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"Sobreviví a mi infancia": Tres mujeres y sus experiencias en el Sename

Son días negros para la institución. El sistema de protección infantil ha mostrado evidentes señales de colapso. Mientras se esclarecen las cifras de cuántos son los niños, niñas y adolescentes muertos en sus recintos, aún siguen bajo su cuidado otros 15 mil. ¿Qué es lo que viven ahí? ¿Cómo rearman sus vidas? Tres mujeres relatan su experiencia.

29 de Julio de 2016 | 15:41 | Por Natalia Ramos Rojas, Revista Viernes

Sacar la voz. Esa fue la primera sensación que tuvo Cheyenne Rezzio (24) cuando escuchó, en abril de este año, la historia de Lissette Villa, la niña de 11 años que murió en un centro del Servicio Nacional de Menores (Sename) por una aparente sobredosis de medicamentos, porque, a más de un mes y medio de su fallecimiento, todavía no hay una causa determinada. Este caso, después de tantos años de silencio, la hizo revivir la década que permaneció en un hogar colaborador de esta institución en Quilpué, en el que permaneció desde los seis a los dieciséis, hasta que un familiar pidió su tuición en 2008. La muerte de Lissette volvió a abrir la herida.

“Cuando tenía trece años estuve varios meses en un tratamiento por depresión. Tomaba diazepam, ravotril, fluoxetina y clorpromazina, diariamente. La tutora, a cargo de la casa en donde yo vivía, nos entregaba las tiras de pastillas a nosotros, quizás por flojera, pero cada uno se tenía que hacer responsable de tomarlas. Pero un día olvidé tomar una de las dosis y junté dos para que no me fueran a retar. Nunca pensé que me iba a hacer tan mal. Comencé a sentir la lengua dormida, luego se me durmió todo un lado del cuerpo y nadie entendía lo que hablaba. Me llevaron rápido, de madrugada, al hospital. Ingresé con preinfarto cerebral, pero cuando desperté estaba en la UCI amarrada a una camilla, porque supuestamente había intentado suicidarme. ¿Para qué iba a querer suicidarme, si ni siquiera sufría por las cosas que me pasaban? Prefirieron hacerlo pasar por eso y no responsabilizarse de una negligencia de ellos. Por eso, cuando vi el caso de Lissette, decidí hablar. Ella tuvo los mismos síntomas míos, pero se murió y nadie va a hablar por ella. Yo también podría haber muerto ese día, como los más de 185 niños que han fallecido en los últimos 10 años y que ahora no pueden dar su versión de las cosas. Yo sí, y tengo la responsabilidad de hacerlo por todos los que aún están ahí”, dice convencida.

Los recuerdos más duros de Cheyenne están relacionados con el consumo de medicamentos. Y uno de los episodios más fuertes que le tocó vivir ocurrió cuando aún no superaba los 14 años de edad. “Andaba todo el día con sueño, era terrible. Lo único que quería era dormir y la tutora que me cuidaba no me dejaba. Pero un día tuvimos un problema. Me dio un ataque de furia porque esas pastillas me ponían eufórica, sobre todo si no me dejaban dormir, y le saqué la chucha a la tía. Primero, ella me pegó una cachetada porque la insulté, y sobre la misma le pegué un combo de vuelta. Fue la primera vez que me rebelé”, recuerda.

Al momento de la golpiza, Cheyenne estaba muy consciente de que esa tutora pagó por un maltrato acumulado que recibió de las anteriores cuidadoras: no era la mujer que la rapó al cero por una plaga de piojos y que la obligó a usar ropa de hombre cuando tenía ocho años. No fue quien le botó sus dientes de leche a puñetazos con un anillo coronado con una gran piedra de ónix incrustada. Tampoco era la pareja de su madre alcohólica, que abusó sistemáticamente de ella por casi nueve años; menos era su compañero de hogar, seis años mayor y tan vulnerable como ella, que a sus 12 la chantajeaba con juguetes para que le tocara sus partes íntimas. La mujer que recibió su combo sólo fue la gota que rebasó el vaso, porque los ocho años que llevaba viviendo en esta institución sólo le dejaron traumas que, pensaba, dejaría atrás cuando saliera de ese lugar.

CÍRCULO DE VIOLENCIA

Hace cinco años, un día cualquiera, Eva Viera (32) recibió una notificación. Los constantes gritos que se escuchaban en su casa, dirigidos a sus dos hijos, dieron pie a una denuncia por violencia intrafamiliar entablada por sus vecinos en el Tribunal de Familia de Punta Arenas. Esto desencadenó que su ex pareja, padre de su segundo hijo, pidiera la tuición de los niños.

"Cuando fui a declarar me desahogué. Mi infancia había sido muy difícil: había crecido en dos centros del Sename de Santiago en la década de los noventa. También detallé los problemas que había tenido con mi familia y con mi mamá, que era muy estricta y que me hizo creer que yo nunca iba a poder lograr nada en la vida. Me volví una persona muy dura y, cuando tuve a mis hijos, fue el modelo que repliqué. Yo estaba muy consciente de que necesitaba ayuda para cambiar, por eso conté todo y les pedí ayuda", cuenta Eva. Pero su sinceramiento le jugó en contra. El tribunal decretó que no era una persona apta para hacerse cargo de los niños. Los fantasmas de Eva volvieron a su vida cuando, decidida a cambiar, comenzó a escudriñar en su memoria y recordó cómo la historia, con algunos matices, se repetía.

