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Educar contra el racismo: La labor de las escuelas chilenas ante la llegada de migrantes

En los últimos 20 años, el número de extranjeros que ha llegado al país aumentó explosivamente, trayendo consigo nuevas culturas que desafían la convivencia entre ellos y chilenos. Ante una discriminación que se hace más visible en la vida cotidiana, la sala de clase es el lugar para empezar a combatirla.

23 de Julio de 2016 | 17:19 | Por Daniela Pérez G., Revista Viernes
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Según el Departamento de Extranjería y Migración son más de 470 mil los migrantes que actualmente viven en el país.

Sabino Aguad
REVISTA VIERNES DE LA SEGUNDA

“A mi mamá le da asco que vengan haitianos al país, porque dice: ‘antes Chile era un país de blancos, ahora es de negros y blancos. Me da asco’. A veces tengo tanta rabia con ellos, que pienso lo mismo”. “A mí me tocó vivir una situación muy fuerte, entre los alumnos le comenzaron a decir a otra que era hedionda. Las llevamos a la oficina con la inspectora general y lo conversamos, tratamos de ser lo más sutiles, entre la niña chilena y la otra niña, que se sentía muy mal, porque me decía ¿por qué me dice que estoy hedionda?”. “Tuve una situación la semana pasada, lo informé a inspectoría, a orientación, de una niña que estoy segura que claramente cometió un acto de discriminación. Se burlaba de otro niño, le hacía gestos de mono, y en otro momento se paró y con un encendedor le quemó el pelo”.

Estos son algunos de los testimonios de estudiantes y profesores de un colegio anónimo en Santiago para evaluar el racismo en los colegios. El estudio, “Sobre el racismo, su negación, y las consecuencias para una educación anti-racista en la enseñanza secundaria chilena”, publicado el año pasado por Carolina Stefoni y Andrea Riedemann, de la Universidad Alberto Hurtado, evidenció una realidad poco advertida en el país: la dureza y crueldad con la que son recibidos los migrantes en Chile.

En una época en la que más de 63 millones de migrantes recorren el mundo –cifra que ha aumentado durante cinco años consecutivos–, de los que más de un millón son chilenos, las políticas de los países se han vuelto cada vez más restrictivas y el rechazo a los extranjeros sólo se profundiza. Una realidad que no es ajena a Chile, donde una nueva Ley de Migración aún no se concreta. La actual, de 1975, ve al extranjero como un riesgo potencial para la Seguridad Nacional.

Chile, desde la década del 90’ se transformó en un país de acogida, económicamente atractivo, aumentando el número de migrantes en las calles. Hoy, según el Departamento de Extranjería y Migración, son más de 470 mil, sin contar a quienes se encuentran en situación irregular.

Es decir, hay cerca de medio millón de personas sujetas a eventuales maltratos físicos y psicológicos por sus rasgos y costumbres. Según los especialistas, este racismo es una herencia que se arrastra desde la colonia y que está enfocado en quienes llamamos inmigrantes –peruanos, bolivianos, haitianos y colombianos–. Pero no en quienes reconocemos como extranjeros –europeos e incluso argentinos–, otorgándoles una mayor o menor jerarquía social.

¿Por qué somos racistas? Para Carolina Stefoni, directora del Departamento de Sociología de la Universidad Alberto Hurtado (UAH), el racismo no es algo que esté inserto en el ADN. “Uno no nace siendo racista y tampoco siendo no racista. Es algo que se aprende”.

En la casa y en el colegio


En Chile, todos los hijos de migrantes tienen derecho a educación y pueden incorporarse como alumnos regulares a las escuelas nacionales, aun cuando los padres no tengan su situación de residencia al día. Es así como, según datos del Ministerio de Educación, para el 2015 el sistema público en todo el país recibía a 18.751 estudiantes extranjeros, de los cuales 8.110 (43%) asistían a colegios en la Región Metropolitana.

Y es en la principal región del país donde este año se concentra un 45% de las denuncias de discriminación racial. Hasta junio, el Mineduc ha recibido estas alertas, que ha identificado de las siguientes formas: prejuicios, maltrato psicológico por ser de otro país; pelea entre compañeros, en que la culpa siempre la tiene el extranjero; arbitrariedad en medidas disciplinarias; apariencia personal (uso de trenzas); idioma (lo acusan de tener problemas fonoaudiológicos y psicomotores, porque el alumno no comprende las órdenes), y burlas por color de piel.

Lee el reportaje completo en revista Viernes de La Segunda.