Toqueteos y besuqueos, ¿por qué nos molestan?

La psicóloga Patricia Collyer reflexiona sobre la incomodidad que genera en algunos ser testigos de muestras de amor demasiado efusivas y apasionadas.

03 de Julio de 2015 | 12:52 | Por Patricia Collyer
A los que vemos las teleseries turcas tan de moda, nos llama la atención la falta de demostraciones sensuales y sexuales de parte de protagonistas que mantienen evidentes relaciones amorosas. Era especialmente impactante en el caso de la serie Fatmagul, donde la joven pareja moría de amor pero ni casados podían darse besos apasionados para la cámara, menos tener sexo (cinematográfico, claro). En India, hasta hace pocos años, la poderosa industria cinematográfica no incluía besos entre sus actores y si ello ocurría, era noticia.

Anduve en Estambul y pude comprobar que las muestras públicas de afecto son escasas. Las parejas a lo más se toman de la mano. Y, obviamente, para aquellas mujeres  que son fuertemente religiosas (en un país con 95% de musulmanes), el velo impide cualquier contacto físico delante del mundo. Sorprende ver que hay más intimidad con modernos celulares -siempre pegados a la mano y haciendo contacto con los ojos- que con la pareja. La doctrina es expresar puertas adentro. Como me señaló una joven recién casada en luna de miel, "solo me interesa mostrarme ante mi marido y soy feliz tapando mi cara y mi cabeza; no me aproblema en lo más mínimo no poder lucir mi cuerpo ni mi pelo o mi cara".

Claramente, se trata de un tema cultural. Paradojalmente, en el Caribe también está presente el pudor frente a las expresiones públicas de afecto. Los besos apasionados en lugares de alto tráfico no son bien vistos. Claro que nadie castiga a las parejas que lo hagan. Algo que sí ocurre en otros lugares del mundo.

Por ejemplo, una ciudad que no puede celebrar el Día del Beso es Dubái, la capital de los Emiratos Árabes Unidos. Una ley prohíbe besarse en la calle. En Irán, las normas islámicas también prohíben besarse en público, algo que rige para casados y solteros. En Malasia, también se prohíbe por ley besarse y tomarse de la mano públicamente, pero la norma solo incluye a los nativos. En Guanajuato, México, está prohibido besar y acariciar a la pareja en la vía pública y hacerlo puede costar hasta un día de prisión. En China, solo en 1997 se abolió una ley que prohibía besarse en público. Y en India, el país del kamasutra, los jóvenes tienen problemas para expresar su pasión ya que los hoteles hasta les pueden pedir certificado de matrimonio para dejarlos entrar.

En los países del Asia oriental, las cortapisas las pone Confucio. Para la gente mayor, mostrar las emociones del público iría contra los valores de esa cultura. Aunque las costumbres se han liberalizado, y tomarse de la mano y besarse en público es algo más común, todavía es considerado "desagradable".

Las costumbres respecto del tema son muy diversas. Los gringos no son, en general, dados a expresar mucho afecto en público (razón por la cual entre ellos no existe nuestro cotidiano beso en la mejilla, gesto de afecto que actualmente es muy común incluso entre los hombres). Algo similar ocurre en Tailandia, donde es tabú tocarse durante el saludo y lo que reemplaza al beso es el saludo budista.

Sorprende que a los inmigrantes que vienen de países de “sangre caliente” les parezca que en Chile somos demasiado efusivos, y que les choque eso de los besos en el Metro o en los paraderos de micro. ¿Será verdad? ¿Somos tan demostrativos? ¿Nos gustan las expresiones físicas de la pasión o más bien nos molesta e incomoda verlas?

Se dice que Chile estaría entre los países con pocos complejos a la hora de expresar el afecto y la pasión en público. Ello es especialmente elocuente entre los jóvenes. Sin embargo, el límite estaría puesto -como siempre- frente a las expresiones homosexuales. Pocos parecen aceptarlas plenamente y algunos las sienten incluso como una agresión. Recuerdo un taxista que se indignó al ver a dos homosexuales dándose un beso furtivo en la esquina en la que nos tocó detenernos.