En 1991, con nueve años, Eva llegó a un centro femenino administrado directamente por el Sename, después de que sus vecinos denunciaron a Carabineros que, reiteradamente, su madre los dejaba solos a ella y su hermano (12) por las noches. Cuando la policía los fue a buscar, salieron de la casa con lo puesto, dejando atrás todo su sentido de pertenencia. Los separaron y a ella la ingresaron a un centro ubicado en la comuna de Santiago. Cuando arribó al lugar donde la cuidarían, todavía lloraba. Para que estuviera más cómoda, una persona guardó su chaqueta. “Nunca más la vi, igual que toda la ropa con la que llegué. Me hicieron elegir algo para ponerme, entre unos montones que estaban en el suelo, y nunca más volví a usar mi ropa ni mis zapatos”, dice.

La dureza de las cuidadoras y de las niñas en el centro fue una de las cosas que más le llamaron la atención. “Nunca había visto mujeres más feas. ¡Eran tan serias! Todas eran terribles; las tutoras eran muy agresivas, y las niñas, pese a que eran chicas, eran muy violentas y peligrosas. ¡Había una que estaba ahí porque había intentado matar a sus papás! A esa ni siquiera se le podía mirar la cara. Como yo no hablaba con nadie, me decían ‘Pollo’”, recuerda Eva. Pese a su fragilidad, no tuvo un trato distinto al de las demás internas. “Nos decían perras, nos huevoniaban para arriba y para abajo. Pregunté si había algún libro para poder entretenerme y la mujer a cargo mío se rió, de manera burlona, y me dijo ‘libros quería la hueona’”. Esa misma mujer me obligaba a decirle mamá. Me decía ‘tu mamá no te quiere, por eso estai aquí. Así que de ahora en adelante tení que decirme mami’”, recuerda.

El día de Eva comenzaba de manera similar al de Ángeles: ducha con agua helada a las seis de la mañana, hacer sus camas y dejar todo ordenado, para luego tomar desayuno. ¿La diferencia? Con el desayuno Eva recibía la primera de las dos pastillas del día, y después de eso no había nada más. No había un plan escolar ni actividades para las internas. Pero lo peor era cuando llegaba la noche. “Cuando empezaba a oscurecer me angustiaba mucho. Dormíamos en una especie de galpón gigante, en donde había como cuarenta camarotes y ninguna ventana. En las noches se escuchaba de todo; las niñas estaban en plena adolescencia y había muchas que eran lesbianas. Me daba mucho miedo dormir porque no sabía qué me podían hacer. Todas las noches lloraba y, pese a que también nos daban una pastilla para dormir, nunca pude hacerlo tranquilamente”, recuerda.

Su madre no le fallaba los días de visita, aunque la compañía durara sólo unas horas. “Mi mamá llegaba y yo la abrazaba y llorábamos juntas. Me contaba qué gestiones estaba haciendo para sacarme de ahí. ‘Aguanta Evita, que ya queda poco’, me decía. Yo me acostaba y ponía mi cabeza en sus piernas. Ella me hacía cariño y aprovechaba de despiojarme”.

La única vez que Eva pidió ayuda fue cuando una noche, sin querer, orinó su cama. Se levantó para cambiar las sábanas, pero la mujer a cargo la insultó y, con un golpe, le ordenó que fuera a lavarlas. Descalza, la niña fue al patio para cumplir la orden y al volver encontró la puerta de su pieza cerrada. “La mujer me dijo que esperara ahí. Pasó la noche, hacía mucho frío. Me puse a jugar con una poza de agua en el patio, que luego se escarchó y comencé a comerme el hielo. Cuando comenzó a salir el sol, la cuidadora me dijo que me fuera a bañar, que el día ya había comenzado”.

Los días siguientes a ese episodio, Eva cambió. Endureció su carácter, comenzó a hablar sólo con garabatos y adquirió las costumbres de las internas como método de sobrevivencia. Cuando volvió a su casa, seis meses después, estos cambios se hicieron más evidentes: no le obedecía a su madre, adoptó una actitud desafiante con sus profesores y agresiva con sus compañeros de curso. A los 13 años la pillaron robando por primera vez en un supermercado e ingresó, nuevamente, a un centro del Sename, pero esta vez al de Pudahuel. “Llegué de entrada más chora y altanera. Ahí la agresión era entre las mismas internas y no tanto de parte de las cuidadoras, que si bien no te tratan de manera amable, tampoco te pegaban ni te insultaban tanto como en el hogar de Santiago. Aquí incluso había libros, teníamos sábanas de princesas y de Mickey, podíamos ver televisión y el dormitorio tenía sólo cinco camarotes”, cuenta.

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