Roberto Bravo: "El piano me ha permitido sanar los dolores de mi alma"

El pianista dice que no medita, no reza ni va a psicoterapia. Para él, la única forma que ha tenido para curar las heridas es entregándose incondicionalmente a la música, que ya lo ha acompañado con 51 años de carrera. “Mientras más conciertos toco, mejor me voy sintiendo”, asegura el premiado músico.

14 de Octubre de 2014 | 15:50 | Por Ángela Tapia Fariña, Emol.
José Alvujar, El Mercurio.

“El otro día tuve una discusión con Roberto chico”, comenta Roberto papá, sobre una conversación con su hijo único. “Me insistía en que cuando yo me muera, tenía que sonar el Réquiem de Mozart. ¡Pero ni hablar! Va a sonar una canción muy hermosa, muy simple –basada en 4 notas no más-, que es de (Ennio) Morricone, el ‘Tema de amor’ de ‘La leyenda del pianista en el océano”. ¿Lo conoces? Ven a escucharlo”.

Roberto Bravo –hijo de ama de casa pianista y padre ingeniero- se pone de pie en el living de su departamento cerca de la Rotonda Atenas, y camina hasta la pieza del fondo, un lugar medio mágico donde lo espera su piano. Toma asiento frente a él y es como si se fuera a otro mundo, uno en el que solo respira para tomar impulso para seguir tocando. Afuera, un taladro que no paraba de sonar para arreglar el ascensor del edificio, se detiene mientras dura el mini concierto, tal vez por respeto al maestro.

Sobre su piano hay una manta gruesa que lo protege de los varios recuerdos, fotografías y papeles que hay encima de él. Por un lado se asoma el pianista saludando al Dalai Lama, por otro se ve al mismo posando con Mahani Teave –‘la Maha’-, como él le dice a quien se transformara en su minuto en su alumna. En medio de las imágenes, una agenda algo destartalada evidencia las mil actividades que diariamente tiene este hombre de 71 años; recitales que van desde lo más docto a lo más popular, como música de películas o boleros, en escenarios de una escuela en Mulchén o un teatro de ciudad.

“Mira, yo creo que hay que renovarse o morir. Por eso toco de todo y hago tantos conciertos, porque me gusta toda la música, buena o mala. Toco todo lo que me gusta”, y entre sus favoritos, están los temas del argentino Astor Piazzolla, a quien volverá a rendirle un homenaje con su show “Bravo/Piazolla” el 19 de octubre en el Nescafé de las Artes.

En su hogar, visualmente hay constancia de sus 51 años de carrera, aunque no de las decenas de premios y condecoraciones que ha recibido.  Solo en su living se pueden ver uno que otro galardón que dice con pintura el nombre de alguna escuela de región.

“Tengo que pedirle a los alcaldes que no me regalen más cosas. En realidad, los libros o pinturas que me dan, las paso a la escuelita de Valparaíso que lleva mi nombre o a la biblioteca que también le pusieron así. Yo voy pasándolos no más. Solo me dejo los regalos cuando me dan vino o miel. Estamos en una etapa de la vida que uno quiere compartir, y uno siempre tiene más de lo que necesita”.

-¿Se llega a esa conclusión con los años?
“Sí, aunque desde chico tengo la costumbre de regalar mis cosas. Uno siente que ya  la vida te ha dado muchas cosas hermosas”.

-¿Como 50 años de carrera y un hijo?
“Por supuesto, además de las personas que me han acompañado. Yo tengo dos matrimonios y una tercera relación que fue de 8 años, y con todo he quedado con un hermoso recuerdo y una profunda gratitud de mi parte por el tiempo compartido. Uno aprende todo el tiempo. El día que dejas de aprender, sonaste. Al final, aprendes que el único amor incondicional que tú puedes dar es a tu piano y a tu música”.

-No todos tienen la suerte de tenerlos como compañeros de vida…
“Mira, yo encuentro que la gran bendición que la vida me ha dado es que el talento musical también me ha permitido sanar. Algunos lo llaman musicoterapia, o como el maestro (Franz) Liszt decía: ‘el piano es mi confesor’. Para mí, el piano es mi mejor amigo, ahí quedan mis esperanzas, mis alegrías, mis dolores. Ahí rezo y medito. Si me preguntan, usted, ¿medita? Digo, no, toco el piano. Usted, ¿reza? No, toco el piano. ¿Se ha hecho terapia con un psicoanalista? No, toco el piano. Todo sale de ahí, la energía fluye y te cura los dolores”.

