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Alejandro S. d’Alessandri, de un deprimido escritor desconocido a una apuesta al best seller

Esta es la historia de un autor del que nadie sabía nada y de cómo el mundo que inventó cuando niño se transformó en una saga de fantasía.

17 de Junio de 2016 | 16:43 | Por Cristóbal Bley, Revista Viernes.
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Ilustración de Edith Isabel
REVISTA VIERNES DE LA SEGUNDA

El año pasado, en el diplomado de Edición de la Universidad de Chile, una profesora les dijo a sus alumnos: “Tengan en cuenta que las grandes editoriales publican en promedio a un autor desconocido cada diez años”. Cuando escuchó eso, Alejandro Salazar d’Alessandri (hoy de 31 años), que ya era un autor, pero sobre todo un desconocido, se decepcionó un poco más de lo que estaba.

El 2011, junto a su amigo Aníbal Herrera, había estrenado su primera película, Marcelo, la mafia y la estafa, una cinta que partió como tesis universitaria de la UNIACC y que terminó siendo protagonizada por Ariel Levy, Daniel Antivilo y Jorge Alis. “Eso sí, no la vio nadie”, dice Salazar. “No alcanzó la plata para la difusión”. Después de un par de años consiguiendo financiamiento para una segunda película –“una especie de Cazafantasmas, con Fernando Larraín como el Bill Murray chileno”–, un abogado los estafó y la productora quebró.

“Desde chico fingía que estaba en el mundo de Star Wars, los Justicieros o Robotech. Pero después me aburrí de los mundos ajenos y comencé a inventar uno propio”, recuerda Salazar, devorándose un rollo de canela, su desayuno a las tres de la tarde. Encima de la mesa, lleno de post-it y anotaciones, está un ejemplar de su primer libro: La espada de la luna rota, una novela fantástica de 620 páginas, el inicio de una saga sobre Équilas, el mundo que comenzó a crear a los 11 años.

“Siempre me sentí muy identificado con una entrevista a un actor norteamericano, Will Macy, el protagonista de Fargo. Él decía: ‘Yo estudié actuación porque me siento más cómodo fingiendo que soy otra persona’. Ahí pensé: ‘Ah, quizá me gusta tanto escribir fantasía porque me siento más cómodo imaginándome que estoy en otro sitio’”.

Salazar se cambió 12 veces de colegio. Junto a su madre, que se separó cuando él tenía seis años, pasaron por muchos doctores, psicólogos y psiquiatras. Algunos decían que tenía algún grado de autismo, otros que podía ser Asperger, pero ninguno entregó un diagnóstico final. “Me hicieron un electroencefalograma pero no tenía absolutamente nada. Estábamos perdidos, y sentíamos que nadie nos ayudaba. Fue la peor etapa de mi vida. En mis cuadernos dibujaba retroexcavadoras destrozando el colegio”.

Aparte de esos dibujos, también creó historias, personajes y un mundo entero. A ellos recurrió después de su fracaso en el cine: Salazar pasó tres meses encerrado, escribiendo Crónicas de Équilas desde que oscurecía hasta que salía el sol. Luego se tomó ocho meses para editar y corregir el texto por su cuenta, y cuando finalmente quedó conforme, envió el manuscrito a todas las editoriales que pudo. Ninguna le respondió, ni siquiera para decirle que no. “Yo estaba deprimido: la mitad del día veía animación japonesa y la otra jugaba juegos en línea. Había fracasado en el cine y no me funcionaba la literatura. No sabía qué hacer con mi vida”. Su tío, que es como su segundo padre, le decía que era momento de ponerse los pantalones, de comenzar a trabajar. Su madre y su abuela lo apoyaban, pero sin dejar de preocuparse.

Hasta que una tarde, ocho meses después de enviar los manuscritos, le llegó un mail. Era de Josefina Alemparte, directora editorial de Planeta, quien decía que el informe de lectura que le había llegado de su novela era excelente y que esperaban hacer grandes cosas con ella. “Yo quedé en shock”, cuenta Salazar. “Mi mamá se puso a llorar”.

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