El broche de oro

Si ya en 2009 la temporada de cámara dedicada al maestro Fernando Rosas marcó hitos en el Teatro Oriente, la vara volvió a subir un poco más durante el último concierto, con el maestro del piano y sus 86 años de sabiduría y sensibilidad.

21 de Octubre de 2009 | 10:56 |

El señor Menahem Pressler. Escucharlo no sólo es un privilegio. Es un placer para los sentidos.

El Mercurio

La Temporada Internacional de Conciertos Fernando Rosas de 2009 llegó a su fin con un concierto que quedará grabado por mucho tiempo en los oídos del público que llenó el Teatro Oriente de la capital. Se debió, entre otras cosas, a la presencia del legendario pianista Menahem Pressler, quien en sí mismo constituye un hito, y no sólo por sus juveniles 86 años, puesto que habiendo dejado atrás todas las distinciones y premios recibidos ahora se dedica en cuerpo y alma a la mejor interpretación de los repertorios que aborda.

Además el American String Quartet (con Peter Winograd y Laurie Carney en los violines, Daniel Avshalomov en la viola y Wolfram Koessel en el chelo) que le acompaña es un grupo de excelencia que se suma musical y entusiastamente a cada una de las indicaciones precisas que Pressler entrega desde el piano. Ellos han superado con largueza los aspectos técnicos, por lo que su misión es simplemente entregarse completamente al repertorio.

Su perfección y musicalidad asombra en razón de transformar en sencillo todo aquello que podría eventualmente ser dificultoso, agregando la dosis justa de naturalidad.

Abrieron el programa con el “Cuarteto N° 2 en Mi mayor para piano y cuerdas, K. 493” de Wolfgang Amadeus Mozart en el que actuó Laurie Carney en violín. Fue de factura elegante y en el más riguroso estilo, destacando la correspondencia de fraseo y dinámica entre cada uno de los intérpretes. Aquí usaron cuidadosos balances sonoros envueltos en una expresividad clásica. Pressler con su bello toucher fue el complemento perfecto en cada movimiento: sereno y apolíneo el primero, expresivo y oscuro el segundo y exultante en el tercero, que se disuelve en un final de una levedad genial.

El “Cuarteto N° 3 en Fa mayor, Op. 73” de Dmitri Shostakovich, que es una perfecta muestra del estilo más clásico de su autor, explota todas las posibilidades técnicas de las cuerdas, obligando al mismo tiempo a sus intérpretes a dar el máximo en expresividad. Todas estas características se dieron ampliamente. Primero señalaremos el cambio de peso sonoro en una obra que bordea el expresionismo y que luego de su inicio encuentra temas cercanos a la burla y la ironía con grandes contrastes dinámicos y de carácter.

En el segundo movimiento nos encontramos con un obstinato de la viola, mientras el violín primero juega con glissandos en suspendidos pianissimos de gran dramatismo sobre la base que dan la viola y el chelo. Con una alusión a su sinfonía N° 10 se inicia el tercero, a través de violentos y secos acordes en un obsesivo juego rítmico de gran perfección. Con un clima tenso se inicia el cuarto movimiento, presentando lamentosas voces con las que desarrollan progresiones de gran efectividad. El quinto nos lleva a una irónica luminosidad en su despliegue de pizzicatos, entrando de lleno a cambios de carácter y tempi que concluyen en un final de enorme fuerza expresiva en pianissimo. Creemos que ninguno de los logros habría sido posible de no mediar la absoluta fusión del cuarteto en su concepto de interpretación.

Con Pressler nuevamente en el escenario, los visitantes interpretaron el hermoso “Quinteto en La mayor para piano y cuarteto de cuerdas, Op. 81” de Antonin Dvorak, con el que retornaron al más profundo romanticismo. De su primer movimiento destacaremos sus diálogos e inflexiones, tanto como sus rubatos perfectos. Su segundo movimiento, llamado “Dumka” debido a la recurrencia del tema folclórico, mostró bellos diálogos entre el piano y la viola, que interactúan expresivamente con el resto de los instrumentos. La parte central rápida fue extremadamente virtuosa.

La precisión a pesar de su velocidad fue la característica que mostró el tercer movimiento de esta obra, mientras que el cuarto, de un carácter casi heroico, fundió en espíritu a cada uno de los intérpretes. Hacia la parte final se escuchó un espléndido juego de contrastes que acentuaron la expresividad, pero sin perder jamás su lirismo.

Ante las interminables ovaciones, ofrecieron como encore un Andante de Brahms, creando un mundo de enorme sutileza. Sin duda estuvimos ante uno de los mejores exponentes de la música de cámara, quienes derrocharon talento, musicalidad e intuición, en un concierto que cerró brillantemente la Temporada 2009 de la Fundación Beethoven.

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