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Columna: Reloj de Arena

18 de Enero de 2002 | 16:29 | Amanda Kiran
Ese verano me quedé sola en la casa de la playa que mis abuelos me prestaron. Esa madrugada se sentía lejano el murmullo de la casa a borbotones, protagonizado por los porotos como plato esencial para alimentar a una prole de hijos, ahijados, nietos, sobrinos, mezcla de todo, con historias independientes entrelazadas.

Despertar esa madrugada, me costó. No es fácil alojar en una casa cuyas piezas son parte de alguien, con personalidad propia. Que desconexión. Más plena es estar en una vida paralela por casi dos meses, donde no cuentan los horarios, ni las reglas, ni la ropa, ni la tensión. Sólo la vida, respirar cada minuto con más intensidad que el otro, robado, por los espacios vacíos de tiempos, que son pocos, en compañía de las paletas, el nado hacia la balsa, la caminata a la playa abandonada, la cabalgata memorable en los días nublados, y hasta la pichanga de fútbol, a la cual era invitada sólo las veces que les faltaba arquero.

Anexo, existían deportes paralelos como el buceo corto y las clases de navegación, para conocer al “mino” que las enseñaba ese año.

Siempre era uno distinto y mis primas se las arreglaban para ser las primeras de la lista del curso, que para ellas duraba dos días, porque eso se demoraban en conquistar al profesor y luego seguir sus vidas normales, mientras él quedaba como bobo tras ellas.

Amanda KiranMis primas eran codiciadas todos los veranos, eran como mi prototipo a seguir, que nunca logré imitar, sólo observar. Eran tres, y muy bonitas, cada una en su tipo. Karla, Blanca y Lola... La Karla fue Miss Chile un año, así que no exagero en su belleza, lograba juntar un séquito, y yo gozaba viéndola a la cabeza del grupo de las tres Sirenas de la Playa (apodo que se ganaron en un concurso), que se reían de todo, y de todos, gozando sanamente de su belleza y arrastre.

Mis hermanos y primos eran dignos de admiración también. Eran el centro de atención en la playa, con las mil y una historias que contaban día a día, producto de la imaginación de cada uno, con personalidad independiente, amigos en conjunto y bien acompañados por las sirenas.

Entonces, la perfección era completa. Durante esos dos meses la vida era fácil y no existían problemas. Nadie sufría abusos de ningún tipo, ni peleas por elegir el programa de la tele o por pedir permiso para llegar más tarde.

La única preocupación era quién lavaba los platos. Para eso programábamos los días en turnos y en duplas, y a mí –que afortunadamente me tocaba con mi vieja- me encantaba, sobre todo por lo bueno que era conversar con ella sin importar la diferencia de edad.

Hasta ese trabajo valía la pena. Daba lo mismo con tal de bajar a la playa, tipo siete y media, juntar los veinte que llegaban a jugar la clásica pichanga bajo las cadenas del mirador mas visitado, en la playa, con arcos hechos con poleras o toallas...

... Me di cuenta de que por unos segundos me había dormido.

Me levanté de madrugada para salir a trotar. Estaba sola, rodeada de muebles polvorientos, gran vista, pasillos vacíos, con olor a mar ya un poco seco con el pasar de los años. Recuerdos que se mantienen vivos gracias a uno, a cada uno, a cada uno que los viva como lo hice yo esa mañana.

Me amarré las zapatillas y compartí con el sol uno de los amaneceres más solitarios que he tenido nunca, y antes de ponerme a llorar comencé a trotar y a veranear.

Amanda Kiran