio y dijo que era un vendido. A ellos les pido disculpas. Nunca me interesó hacerme famoso. En el 11 hacía ‘Ciudad cuática’, que marcaba 11 puntos contra los 30 de ‘Mekano’. No sabía que estaba compitiendo en un programa donde, el compadre que animaba, que no sé cómo se llama...”.

-José Miguel Viñuela.
“¡Él! Yo no sabía que era un súper presentador de la televisión; tenía una inocencia interna tan grande… ¡Cómo iba a competir con veinte minas en traje de baño, hablando del hip hop! Ese tipo de programas no me interesaban. Nunca he hecho eventos, por ejemplo”.

-Les va súper bien a los que los hacen…
“Sí, me han contado. Lamentablemente, nunca he sido muy agraciado con la musculatura. Soy más bien flaco, o lo que va quedando de flaco. Hoy ya me empezaron a salir canas. Los años no pasan en vano, pero hay más sabiduría. Cuando tu mamá se muere a los 49 años de cáncer, cuando te atropella una micro y estás a punto de morir y la vida te da otra oportunidad, te das cuenta que lo importante es  disfrutar, tener una vida sana, salir a la calle, conocer gente, absorber, aprender”.

“(La biografía de Johnny Cash) es como una biblia para mí”, dice Alejandro, haciendo una comparación de la experiencia del músico con las drogas y la suya: “Tuve adicciones de muy joven y las dejé. Probé de todo, menos éxtasis y esas cosas. Era en un tiempo donde no trabajaba en la radio ni en la tele y lo que se probaba era la marihuana y la cocaína. Y en un minuto, después de dos años, sentí que era adicto. Me hizo mal, porque era irreal lo que vivía. Johnny Cash pasó por eso, pero retomó su vida a través de su familia, y es lo que yo hago ahora”.

-¿Cuál es tu vicio privado?
“Coleccionar vinilos y vinos. Tengo unos quinientos discos en la casa de un amigo y aquí, doscientos. No los tengo por tener; me gusta escucharlos”.

-¿Y alguna manía?
“Me gusta mantenerme sano, porque estoy viviendo gratis, pero soy relajado. ¿Quieres una botella de vino? ¡Saca una! Para mí, no tienen precio. Yo me los tomo porque son ricos y punto. Tengo algunos franceses. Me encanta París. Mi familia viene de un pueblo que está a 40 km de ahí, Apremont. Cuando fui y les mostré mi carnet, la gente pensaba que era un conde. En algunos países, eso es lo bacán. Ser original de una parte. Por eso creo que los mapuches sí son los dueños de la tierra”.
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