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Columna: Seis letras

28 de Noviembre de 2002 | 13:01 | Amanda Kiran
Cuando te informan de una tragedia, nunca es fácil aceptarla. Te dicen que alguien falleció o te informan de algún accidente brutal del cual tu cuerpo no se hace cargo. Te desmayas, te deshaces en tus propios pies... Te desarmas. Cuando te cuentan que alguien a quien realmente quieres mucho tiene cáncer, bueno ahí ya no sabes qué hacer. Ni siquiera sabes cómo reaccionar. Comienzas matando en vida, escuchas una palabra que con seis letras suena horrible.

Seis letras.

La palabra amarte tiene seis letras; la palabra pasión tiene seis letras; la palabra partir, seis letras también. Y todas suenan bien. La palabra cáncer, esa es otra historia, son otras seis letras, pero es otro abecedario, y empieza una cruzada, una batalla, una competencia, un desafío, por no perder antes de dar la pelea.

Cuando supe de la Antonia, corrí, corrí cuadras de cuadras, sólo Dios sabe para qué. Me imagino que para botar las malas vibras que me provocó la noticia, y para que una vez frente a ella, estuviera limpia y feliz, tranquila y animada, para ayudarla y no desarmarla.

Aún recuerdo su abrazo, limpio, puro, valiente.

Me debía mostrar fuerte y confiada, me debía mostrar animada; finalmente me mostré tal cual soy, así que en aquel abrazo me caí llorando. No mostré compasión, sí mucha pena, eso tenía, pena de lo que venía, pena de lo que podía suceder.

Amanda Kiran
Qué pena pensar que uno empieza a vivir justo en los momentos trágicos.
No recuerdo los mejores momentos de nuestra amistad, no recuerdo bien sus mejores chistes, tampoco sé bien cuándo y por qué nos conocimos, sólo me concentré en ésta, la mejor y peor etapa, la etapa de su enfermedad. Era trágico sentirnos sin pasado, era terrible ver nuestra lucha, a medias, con todo, siendo un equipo en todo momento y para todo.

Yo me llevaba la parte mas fácil, y ella no lo sentía así.

Finalmente ella se compadecía de mí, de mis trasnoches a su lado, de mis carreras al hospital, de mis llantos, por el sólo hecho de pensar en perderla.

Pero yo pensaba en su propia pelea, en su avance hacia la vida, en todo lo que aprendíamos en esta etapa, veía que su verdadero yo -por culpa del dolor- se desvanecía. Pensaba en lo duro de ver sufrir a sus hijos sin poder cobijarlos, y para todo eso me ocupaba a mí.

Es cierto, a veces me agotaba, me agobiaba. Es cierto, muchas veces quise salir arrancando, pero algo no me dejaba, algo tan fuerte como el lazo de la amistad. Algo así de fuerte que te enseña a estar, y a vivir. Sobre todo a vivir.

Qué pena pensar que uno empieza a vivir justo en los momentos trágicos, sentir la vida, apenas al límite de ella. Tremenda metáfora, tamaña idiotez humana.

Una noche, después de uno de sus exámenes, me quedé a dormir en su casa. Se despertó gritando de dolor, me pegó, me tiró el pelo, garabatos y gritos, sudor y molestia, todo en una noche.

Nunca lo supo, nunca lo recordó. Menos mal, no fuimos dos las que sentimos esa angustia desgarradora.

La incomprensión, la rabia. Su sudor, la mezcla, el enojo, el horror. Su dolor físico, mi dolor en el alma.

Luego de esa noche le rogué al mundo, a la bondad del mundo, le rogué a lo más alto que me repartiera un poco de su malestar, no su enfermedad, pero que me diera un poco de su dolor, que al menos la aliviara en algo.

Rogué y lloré, como nunca, más que nunca, lloré sin pensar.

No fue en vano, fue de adentro, y lo sentí como un milagro. Hice un puente, logré empatar en un puente indestructible a los mejores sentimientos del mundo. Logré abrir una veta de luz.

Los siguientes meses fueron de mejoría y bienestar. Los siguientes años han sido alegres.

La lucha continúa, pero más en paz. La lucha está ahora en mejorar nuestra calidad de vida y de ser mejores personas. La lucha son entrenamientos constantes para llegar a las olimpíadas de la vida, para ver crecer a sus hijos, ver a la mayor entrando al altar. Ver sus propias canas, y lo que ellas le quieran contar. Volver a sentir el amor.

Sentir la vida.

Y si quieren saberlo, no he vuelto a llorar así, ni he vuelto a sentir ese dolor.

Amanda Kiran