Gades: El espectáculo de la libertad

Crónica acerca de los espectáculos que Gades presentó en Chile en 1995, "Carmen" y "Fuenteovejuna".

20 de Julio de 2004 | 18:02 | Por Juan Antonio Muñoz H. , El Mercurio en Internet
SANTIAGO.- Cuando el anfitrión es Antonio Gades, el nexo entre escenario y platea se convierte de inmediato en encuentro de amor, muerte y libertad, temas que han obsesionado desde siempre al famoso bailaor.

Los espectáculos que el artista presenta por América —Brasil fue la última estación antes de Chile— producen una rara convulsión en el público, que se sumerge en los misterios del tablao desde el inicio y que participa de manera comprometida —solidariamente comprometida— en la ejecución.

Flamenco y Antonio Gades, acunados ambos en tierra seca y servidos en mesa pobre. Andariegos, uno y otro, por esos pueblos blancos de Andalucía o Castilla. Flamenco: agitada convulsión de gitano andaluz o claroscuro de un Goya o un Velázquez. También aroma de jazmines, romero y sándalo, y desgarro de falda por amor, ira o violencia. Todo eso proyectado a la voz, las manos y los pies.

Formas de encantamiento

A la hora de explicar el origen del flamenco, dos corrientes salen a defender su postura. La primera es por extensión de la palabra, término con que se designaba a los seguidores de Carlos V de Alemania (que subió al trono español como Carlos I). La misma denominación se habría dado a los gitanos, que traían a España "una música extranjera".

La segunda teoría dice que el vocablo se debe a los moros, quienes ocuparon España por siete siglos y eran llamados Falah men Eikum.

Pero, ya se sabe, de cuerpo y alma el flamenco es gitano, un pueblo que, por definición, danza y canta para catalizar los momentos de la vida, sean estos de dulce o de agraz.

Pero más allá de las teorías y de los muchos estudios que hay al respecto, el flamenco como arte consiste de un cante acompañado por danza. El cante jondo es una fusión total de canto y palabra, y un escaso ejemplo de emisión primitiva que persiste en la actualidad. El cantaor es una especie de muecín que quiere comunicar su quehacer de espíritu y que para eso se sirve de poner la palabra en suspenso; es por eso que la mantiene largamente en la garganta antes de dejarla partir. El compositor Manuel de Falla escribe: "La utilización reiterada de una misma nota, frecuentemente acompañada de apoyaturas superiores e inferiores, es un proceso familiar a ciertas formas de encantamiento y también a ciertos recitativos que podríamos considerar prehistóricos".

A cargo de esta tarea, Gades deja a la legendaria La Bronce, única mujer entre un grupo de cantaores integrado por Gómez de Jerez, Manolo Sevilla y Gabriel Cortés, junto a los guitarristas Antonio Solera, Manuel Rodríguez y Faustino Núñez. Todos ellos son siempre parte del entorno escénico y dan respaldo a la acción. Sirven, a la vez, de refugio al bailaor, y son eje del ritmo, pilar de cualquier éxito en lo dancístico y lo teatral.

En lo que a baile respecta, el hombre pone los puntos sobre las ies con el taconeo, siempre vigoroso y muy elaborado en las coreografías de Gades. Y ella responde-provoca con las manos y el cuerpo, a los que hace evolucionar en sensualidad y fiereza. Y mientras el varón casi siempre dibuja figuras geométricas angulosas triángulos, trapecios, la mujer serpentea como una llama, envolviendo con un calor que bien puede matar o morder.

Tanto "Carmen" como "Fuenteovejuna" son espectáculos que tocan temas que desde la Península Ibérica han penetrado América Latina y el mundo, y que se han hecho universales a pesar de sus referencias tan precisas. Gades los particulariza aún más al someterlos a las leyes del flamenco, y los enmarca de negro, y pone sobre ellos luces dramáticas que más de una vez apelan a remembranza de noches de verano en los jardines de España, a fogatas gitanas con el crepitar de las llamas recorriendo un rostro y otro. Y como queriendo dejar constancia de que la esencia de España convoca a japoneses, brasileños, italianos y argentinos impregna la escena con los colores de Velázquez o con las luces de Goya.

Carmen: perfume de mujer

Porque el amor es como el fuego, cuando rompe la llama ya no hay remedio.

Y no hay remedio a la hora de dejarse llevar por esta mirada de Gades para uno de lo personajes femeninos más atractivos del imaginario francés-español: Carmen, más una obsesión que una mujer en la idea del bailaor, quien se inspira en la novela de Prosper Merimée (1845) y la ópera de Bizet (1875) "que capta como ninguna el espíritu de España" (la grabación que integra la banda sonora es la de Thomas Schippers con Regina Resnik y Mario del Mónaco como la gitana y Don José). Pero el sonido no corre sólo por cuenta del músico galo; más bien, esa partitura sólo da el marco teórico que completan "Verde que te quiero verde", de Federico García-Lorca y Ortega Heredia, y fragmentos de "El gato montés", de Penella.

