La antigala

Aunque el nombre dado a la jornada haya intentado vestirla de etiqueta, el grupo norteamericano demostró en su regreso a Chile que su rock nunca ha sabido de convencionalismos. El público celebró cada segundo de esa actitud, y Mike Patton respondió incluso reviviendo la asquerosa costumbre de los salivazos. Nada menos elegante.

30 de Octubre de 2009 | 09:36 |

El regreso de los salivazos: Mike Patton fue sujeto de ese extraño ritual de adoración en su regreso a Chile con Faith No More anoche en el Teatro Caupolicán.

Claudio Caiozzi

Primero fue anunciado el regreso a Chile de Faith No More en un multitudinario concierto, pero la buena cara del negocio hizo que se agregara una nueva jornada en la visita del grupo, un día antes, en el Caupolicán, y bautizada como "La gala". Sin embargo, no hay ninguna etiqueta más lejana que ésa para calificar lo que la banda realizó anoche, en su primer show en el país tras 14 años de ausencia.

Y aunque Mike Patton, Billy Gould y compañía, aparecieron en el recinto de calle San Diego vestidos de traje (con excepción del baterista Mike Bordin), eso no fue más que una fachada. Hay en Faith No More una sustancia de la que su propia música siempre dio cuenta, y que anoche volvieron a lucir: Es un grupo que no sabe de convencionalismos, inclinado a la búsqueda, que sólo se debe a sí mismo.

Una conceptualización que abre la puerta en diversas direcciones, y que la banda, en su regreso, las recorre todas: Desde una apertura hacia sus zonas más pesadas con "Collision", a un primer quiebre hacia su lado más amable con "Evidence", una "canción de amor" que Patton dedicó a "Antonito" Vodanovic.

Fue el primer guiño al arraigo que el grupo tiene no sólo en sus fans chilenos, sino en la cultura pop de este país. Decir que habían cambiado de nombre a "Frei No More", antes de interpretar "Last cup of sorrow", fue el siguiente, pero el más radical vendría un rato después, tras la interpretación de "Ashes to ashes".

"Lo mejor es tocar con vosotros, pero sin los pollos... aunque también con los pollos", dijo Patton antes de cantar "Just a man", recordando la marca registrada de su concierto de 1995. Es de imaginar que semejante sugerencia no encontró más respuesta que una vergonzosa lluvia de salivazos cayendo sobre el cantante, quien la recibió como si nada.

Fue la imagen más llamativa (y asquerosa) de la noche, pero no la que debe marcar este reencuentro. Los asistentes habrán podido festinar con un Patton que ponía el pecho a escupitajos, los lamía de su brazo y se tragaba su micrófono, entre otras payasadas, pero eso fue sólo un valor agregado. Antes de todo eso, las seis mil personas que repletaron el teatro ya estaban entregadas al sólido regreso de una banda esencial, que no temió a los prejuicios de su primer público objetivo para expandir los límites del rock pesado hacia donde quiso: Tintes progresivos, de blues, funk, hip-hop y lo que les viniera en gana, podía formar parte de la cocción de sus canciones.

Esa misma herencia fue la que trajeron a Chile de regreso, y que montaron con la destreza y solidez de fábrica, siempre con la dotada garganta y la infinidad de trucos vocales de Patton como punta de lanza. Fue ésa la matriz para un repertorio cargado de éxitos tan variopintos como "Digging the grave", "Epic" y "Easy", que hicieron el resto de la tarea.

Aunque cueste creerlo, se supone que los mencionados escupitajos de los 90 obedecían a una inentendible forma de veneración metalera. Patton volvió a recubrirse anoche de tan cuestionable halago por propia petición. Bien por él, aunque no necesitaba llegar tan lejos: Era tal el hervidero en el Caupolicán y tan intensa la respuesta del público, que el arraigo de Faith No More en sus seguidores locales no dejaba lugar a dudas. Ni todos los escupos juntos habrían podido expresarlo mejor.

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