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Italianos siguen jurando que les robaron el Mundial

Parlamentarios iracundos, prensa parcial, hinchas deshechos y políticos enfrentados sigue manteniendo viva la eliminación de los italianos a manos de Corea del Sur.

20 de Junio de 2002 | 10:24 | EFE
ROMA.- La tradicional exageración del pueblo italiano, en su vida pública y privada, en sus gestos y su cortesía, ha escrito un capítulo difícilmente superable con la eliminación de su selección nacional de fútbol del Mundial de Corea y Japón.

Los errores arbitrales han vuelto a poner de manifiesto la idiosincrasia de un país que, por encima de otros valores más espirituales y a falta de seculares tradiciones, tiene en el fútbol su seña de identidad moderna.

A la monta de este sentimental caballo nacionalista se ha desbocado una avalancha de excesos, alimentada por la repetición interminable de las ofensas arbitrales en sesudos programas de televisión, que han puesto sordina a los evidentes defectos.

Los excesos, recordados desde buena parte de la prensa, han superado en muchos casos los límites de lo deportivamente correcto hasta rozar lo increíble, lo hilarante y lo grotesco.

La lista es interminable, desde la expulsión fulminante del Perugia del coreano Ahn por marcar el gol de oro que significó la eliminación de Italia, hasta la petición de que Collina se niegue a arbitrar la final del Mundial.

El recurso al boicot lo han hecho suyo hasta los enojados políticos italianos, con una propuesta para no ver por televisión los partidos que restan del campeonato y otra, aún mas descabellada, para que la Unión Europea invite a los Quince a abandonar la FIFA.

Los excesos verbales han sido estos días coro y eco en la calle, en el Parlamento de papel y en el de verdad, donde un hombre flemático como el presidente del Senado, el jurista Marcello Pera, gritó: "Nos han robado, nos han robado".

El agravio por los errores arbitrales, personificados en el colegiado ecuatoriano Byron Moreno, ha agotados todas los calificativos y las referencias a las conspiraciones de manual, de Maquiavelo a nuestros días.

Falta aún por vivir un capítulo que se anuncia explosivo: el regreso del presidente de la Federación Italiana de Fútbol, Franco Carraro, y sus esperadas explicaciones sobre la pérdida de peso del país en la FIFA, interpretado como la fuente de todos los males.

A Carraro le precede un reguero de pólvora, en forma de denuncia periodística de momento apenas hilvanada con muchos apuntes y pocas pruebas, sobre una presunta compra del árbitro ecuatoriano por los dirigentes federativos de Corea del Sur.

Entre tanta desesperación y protestas, los excesos han relegado a un segundo plano a los defectos, que los hubo, de los jugadores y del entrenador, Giovanni Trapattoni, y que pocos subrayan con las lágrimas de la eliminación.

Cuarenta y ocho horas después de la tragedia, comienzan a desperezarse las miradas críticas hacia el entrenador, que vuelve con la intención de seguir al frente de un equipo, encadenado a su eterna leyenda del cada vez mas denostado cerrojo.

También surgen las primeras voces que llaman a mirar puertas adentro los errores cometidos (tácticos y técnicos) y a exagerar lo justo el escándalo, a dramatizar sólo hasta donde se debe.

En medio de estas guerras fría y calientes, pocos signos de distensión efectiva, gotas contadas de humor, el desagúe mas directo para mandar la rabia a otra parte, como decía hoy un verdugo arrepentido.

Entre los escasos ejemplos que han sabido dar la vuelta al partido, el ex presidente del Gobierno Giuliano Amato, que ha lanzado la pelota a su mismísimo sucesor, Silvio Berlusconi, furibundo enemigo de los comunistas reales o imaginarios.

"No tengo ninguna duda, dijo Amato, de que los árbitros son todos comunistas y me pregunto cómo el Gobierno podrá reunificar el país, cuando desde su presidencia se den a conocer las pruebas de una conspiración contra nuestra selección de fútbol".
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