La soprano Sylvia Sass, al debutar recientemente como Carmen, decía que, entre otras cosas, se había inspirado para su papel en la idea de Antonio Gades-Carlos Saura, porque reflejaba bien el concepto de libertad implícito en esta mujer que defiende a ultranza la posibilidad de escoger, sea en el amor o en el trabajo. Antonio Gades, trasladando la acción a una academia de baile, apuesta por la gitana libertaria, y la señala como una mujer de mente abierta enfrentada a un José de menos horizontes que, tras asesinarla, se da cuenta de que así la ha hecho aún más libre, relegándose a sí mismo a una cárcel tan estrecha como sus pensamientos.

La bailarina Stella Arauzo es una Carmen seductora, cálida y temperamental, una antiheroína marginal que desde el comienzo se pone contra lo establecido; una mezcla de ángel y demonio cuya única religión es el amor físico. Ella ama sólo por ejercer la seducción, y es ahí donde radica su placer. Es por eso que una vez que José ha caído ya no le interesa más. Se devoran por el solo placer de devorarse.

Y Don José (Antonio Gades), como un adolescente, sucumbe fácil a sus encantos, dispuesto a batirse como en pelea de gallos con quien aspire a tocar a su amante. Es que cree ser un Pygmalion o un Profesor Higgins ("My fair lady"), que puede modelar a Carmen de la manera que mejor convenga a su ego de macho primitivo. Y es ahí donde se equivoca, porque ella no es mujer de su tiempo.

Fuenteovejuna: masa y sentencia

"En el lavadero te he visto lavar/ y me parecías estrella de mar/ en el lavadero te he visto lavar".

Para "Fuenteovejuna" la acción se traslada a la España rural. Mientras trabajan, grupos de campesinos cantan. Están felices hasta que llega un enviado del rey, que hace toma del poder local, desautorizando al alcalde y queriendo ejercer el derecho a pernada, institución de los señores feudales que reservaban para sí la primera noche de las novias del pueblo (jus primae noctis). De la tierra y el río surgen entonces Laurencia y Frondoso, los enamorados, sobre quienes caerá el peso del Comendador.

Explota la revuelta y la escena ve aparecer al verdadero protagonista de todo esto: la colectividad, que asume de una vez su papel de juez y que ejecuta por sí misma la sentencia.

Félix Lope de Vega escribió en 1618 (aprox.) esta comedia dramática y la enmarcó en los acontecimientos que rodearon la guerra entre los Reyes Católicos y Juana la Beltraneja. De valor poético y trágico, la pieza funciona también como consigna desde el momento en que los habitantes de Fuenteovejuna son sometidos a tortura para averiguar "¿Quién mató al Comendador?". La respuesta es "Fuenteovejuna" (un "yo" salido de la boca de cantaores y bailaores en el caso de la coreografía de Gades) y la palabra se convierte de inmediato en clave de solidaridad que no es necesario descifrar.

La idea de Antonio Gades, como él mismo señala, es "poner contrapunto al creciente individualismo. Un libelo contra la opresión".

Esta coreografía es un sueño de años del artista y tuvo su debut en diciembre de 1994, en el teatro Carlo Felice de Génova. En ella, aunque Gades atiende los temas del amor entre los jóvenes, del amor paterno (el alcalde protege con comprensible celo la integridad de su hija) y además se preocupa de enfatizar la relación de amistad seria que surge entre el padre de la muchacha y Frondoso, el centro de atención es la masa como poder real y eso se observa también en el movimiento, con los grupos ondeando y reaccionando a los golpes de la suerte. Así, en este caso mucho más que en "Carmen", el artista se define a sí mismo como "un coreógrafo de la coralidad más que de la individualidad". Tanto, que cuando Laurencia es violada, son todas las mujeres del pueblo las que viven el ultraje.

Aun así, destina escenas de comprometido lirismo para la rubia Laurencia (Marina Claudio, con notables condiciones de actriz) y para sí mismo, un Frondoso más adulto que lo esperado, pero tan pasional como el de Lope. Todo esto, por supuesto, sin otras palabras que las que permiten los cantos populares utilizados.

Concebida de manera cíclica —comienza describiendo el alba de un día de trabajo y concluye de la misma manera—, "Fuenteovejuna" incorpora al flamenco referencias de otras danzas castizas, y también fragmentos de música barroca y de Mussorgski.

Tanto "Carmen" como "Fuenteovejuna" son espectáculos de una perfección pocas veces vista, en los que música, danza y teatro se confunden. El primero remite al poder de la pasión y es también un tajante cuadro de desborde a la hora de crear. "Fuenteovejuna", en cambio, es llevada por la pasión (debido al tema, no puede ser de otro modo), pero como sujeto estético está más consolidado y resulta más profundo. Ambos derrochan belleza plástica y seguramente serán mucho mejor aprehendidos por quienes hayan tenido algún contacto con la pintura surgida en España, y ambos conmueven al punto de que nadie en la platea podrá sino aplaudir de pie.

Al término, como si no bastara con lo ya visto, Gades y su gente agradecen la recepción escenificando cuadros que son un espectáculo aparte.
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