Reagan, el intelectual

05 de Junio de 2004 | 11:00 | El Mercurio
Un verdadero intelectual le comunica nuevas ideas a la gente sobre un amplio número de temas, descubriendo realidades mucho antes que la mayoría de la gente. Esta fue esencialmente la manera como el premio Nobel Friedrich von Hayek definía a un intelectual. En su ensayo publicado en 1949 por el Law Review de la Universidad de Chicago, bajo el título "Los intelectuales y el socialismo", Hayek también hacía énfasis sobre el hecho de que, para bien o para mal, los intelectuales son importantes porque moldean la opinión pública.

El economista Hayek fue uno de los personajes favoritos de Ronald Reagan. Y, según la definición de Hayek, Reagan fue un verdadero intelectual. Sin embargo, según la frase memorable del demócrata Clark Clifford, Reagan era más bien "un amable bobo". Pero qué equivocado estaba. La reciente publicación del libro"Reagan, In His Own Hands" (Free Press) ha hecho que muchos de sus críticos corran a esconderse. Este libro, con una ilustrativa introduc-ción de George Shultz, contiene 259 ensayos escritos por Reagan, que sirvieron principalmente como libretos de sus programas de radio, de cinco minutos de duración, a fines de los años 70. Son imponentes por su alcance y contenido. Presentan, además, el andamiaje filosófico tras su futura presidencia.

Con razón que Reagan siempre se veía relajado y en control. El analizaba bien las cosas. Desde mi posición de economista senior en el Consejo de Asesores Económicos del Presidente, en 1981 y 1982, pude apreciar de cerca su agudeza intelectual.

Una de mis primeras tareas fue analizar la tenencia de tierras del gobierno federal y hacer recomendaciones sobre qué hacer con ellas. Se trataba de un inmenso trabajo porque cubren un área equivalente a seis veces el territorio de Francia.

Las llamadas tierras públicas representan una gran anomalía socialista en el sistema capitalista estadounidense. Y como siempre sucede en las empresas socialistas, están mal administradas por políticos y burócratas que se mueven según las presiones de los grupos de interés. Las tierras nacionalizadas representan activos por billones de dólares y, sin embargo, generan un flujo de caja negativo. Presenté mi recomendación en la reunión anual del Consejo de Tierras Públicas en Reno, Nevada, en septiembre de 1981. El título de mi presentación fue "Privaticemos esas tierras".

Mi discurso produjo un gran revuelo. El Secretario del Interior, James Watt, estaba furioso porque quería traspasarles esas tierras a los estados, cambiando una forma de socialismo por otra. Pensé que estaba en serios problemas, y con la esperanza de evitar mi sacrificio político, le mandé mi propuesta al Presidente Reagan.

El Presidente me contestó de inmediato, apoyando mi posición. Y, mejor todavía, convirtió mi propuesta en la política de su gobierno.

Reagan habló de la privatización de los terrenos públicos en su mensaje sobre el presupuesto para 1983: "Parte de estas tierras no se utilizan y serían de mayor valor para la sociedad transfiriéndolas al sector privado. En los próximos tres años ahorraríamos nueve mil millones de dólares saliendo de esas propiedades innecesarias, mientras protegemos a nuestros parques nacionales, bosques, áreas salvajes y paisajes".

Reagan, evidentemente, ya había pensado sobre todo esto y el libro que antes mencioné contiene varios ensayos sobre el tema. Estos escritos de los años 70 recuerdan los de otro distinguido intelectual, Adam Smith. Aunque Reagan no cita a Smith, su razonamiento es similar.

Smith concluye en su "Riqueza de las naciones" (1776) que "ningunos otros dos caracteres parecen más inconsistentes que aquellos del comerciante y el soberano", ya que la gente es mucho más derrochadora con la riqueza de los demás que con la suya propia. Por ello estimaba que las tierras en manos del estado producen apenas el 25 % de lo que producen las tierras en manos privadas. Smith consideraba que las inmensas propiedades de las coronas europeas eran un verdadero desperdicio.

La oposición de los demócratas impidió que Reagan privatizara tierras federales. Y uno de los últimos decretos de Bill Clinton fue prohibir el uso comercial en grandes extensiones de tierras. Pero Reagan tenía razón.

Steve H. Hanke
Profesor de economía
de la Universidad Johns Hopkins.

Este artículo fue publicado originalmente por la revista Forbes
(AIPE, especial para "El Mercurio")

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