Rock válido como forma de arte

En su segunda visita a nuestro país, el músico inglés confirmó el jueves 16 de mayo que es uno de los grandes nombres del rock progresivo en la actualidad al mantener intacta su propuesta.

18 de Mayo de 2013 | 16:31 |

Dadas las actuales circunstancias que vive la industria de la música, cuesta creer que una apuesta que se sostiene sólo por la voracidad artística de quien la sustenta llegue a repletar un recinto de tamaño medio, como el caso del céntrico Teatro Caupolicán. Este lugar, que en sus butacas y palcos ha visto desfilar un sinfín de propuestas de todo tipo, fue el que se rindió completamente a los designios del músico, productor y multi-instrumentista británico Steven Wilson.


Ya la noticia de que el segundo show del inglés (tercero si se considera que en su anterior visita a nuestro país, en abril de 2012, realizó dos presentaciones, una el Teatro Oriente y la otra en el Caupolicán) había agotado la venta de entradas da para extenderse en teorías de qué es lo que, finalmente, consume musicalmente el público. Con una audiencia que bordeó las cinco mil personas, decir que Steven Wilson, cuya apuesta arraigada en el rock progresivo y su actualización sonora lo hacen inviable en el ámbito estrictamente comercial, es un "artista de culto" es simplificar su alcance hacia la masividad desde una vereda mucho más artística que de producción en masas.


La gira que el músico viene realizando se enmarca en la promoción de su más reciente álbum, The raven that refused to sing (and other stories), editado este año. Y brindó un show ante un público totalmente compenetrado con su propuesta, una que bebe de clásicos como Genesis (sobre todo del periodo en el que Peter Gabriel estaba en el grupo), como también de agrupaciones más contemporáneas como Radiohead.


De los cortes mucho más progresivos se desprenden temas como el que dio inicio al recital, "Luminol", de su nuevo disco. De inmediato se pudieron apreciar que los clichés de un género que, en teoría, fue sepultado por la aparición del punk a mediados de la década del setenta. Vale decir, canciones que funcionan a modo de pequeñas suites, con variaciones dentro de su misma estructura, lo que hace que su duración sea mucho mayor, además de secciones instrumentales de gran virtuosismo.


Si "Luminol" fue la carta de presentación, con "Drive home", segundo tema presentado, Steven Wilson dejó claro que su propuesta es buscar la excelencia artística tanto en el registro como en el show en vivo. Variados juegos de luces, un sonido impecable y una banda llena de virtuosos, como el guitarrista Guthrie Govan y el saxofonista Theo Travis –este último ligado a grupos clásicos del género como Gong y a solistas de la talla de Robert Fripp– son los complementos perfectos a la música de Wilson.


"Amo a mis fans chilenos", dijo el británico en un español bien aprendido y el Caupolicán hirvió en aplausos. Aún sin esas palabras, el público observaba de forma paciente y respetuosa temas que superan la media radial. Por ejemplo, la suite "Raider II" del disco Grace for drowning (2011), dura alrededor de veinte minutos y fracción. Todo un ejercicio de paciencia y que muestra la vertiente más progresiva de la música de Steven Wilson.


También está ese elemento más moderno, que hace que nuevas generaciones lo hayan admitido como uno de los últimos ídolos del rock moderno. "The holy drinker", de su nuevo registro, e "Index", de Grace for drowning, muestran este lado más contemporáneo en el que los teclados clásicos se mixturan con elementos electrónicos. Esa misma cualidad, que también se ve favorecida con la extensión de las canciones, se notó en "Harmony Korine", de Insurgentes (2009), que los seguidores del artista han transformado en un verdadero clásico del repertorio del inglés.


Con un sonido de alta fidelidad, Steven Wilson logra transmitir de mejor forma su propuesta al público. Cierto toque de teatralidad en su show, que sin duda es herencia de los clásicos del progresivo, le da un plus al momento de presentar cortes de factura más delicada como "Deform to form a star", de Grace for drowning (2011), o, si se prefiere, realzar las características más progresivas de su propuesta, como con "The raven that refused to sing", tema que da el nombre al nuevo trabajo del británico.


Y si bien Steven Wilson es un artista que siempre busca en el futuro, para esta ocasión rescató una joya pasada para el cierre de su visita a Santiago. "Radioactive toy", tema que aparece en el disco On the sunday of life (1992) de su proyecto más conocido, Porcupine Tree. El mismo músico lo explicó así: "Los primeros tres discos que hice los elaboré solo, bajo la firma de Porcupine Tree. Por eso decidí poner algunas de esas canciones en el cierre de mis recitales".


De esta forma fue que Steven Wilson finalizó su presentación, mostrando el cambio radical que ha tenido su forma de componer desde aquellos lejanos días en que, sin imaginarlo quizás, su propuesta basada en lo más anti-comercial del mundo de la música sería ahora una que siguen miles. Los mismos que se retiraron del Caupolicán con la satisfacción de haber asistido a un show en lo que primó en todo momento fue el discurso artístico de la canción por sobre todas las cosas.

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