Témpera

Que no se confunda intensidad con cantidad de instrumentos o con alto volumen. Comparada con un Pánico generoso en arreglos, Témpera es una grabación tosca, cruda incluso, cuyo eje son la guitarra y la voz no siempre prolija y afinada de García.

07 de Agosto de 2008 | 17:26 |

Un pequeño rincón del digipack que porta el segundo disco de Manuel García está ocupado por cuatro líneas de Chinoy, músico de San Antonio con quien ha compartido más de un escenario. No es casual el dato, porque el rasgueo y la letra de “Témpera”, la canción, están emparentados con la guitarra machacada y el caudal de imágenes que ese porteño despliega en sus composiciones. La canción se sostiene sobre pura intensidad: en los versos, en el ritmo, en la voz y en las cuerdas. Cuando están impregnadas de esa fuerza, algunas pinceladas de esta témpera se vuelven emotivas.

Que no se confunda intensidad con cierta cantidad de instrumentos o un indicador de volumen. Comparada con un Pánico (2005) generoso en arreglos, ésta es una grabación tosca, cruda incluso, cuyo eje son la guitarra y la voz no siempre prolija y afinada de García. Es más, la mano derecha se emplea aquí mucho más para rasguear y menos para arpegiar que en la anterior entrega.

Parece curioso que canciones que incorporan más arreglos, como “Perderse” y “Piedras”, sean más flojas y no mantengan la tensión. Pero ocurre que la fuerza de este disco está, en realidad, en las letras. De este modo, lo más inquietante de “Canción y plegaria” es la pregunta que inicia los versos y no los arreglos algo barrocos que toca un quinteto de cuerdas con oboe. De la misma forma, el retrato provinciano de Santiago en “La gran capital” es aún más atractivo que la melodía sobre la que se canta. Y canciones reposadas como “Barcos de cristal” o “Es bello es bueno” descansan sobre las imágenes que sugieren sus líneas.

Témpera se oye chileno al cantar en “Pañuelí” sobre un septiembre que solo acá es triste y festivo e invocar a Violeta Parra en el bombo y cuatro de “Los colores”. Y recuerda la extraña religiosidad latinoamericana cuando pone a bailar a la Virgen María con el diablo y narra que Cristo rompió el laúd y lo echó en un ataúd. Pero lo único que quizás puede atarlo a estos días sea el desencanto implícito en casi todas sus canciones y la mirada íntima que las cubre. Es un disco que se enrolla sobre sí mismo. En distintos momentos incluso canta de poetas, canciones, tambores y tocar la guitarra. Y eso puede ser bello y bueno.

—Rodrigo Alarcón L.

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