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Columna: Auto gol

30 de Abril de 2002 | 17:31 | Amanda Kiran
Era un domingo para ir al estadio, solcito, un poco de calor, así que cuando mi hermano venía llegando a la casa lo agarré de un ala y nos fuimos en mi auto al Santa Laura, donde jugaba Palestino con la "U". En el camino, él me comentaba que el Santa Laura le parecía un estadio de barrio, metido entre casas, como si estuviéramos en Avellaneda, La Plata o Boedo.

Amanda KiranEs cierto. Sin dejar la capital, uno se siente en Melipilla, o en Rancagua. Se llega al Santa Laura a un estadio chico, de madera, donde se escuchan los garabatos de los jugadores y donde pareciera que la gente que vive alrededor no necesitara salir nunca de ahí.

Ibamos por Vespucio llegando a Independencia. Por la ventana del auto veíamos las canchas entierradas, a una lola –pierna al lado- sobre el fierro de la bicicleta de su novio, un pelao chico debajo de un arco sin redes, pero con la tenida del equipo impecable, todos iguales, vestidos para matar; un flaco solo jugando con un perro, el único capaz de ir a buscar mil veces el palo que le arrojaba su amo. Por la desconcentración, varias veces estuve a punto de caerme a algún hoyo, hasta que llegamos a la Plaza Chacabuco. Desde ahí se ven las luces del Santa Laura.

Cuando estábamos ya a una cuadra, decidimos estacionar. Mi hermano tenía una picá con "El Gordo", cuidador desde que tenía siete años y que él conocía hacía mucho tiempo, desde que le preguntaba qué hacía con la plata y "El Gordo" le contestaba que la gastaba en puras calugas.

Esa tarde, "El Gordo" estaba más grande y menos gordo, tenía 15 años y mi hermano José le volvió a preguntar qué hacía con la plata. "Ahora me la gasto en minas y en carrete", dijo convencido. Y nosotros no nos reímos.

Ya en el estadio me di cuenta de que el fútbol chileno no deja de impactarme. Sobre todo por estar entre tanta gente (hombres, mayormente) que pierde todo tipo de pudor, gana todo tipo de humor, y entremezcla todo tipo de sentimientos en un sinfín de ilusiones que duran apenas noventa minutos. Apenas tienen el entretiempo para tomar fuerza y así seguir luchando, puteando, llorando o riendo, dependiendo el destino del partido.

Esa tarde, la visita era el local, y no porque hiciera un mejor partido sino porque tenía mucha más hinchada. Hacía frío y calor, tomamos café y bebidas, nos desabrigamos y tapamos, sufrimos y gozamos los goles, estuvimos en todas.

Cuando terminó el partido, esperamos un poco para que bajara la gente y la barra de la "U" dejara de tirarle peñascos al árbitro, culpable parece de la derrota. Con el estadio más vacío y más callado, nos fuimos al auto. En ese trayecto nos separamos de los amigos ocasionales con los que vimos el partido y vimos al "Gordo" peleando con tres pandilleros más grandes que él y que se habían robado las insignias de algunos autos.

-¡¡¡Váyanse, rechu......!!!- les gritaba sin arrugar, con un palo en la mano.

Los tres gilotes, cuando vieron que veníamos llegando, se arrancaron sacándome la madre. "El Gordo", colorado como tomate y mojado como pera, se sonrió.

-Señorita Amanda, es que le querían pelar la W de atrás...

-Guatón -le contesté- no creas que no agradezco lo que acabas de hacer, pero ¿corriste peligro sólo por una insignia?

-Chí, señorita, es mi pega pos... ¡si la hago, la hago bien!

Esa frase no la voy a olvidar. Sonó profesional, como un guardaespaldas o como una buena película de Robert de Niro, ésas en que está su deber por sobre su vida. Vi al guatón tan valiente y dedicado, que me pareció invaluable, y casi, casi como a Kevin Costner.

En mi trabajo no sé si pensamos así. Cada uno está donde está y punto. La realidad que nos ha tocado, no nos deja ver la astucia que tenemos, porque hemos tenido suerte, y la cosa nos sale fácil.

Nos íbamos. José me mostró que en su billetera tenía un billete de luca y uno de cinco mil. "El Gordo" cobraba mil, pero saqué el de cinco. Le ofrecí llevarlo, pero dijo que de ahí se iba a buscar a una "pololita", así que muchas gracias señorita Amanda. Le pasé las cinco lucas y me subí.

-Oiga! -Me gritó- señoritaaa...

Creí que se había ofendido. Mi hermano al lado, me retaba: "viste, heriste sus sentimientos".

-¿Qué pasó, guatón? -contesté, medio colorá...

-¿Se equivocó, o es un regalo?

No supe qué decir, pero después pensé en que ya estaba hecho. Me demoré segundos, y entre tensión le dije que era un regalo.

-Chuta, se pasó, bacán, gracias...

Y se fue corriendo.

Era valiente, pero no gil.

Amanda Kiran