Auspicioso debut de nuevo ciclo de Cuentos Chilenos

El vamos a este segundo ciclo de cuentos chilenos realizado entre TVN y varias productoras independientes, lo dio Marcelo Ferrari con el cuento de Baldomero Lillo, "El Pozo".

15 de Marzo de 2002 | 12:31 |
El primer capítulo de esta segunda temporada de "Cuentos Chilenos", realización conjunta entre Televisión Nacional y varias productoras audiovisuales independientes, deja en evidencia las profundas ganas que tienen los actuales realizadores cinematográficos chilenos de renovar el panorama televisivo y, al mismo tiempo, algunos de los defectos que todavía les quedan por superar.

Lo bueno: es indiscutible que, al menos juzgando por el primer cuento exhibido, El Pozo, la calidad va por dentro. Marcelo Ferrari, novel y emergente realizador del que hace tiempo se está esperando su debut real en la pantalla grande con "Subterra", toma prestado un cuento del mismo autor de su largometraje, el escritor Baldomero Lillo, para plasmar una pícara y luego trágica radiografía de cómo son las cosas en el campo chileno.

La historia se mueve en un triángulo amoroso cuyo epicentro es Rosa, una sensual campesina (encarnada con sutileza y brío por la desconocida Alejandra Vega) que vive el despertar adolescente y recibe con obviedad los cortejos de varios de los lugareños. Pero ella tiene ojos sólo para el Chino (Néstor Cantillana), el hijo rockero de don Rigo, el dueño de la panadería local. Remigio (un correcto Álvaro Morales), es un huaso medio bruto y otro de sus pretendientes -además de antiguo enamorado- que no soporta ver cómo su amada se entrega a los brazos de otro. Por eso, cuando se construye un gran pozo en casa de Facunda (una iracunda Consuelo Holzapfel, que por mucho maquillaje igual se ve más vieja de lo que seguramente es), la madre de Rosa, el despechado campesino improvisa un vengativo plan para deshacerse del Chino.

Ferrari tiene un gran encanto visual, a través de imágenes excelentemente bien fotografiadas que captan el calor del verano rural y toda la cadencia que eso implica. A veces, eso sí, la cámara se enamora tanto con los escenarios y sus detalles que algunas escenas parecen ser parte de una naturaleza muerta en movimiento. Esa misma cadencia y aletargamiento que sirven para darle el ritmo a la historia traicionan sus propósitos, estancándola con planos demasiado largos y diálogos que parecen no conducir a ninguna parte.

Debido a lo anterior, lo malo de El Pozo es que a ratos deja un sabor a teleserie hecha en cine. Es cierto que los cánones televisivos delimitan el libre albedrío que ofrece la pantalla grande, pero vamos, que la TV tampoco es un molde tan estricto. Las mismas películas hechas para la TV (práctica común en el formato abierto y en el cable norteamericanos) han demostrado que la pantalla chica, en teoría, no tendría nada que envidiarle a la pantalla grande.

De todos modos, es un gran puntapié inicial, de calidad, buen gusto y sobretodo entretenido; una bienvenida brisa de aire fresco en la cada vez más mediocre programación nocturna local. ¡Salud!


Alejandro Alaluf B.
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