¿Qué hace que sea más común que molesten las demostraciones públicas del afecto a que agraden? ¿O que haya culturas que las repriman directamente? 
Pareciera ser que el punto neurálgico tiene que ver el tabú. Y el sexo es, querámoslo o no, un tema tabú en Chile. Aunque ello, claramente, es menos fuerte entre los jóvenes. Como me señalaban tres mujeres profesionales de entre 25 y 30 años, "uno tiene mucho menos rollo hoy en día con el tema del sexo porque no podría viajar a lo pobre si lo tuviera; si te alojas en hostales juveniles de países europeos o de Estados Unidos, siempre vas a escuchar parejas súper efusivas a la hora del sexo; y después te las vas a topar a la mañana siguiente como si nada…". Sí dicen sentirse más incomodas frente a parejas que frente a ellas y a menos de un metro, se expresen su pasión. "Es que se siente de alguna forma como una invasión a tu metro cuadrado, como una imposición de algo que no necesariamente tú quieres ver o vivir".

De modo que también tendría que ver supuestamente con la libertad. Muchas personas me dieron como argumento de su incomodidad o molestia la imposición de parte de los besadores. "Se plantan al lado tuyo en el Metro y empiezan a atracar ¡No tengo ganas de verlos en eso!", dice una mujer sesentona. Imagino que poca gente se atreve a decirles algo. No es lo que ocurre en el Caribe. Un cubana me contaba que en su país los mandan, en forma lúdica y a gritos, "a buscarse una posada (hotel parejero)".

El ejemplo de un edificio cercano a mi casa da cuenta de lo fuerte que es la incomodidad que genera ver o escuchar a otros expresando su pasión. De pronto apareció en el barrio una pareja teniendo sexo a menudo y en largas jornadas, con potentes y audibles muestras del placer por parte de ella (él solo hablaba de tanto en tanto). Al cabo de una semana, una de las vecinas del edificio contiguo acudió a reclamar al conserje sobre la situación. La pareja calló y muy pronto se mudó.

Siempre me pregunté qué fue lo que causó tanta incomodidad en el vecindario. Un argumento que me dieron es que los niños escuchaban y se desconcertaban. ¿Pero no habría sido más fácil explicarles que esos gritos no eran de sufrimiento sino de placer? ¿No sería más fácil abrir el tema y explicar que el sexo conlleva a veces muestras estridentes de placer?

Pero no es lo que ocurre. Preferimos no escuchar ni ver. Y estresarnos bastante si sabemos que alguien -un vecino, un hijo, la nana- pueden estar escuchando el progreso de nuestra relación sexual. Siempre me pregunto cuánta frustración tendrán las parejas que viven de allegadas en las pequeñas casitas de población, con paredes de cartón (a veces literalmente). Algo de ello vimos en una de las películas del Chacotero Sentimental en tono de comedia, pero la realidad es bastante más dramática para los verdaderos protagonistas.

Bueno, pareciera que esas parejas que se besan apasionadamente delante nuestro han superado el pudor y el stress. Y nos lo han trasladado a nosotros. Porque de verdad, siento que para algunas personas es muy disruptivo ser testigos de besuqueos y toqueteos. Los enoja, los violenta incluso. Y entonces me vuelvo a preguntar, ¿por qué nos enoja el amor, el afecto -que en definitiva es lo que está ocurriendo entre esas personas que se besan- y no la violencia o la agresión? ¿A quién daña una pareja haciendo el amor en un edificio vecino?

Sí es violento ver a un niño pedir limosna, pero no siento que esa escena produzca la incomodidad que debería en quienes la presencian. En todo caso, la provoca en mucho menor medida que el sexo. La violencia no es tabú. Es un tema abierto y descarnado, instalado en nuestra sociedad. Instalado en esas culturas que reprimen a sus mujeres a través de un velo en la cara y de múltiples prohibiciones, y que permiten a los machos casi todo. Esas culturas tienen leyes, como hemos visto, para prohibir las muestras de amor y pasión, y dan incluso condenas de cárcel a quienes las infrinjan. Aunque es difícil imaginar que una mujer que acepta y avala el velo sea capaz de tener la fuerza y la decisión para transgredir una de esas leyes.

En suma, el tema es siempre es mismo. Lo que falta es educación, formación valórica de verdad, no la que surge desde el poder, para controlar un orden establecido. Una que impida que los tabúes nos atrapen en forma cotidiana la mente, que nos limiten y hasta encarcelen nuestro sentir, nuestra sensualidad, nuestra pasión, nuestro amor. Una que nos lleve a vivir sin culpa un beso en la calle. O que nos lleva a presenciarlo sin rabia o incomodidad.

Patricia Collyer, periodista y psicóloga, Universidad de Chile.
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