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Columna: Amanda Mundial

12 de Junio de 2002 | 18:58 | Amanda Kiran
Llegué a mi casa rajá para meterme a la cama temprano. A las dos y media sonó el despertador, prendí el tele y me apresté a ver a Argentina, mi favorito.

Qué fome era verlo sola, pero un miércoles a las dos y media de la mañana, no es fácil encontrar compañía. Me levanté a ver a mis hermanos, pero los dos dormían profundamente en sus piezas.

Me preparé un café gigante para durar el partido entero, porque era riesgoso meterme en la cama y desafiar al sueño. Ante la duda, me acordé de Ramón, mi conserje que debería estar viendo el partido, así que lo llamé por el citófono.
El -que ya debe andar por los 60- siempre me cuenta sus pichangas, y me molesta cuando el Colo le gana a la "U".

-¿Ramón?

-Sí, Amanda, ¿como estai?

-Estoy bien, y tú, ¿estas viendo a Argentina?

-Si, pos

-¿Puedo ir a verlo contigo?

-Claro, vente no más.

Agarré una frazada, me puse una chomba sobre el pijama, me metí al ascensor y bajé a la recepción de mi edificio.

Ramón tenía una tele chica, media vieja, con perillas, y una estufa todavía más pequeña con la que calentaba la silla hille que me tenía preparada a su lado. Tenía dos tazones y yo, al saludarlo, los llené con café.

Nadie llegó durante la noche, así que pudimos ver el partido tranquilos, aunque yo estaba un poco ansiosa con el gol que no salía. La defensa de Suecia estaba colgada de los palos, no demostraba que eran mejor equipo, para nada.

Ramón compartía conmigo que a este mundial le ha hecho falta el fútbol fascinante y sólo ha habido ganas de no perder. Los dos extrañamos ver a una figura como Maradona, con la magia pegada al pie, a los movimientos, a la luz que irradiaba en la cancha.

Además, habría sido tan útil, para mantener la ilusión de los argentinos de pasar a la siguiente ronda, a la siguiente, hasta la final, como un sueño, que ya se vivió un par de veces.

De todas maneras, sin él, me parece un país que pese a la derrota, se acopla, se apoya, se aferra, a que sus jugadores dejaron todo en la cancha, y se unen en un llanto colectivo admirable, detrás de una tremenda desilusión, a la cual me uno.

Ramón asentía. Como lo haría un abuelo me contó cómo vive el deporte, cómo vibra con sus partidos y con el Mundial. Le pregunté si le gustaría estar ahí, en un estadio, en vivo, mirando el partido.

-¿Para qué? Entonces no lo estaría viendo contigo -dijo, y se sonrió- Amanda, mi realidad es siempre la mejor, eso siento.

Quedé feliz con su respuesta y agradecí que los flojos de mi familia no se hubiesen despertado, aprendí mil cosas viendo un partido de fútbol con Ramón.

Tristes, con el pitazo final, las lagrimas de los jugadores, la cancha sin magia y nosotros sin transmisión, me tuve que ir a acostar.

-Gracias por todo, Ramón.

Como buen conserje, llamó al ascensor y me abrió la puerta.

Amanda Kiran
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