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Gentries: Los nuevos habitantes de la Plaza de Armas

Estos profesionales jóvenes y cosmopolitas, habitan y contribuyen en la recuperación de barrios centrales de Santiago, y actualmente tienen su bandera de lucha en el Portal Fernández Concha.

02 de Diciembre de 2016 | 15:34 | Por Natalia Ramos Rojas y Gregorio Riquelme
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"Me niego a darle la espalda a la ciudad, al esfuerzo que costó hacer estos edificios", dice Josefina Pedraza (a la der.). Las otras imágenes muestran la fachada y espacios interiores del Portal Fernández Concha.

Sabino Aguad
Se enamoró de la amplitud del espacio. Del techo alto que casi alcanza los tres metros, de los pasillos anchos, de los detalles, de la buena arquitectura, de su pasado patrimonial. De salir a la calle y poner, inmediatamente, un pie en la Plaza de Armas. Por todos estos atributos, el Portal Fernández Concha fue el lugar que la madre de Josefina Pedraza (44, diseñadora) eligió, en 2004, para instalarse cuando viniera a Chile de vacaciones desde Nueva York, donde estaban radicadas hace años. El edificio, en su primera planta atestado de locales de comida rápida, albergaba oficinas, bodegas y a algunos residentes. Para su madre arquitecta, y para ella, una de las principales motivaciones que tenían era la puesta en valor y la recuperación de este espacio que, hasta entonces, se encontraba deteriorado. “Este es un edificio patrimonial, que tiene una importancia histórica. Los símbolos son muy importantes en las ciudades y estar aquí es hacerle honor a nuestra propia historia”, dice Josefina, sentada en el living de su departamento convertido en dúplex, al que se vino a vivir en 2011.

Sin saberlo, Josefina encaja en lo que la geógrafa y doctora en urbanismo Yasna Contreras define en su libro Los nuevos habitantes del centro de Santiago, como un gentrie pionero: citadinos con una riqueza cultural y un apego por lo patrimonial e histórico, representados por profesionales, empresarios, artistas e intelectuales, que arriban a áreas centrales deterioradas, en proceso de transición urbana; o bien, personas que estimulan de forma directa o indirecta, la recuperación y rehabilitación de barrios centrales. Para Contreras, que realizó esta investigación entre 2008 y 2012 como parte de su tesis doctoral, y que el 15 de diciembre lanzará este libro, la figura del gentrie –como se le llamó a la clase alta londinense que en el siglo pasado se volcó a los barrios obreros para habitarlos– era identificable en los sectores de Lastarria y Bellas Artes. Pero no estaba en sus planes encontrarlos en la Plaza de Armas.

“Para mí fue una sorpresa. Yo estaba parada ahí, entrevistando a unos comerciantes, cuando les pregunté si sabían de gente viviendo en el Portal Fernández Concha. Entré y fue una bola de nieve. Uno me llevó al otro y la mayoría de las personas con las que hablé respondían al mismo perfil: jóvenes o adultos profesionales, muy vinculados al arte y la arquitectura, que habían vivido en Nueva York, Barcelona o París, y que venían con esta idea de vivir en espacios de diversidad”, recuerda Contreras, quien además es académica de la Universidad de Chile.

“Me gusta vivir en el centro per sé”, dice Josefina. “Yo viví en Nueva York muchos años, soy muy urbana, el aislamiento de los suburbios no me acomoda. Me gusta caminar, tener el transporte público a la mano, resolver la mayoría de las cosas caminando, tomando micro o un taxi. Habiendo espacio habitacional en Santiago de excelente calidad, con parques, prefiero eso. Además que involucrarse, vivir con gente distinta a ti, me parece que hace bien”, dice Josefina sobre las ventajas de vivir en el corazón de la ciudad.

Por la ventana de su departamento se ven las palmeras de la plaza y la torre del Museo Histórico Nacional. Es medio día y, aunque este lunes hay más de 30 grados, la ventana está cerrada. Por más que trata de evitarlo, la prédica de un pastor evangélico hace eco en su departamento. El hombre, con un micrófono conectado a un amplificador, grita enajenado sobre serpientes y el infierno. Josefina frunce el ceño. “Mis rangos de tolerancia son bastante altos. Obviamente, tengo muy claro que estoy en el centro de la ciudad, en donde hay un nivel de ruido mayor que en otros sectores. Pero tener a alguien gritando todo el día ya se transforma en un problema sanitario, de salud mental. Es una agresión continua, que se traduce en un deterioro de la calidad de vida impresionante. Los días lunes, incluso, hacen una especie de misa, que parte a las ocho y termina después de las diez de la noche”, dice molesta.

