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¿Terapias con alucinógenos? Las sustancias psicodélicas vuelven al laboratorio

LSD y DMT, dos de las drogas más emblemáticas de los 60, están siendo estudiadas nuevamente, para analizar sus posibles efectos terapéuticos en pacientes con depresión, ansiedad o adicciones.

27 de Mayo de 2016 | 15:42 | Por Daniela Pérez G., Revista Viernes
Dos imágenes de un mismo cerebro dieron la vuelta al mundo el pasado 13 de abril. Dos imágenes que en tonos de gris, amarillo, rojo, fucsia y naranja, causaron un revuelo inmediato en la comunidad científica, dando luces por primera vez en 40 años de cómo reacciona biológicamente el cerebro humano cuando consume LSD. Dos imágenes de un escáner que frente a un llenísimo salón de la Royal Society, la entidad científica más prestigiosa del Reino Unido, representan un antes y un después en la historia de la investigación sobre los efectos y posibles beneficios de las sustancias psicodélicas.

Frente a los asistentes, para explicar el pionero estudio, se sentaron tres personas: la condesa de Wemyss and March y directora de la Fundación Beckley, Amanda Feilding; el profesor y director del Centro de Neuropsicofarmacología de Imperial College London, David Nutt, y el investigador a cargo Robin Carhart-Harris. Ellos, desde sus distintas posiciones, fueron los responsables de concretar un trabajo que es tan relevante para la ciencia así como lo es de tabú para la sociedad: escanear los cerebros de personas bajo el efecto del controversial ácido lisérgico y comprobar que, con éste, regiones del cerebro que suelen funcionar de manera individual se conectan entre sí.

Un hallazgo que, hasta hace pocos años, jamás se podría haber concretado.

Luego de ser descubierto por el suizo Albert Hoffman en 1943, el LSD vivió una época de gloria en el mundo médico y terapéutico, lo que se confirma con los más de tres mil estudios clínicos y experimentales que se hicieron desde ese momento hasta la década de los sesenta. Auge que también llegó a Chile donde, de la mano de psicólogos y psiquiatras como Rolando Toro y Claudio Naranjo, se analizaron en profundidad sus efectos en pacientes. Sin embargo, el mismo entusiasmo se vivió desde la vereda recreacional y llegó a su máxima expresión entre la comunidad hippie que, así como promovía su libre consumo, también le daba una visibilidad distinta al ácido, dando pie a las autoridades a criticar fuertemente sus efectos. Desde volver locos a quienes la consumían hasta provocar severos daños a niños en gestación, el LSD se volvió sinónimo de descontrol y perdición. Entonces se prohibió.

“En la década del 60 las puertas de hierro de la prohibición se cerraron fuerte en nuestra cara. Y todos los proyectos de investigación con drogas psicodélicas quedaron archivados”, afirma enfática Amanda Feilding, una figura clave en la investigación de este tipo de sustancias y en la discusión legal que se ha tenido que levantar para así devolverles un espacio a los psicodélicos en el laboratorio.

Desde su creación en 1998, la Fundación Beckley apoya el desarrollo de diversos estudios y realiza una suerte de mecenazgo con instituciones de todo el mundo, como el programa conjunto con Imperial College. Este ya logró revolucionar la escena científica con los resultados del proyecto de LSD, y el 17 de mayo volvió a sorprender anunciando que sus primeras pruebas con psilocibina –componente de los hongos alucinógenos– en personas con depresión severa revelaron que en el 67% de los casos la condición desapareció una semana después del tratamiento y un 42% continuó en remisión tres meses después.

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