-¿Han sido muchos sus dolores?
“Han pasado cosas que han dolido en el alma, así que toco y toco. Y mientras más conciertos toco, mejor me voy sintiendo. Yo parto el día tocando o escuchando Bach, que siempre lo recomiendo para los momentos de conflicto, porque tranquiliza el espíritu. Cuando uno anda con el alma atormentada, escuchas ‘La pasión según San Mateo’. Pero yo me ayudo con mi piano”.

-Usted ha tocado en todos lados, desde el Carnegie Hall (Nueva York) hasta el gimnasio de una escuela. ¿Tiene un interés especial por llegar a lugares donde parecen tener poco acceso a la cultura?
“Exactamente. Toco mucho en barrios periféricos, en lugares chiquitos. Me encanta ir a tocar en las iglesias. Se siente muy especial. Le pido permiso al Cristo y entro. Eso sí, tapan a todos los santos, pero esa es otra historia. Así que soy súper agradecido, porque estas cosas me han dado fuerza de vida”.

-¿Lo ve como una responsabilidad?
“Sí, mucho. Todo empezó cuando entendí profundamente el pensamiento de doña Gabriela (Mistral), en su tumba en Monte Grande, el año 81. Ahí tuve la primera señal del destino, a través de ella, que ‘lo que el alma hace por su cuerpo es lo que el artista hace por su pueblo’; que el trabajo que yo tenía que hacer era en Chile con gente sencilla, con los pobladores, los mineros, las comunidades indígenas, tocando en la Antártica, en Isla de Pascua… Son pensamientos. Es como cuando alguien me ha ofendido profundamente y de repente, estando en el Valle del Elqui, despierto en la mañana con un pensamiento del Padrenuestro: ‘Perdónanos Señor, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden’, y a partir de ahí, yo también pude perdonar”.

-¿Perdonar qué?
“Esa es otra historia”.

-Lo de tocar piano, ¿viene de su mamá?
“Hay dos historias. La normal, es la madre pianista que quiere un hijo pianista, que toca mientras está embarazada, que reza por tener un hijo pianista y llega el hijo y se hace pianista. Otros podrían pensar que esta es la continuación de una vida anterior en la que también habría sido músico”.

Tras salir pianista, para la alegría de su mamá, Roberto continuó su formación en los conservatorios de Santiago, Varsovia, Moscú y Londres, teniendo como maestros a Rudolf Lehmann y Claudio Arrau.

-¿Qué recuerda de Arrau?
“Su generosidad, su afabilidad, su tremenda cultura, su preocupación por los más jóvenes y su entrega al tocar, que viene de la tradición de Franz Liszt, directamente  a través de su maestro (a los nueve años Arrau estudió con Martin Krause, discípulo directo de Liszt). Y lo que yo hago de repente es seguir la tradición no más, escuchar a la gente con talento, tratar de ayudar con clases, con cartas, pidiendo plata, consiguiendo pianos; todo lo que se puede hacer”.

Al ponerse de pie y alejarse de su piano, se puede ver un diploma colgado en la pared. Es el de Mahani Teave, que por cosas del destino terminó titulándose seis meses antes que Bravo del conservatorio. “Así que quedó para el bronce; la discípula se graduó antes que el maestro”, dice, mientras se le va la vista a un cuadro colorido que cuelga frente a los diplomas, y en el que se ve a un unicornio tomando agua en un lago: “Me gustan todas las historias de los unicornios, porque tienen que ver con la pureza. Se dice que solo los que son puros de corazón pueden verlos. Así que yo creo que yo no voy a ver ninguno (ríe), y por eso los tengo en cuadros”.

-¿Cuál es su vicio privado?
“Soy bien aburrido en esos temas. Lo que sí, antes de entrar al escenario siempre pido chocolate y té en el camarín. Me gusta dormir siesta antes de los conciertos, estar tranquilo, hacer ejercicio… Creo que el concierto en sí es como un viaje en el que vamos todos juntos. Y en algunos casos es casi una misa”.

-¿Una misa?
“Claro. Alguien dijo por ahí que los dioses son Chopin, Bach, Mozart, Beethoven, Liszt, y que nosotros somos los sacerdotes; puentes, canales transmisores de ese mensaje que han dejado los compositores, y me refiero a todos los ámbitos de la música”.

-Qué gran responsabilidad…
“Uno tiene que convertirse en lo que toca; vivir cada nota a través de la sangre -como decía Arrau-, y con la vivencia personal. Mientras más amas, más amor hay en tu música. Mientras más entregas, más das a la música. Y si tomas la música como un camino de servicio, ya está todo claro, no hay nada más que hablar. El aplauso no te llega, las críticas no te llegan excepto para reflexionar y progresar algo profesional.
“Cuando (Tito) Beltrán comenta que la gente siempre aplaude de pie cuando hacemos conciertos, le digo que es porque están apurados y se quieren ir (ríe)”.


 


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