El enamoramiento que Josefina sintió con el Portal Fernández Concha, y con la idea de vivir en la Plaza de Armas, pasa por una crisis. En ella contribuyen, en mayor medida, las prédicas de los grupos religiosos que diariamente superan los 50 decibeles permitidos, para bordear, e incluso sobrepasar, los 80 decibeles gracias a la amplificación. A esto se suma el ruido de las actividades culturales programadas por la Municipalidad de Santiago en el orfeón, el olor nauseabundo que resulta de la mezcla de los locales de completos y de la orina que contamina los recovecos de la construcción y que colonizó la entrada del portal y, además, las prostitutas que merodean el sector sur de la plaza y que utilizan los departamentos del edificio como centro de operaciones.

Vecinos del km 0


Más de dos millones de personas transitan, todos los días, por la Plaza de Armas de Santiago. Considerado el kilómetro cero de la ciudad, es el centro neurálgico del comercio y es, además, uno de los lugares con mayor diversidad cultural del país. Pero lo que pocos saben es que en los edificios que bordean este cuadrante, viven más de 500 personas. Uno de los inmuebles que tiene mayor cantidad de residentes es el Portal Fernández Concha. Inaugurado en 1872, es un mudo testigo de las innumerables restauraciones de la Plaza de Armas.

Sus orígenes se remontan a una catástrofe: fue construido sobre los restos de una edificación anterior, consumida casi por completo por un incendio en 1869. Los hermanos Domingo y Pedro Fernández Concha compraron los restos de la construcción siniestrada y encomendaron a los arquitectos Josué Smith Solar y José Smith Miller –padre e hijo– diseñar un nuevo proyecto, con cuatro pisos, en una época en que las construcciones de altura eran escasas. Inaugurado en 1872, la edificación no sólo generó revuelo por su prestancia, sino que también pasó a ser referente en un punto de la capital que era lugar obligado de encuentros sociales. Primero fue el Hotel Santiago, luego pasó a ser el Hotel Inglés, tuvo oficinas y reparticiones públicas, fue el primer edificio de Chile en tener luz eléctrica en todas sus habitaciones y fue declarado monumento nacional en 1986, junto a la plaza y todo su contorno.

Esta jerarquía también cautivó a las arquitectas Javiera López (37) y María José Cruz (45). Ciudadanas de París y de Santiago -dependiendo de la carga laboral que tienen en ambas capitales-, decidieron comprar un departamento en el Portal Fernández Concha hace dos años, a pesar de que muchos de sus cercanos les recomendaron invertir en Providencia. “Cuando vimos el Portal, nos enamoramos. Nuestra familia y amigos nos dijeron que estábamos locas, que éramos demasiado europeas, que cómo íbamos a vivir ahí, que es muy peligroso. Pero yo he vivido en varias ciudades de Europa y la gracia está en el centro: es multicultural, están todas las nacionalidades y las clases sociales se mezclan. Estamos al lado de la Vega y el Mercado Central, de los museos, las galerías”, explica Javiera, hija de un matrimonio chileno-alemán.

El primer paso fue arrendar un departamento en el Portal: “Queríamos sentir la experiencia de vivir en el centro y confirmar que sí se puede”, dice María José. Los primeros meses fueron placenteros, no sólo porque el inmueble cumplía con sus expectativas, sino que también porque coincidieron con la restauración de la plaza del año 2013, lo que les permitió, incluso, escuchar el ruido del agua en la fontana central. Iniciaron la búsqueda en el mismo Portal para comprar un departamento, pero el único que estaba a la venta era muy caro y grande. Finalmente, en la esquina de Diagonal Cervantes con Santo Domingo, una cuadra al norte de la plaza, encontraron un departamento que las dejó sin habla. Lo compraron, pero el enamoramiento por el Portal Fernández Concha continuó, hasta que la tozudez tuvo resultados. “Se puso en venta un departamento. Lo fuimos a ver y lo compramos inmediatamente”, cuentan.

Pero el sueño de estas gentries acabó. Los trabajos de remodelación de la plaza terminaron, retornó la vida rutinaria y para María José y Javiera no fue agradable. Lejos quedó el silencio de meses atrás, el espacio público se inundó de estridentes predicas religiosas, interminables concursos folclóricos, suciedad, malos olores, riñas, delincuencia y prostitución. “La contaminación acústica es excesiva y constante. Es insoportable. No puedes trabajar, no puedes escuchar música, no puedes hacer nada”, sentencia Javiera. “En algunos momentos me da la sensación de que este lugar es invivible. No puedo estar ni descansar, y si no puedo hacer esto en mi casa, termina siendo realmente un problema”, dice María José.

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