Rebel heart

De rebeldía tiene poco y nada: Madonna más bien reafirma en su disco número trece que es la veterana cantante pop vigente en una industria poblada de discípulas suyas y de audiencias juveniles.

14 de Febrero de 2015 | 11:12 |

A los 56 años y luego de los trece discos que suma en 2015 con el estreno de su anticipado Rebel heart, es claro que la principal cualidad reciente de Madonna no ha sido la de reinventarse, como quisieran divulgar sus publicistas, sino la de mantenerse.

Tal vez se reinventó en los '80 y '90, cuando pasó de la estrella pop incipiente de sus inicios a la sacrílega de Like a prayer (1989), y de la sacrílega a la provocadora sexual de "Sex" y Erotica (1992), y de la provocadora sexual a la diva pop asesorada por diversos productores de turno a partir de Ray of light (1998). Desde entonces ese último ha sido el método general de la cantante, con William Orbit, Mirwais, Stuart Price, Timbaland, Pharrell Williams y otros en sus equipos de productores, compositores y colaboradores, dentro de un mundo poblado por estrellas pop y nuevas oleadas de audiencias siempre más jóvenes, y en el que Madonna figura cada vez más como una sobreviviente.

En esa lucha por la vigencia no hay mucho espacio para correr riesgos ni romper continuidades entre un producto y el siguiente. Por ejemplo, Madonna invitó a la rapera Nicki Minaj a su disco anterior, MDNA (2012): "Perra", dijo ahí Minaj en la canción "I don't give a". Ahora vuelve a invitarla en Rebel heart (2015): "Perra", dice aquí Minaj en la canción "Bitch I'm Madonna". Literalmente nada muy nuevo. La misma Nicki Minaj junto a Alicia Keys y Kanye West, entre varios otros invitados, confirma en cambio que Madonna sigue siendo una corporación necesitada de talento nuevo que reclutar para validarse, y por eso es útil el gesto de chequear la letra chica de Rebel heart para asistir al modo en que es facturado un disco de la cantante.

En este caso la tarea está sobre todo en manos de Diplo y Avicii, productores con créditos anteriores para M.I.A. y David Guetta, entre otros, y sobre todo en la legión de compositores convocados. De muestra valen las primeras canciones, las mismas que Madonna adelantó en diciembre pasado luego de que fueran pirateadas y filtradas a la red. En "Living for love" firman Toby Gad (con éxitos previos para Beyonce y John Legend) y Ariel Rechtshaid (Haim, Vampire Weekend); en "Devil pray", Carl Falk (One Direction) y Savan Kotecha (Maroon 5); en "Ghosttown", Jason Evigan (Demi Lovato) y Evan Bogart (Rihanna); además de MoZella, la creadora del hit "Wrecking ball" para Miley Cyrus. Toda una industria en la misma sintonía.

La primera de esas canciones ("Living for love") es en especial cuantiosa, con siete compositores involucrados, entre ellos Alicia Keys. En el resultado se mezclan los acordes de piano de Alicia, un pulso dance en la base, coros gospel de fondo y un creciente carácter house. Y en general la jefa alinea muy bien toda la información del disco al servicio de su estilo, por ejemplo en esa mezcla familiar entre guitarra acústica y bases electrónicas que vuelve a sonar en "Devil pray"; o en "Ghosttown", que es una de las mejores baladas de su catálogo; o en la letra de "Illuminati", producida por Kanye West. Madonna alude ahí a la teoría conspirativa en una letra más bien superficial que sirve sobre todo para pasar lista a celebridades (desde Jay Z, Beyoncé, Nicki Minaj, Lil Wayne, Rihanna, Kanye West y Lady Gaga, hasta Obama o el Papa), tal como en "Vogue" (1990) pasó lista a las figuras glamurosas de la historia de Hollywood.

Si hay novedades nunca son dramáticas, como cuando Madonna elige un ritmo dance hall en "Unapologetic bitch". En las letras sí se advierte un posible borde más personal. Usa una guitarra acústica para empezar "Joan of Arc", una canción que se llama así porque la cantante dice "No soy Juana de Arco", y reconoce cuánto le afecta una palabra de odio, una mentira o incluso una foto, dada su exposición "mediática". El reconocimiento de esa vulnerabilidad contrasta con la arrogancia de "Iconic", donde todo es autoafirmación, desde Mike Tyson al inicio hasta el estribillo sobre haber nacido para ser icónica. Y el redoble marcial de tambor que marca el ritmo de "HeartBreakCity" subraya el carácter de ajuste de cuentas que tiene esa canción, con una Madonna que puede llegar a amedrentar cuando dice simplemente "maldigo el día en que nos conocimos", con una voz donde por una vez se escucha ruda, amarga e incluso envejecida.

La mejor muestra de cuánto cambia y cuánto se mantiene en el nuevo disco está en el contraste entre las canciones "Devil pray" y "Holy water". Entre el diablo y el agua bendita. Madonna ya ha cantado antes sobre oraciones y salvaciones, y en "Devil pray" invoca a la Virgen María y canta aleluyas, pero no con la herejía de antes, sino con algo parecido a un sermón. "Y podemos tomar drogas y fumar caño y tomar whisky y poder volarnos / y podemos aspirar pegamento y usar éxtasis y meternos ácido / perdidos para siempre sin camino de vuelta a casa", canta. Si antes vendió hedonismo, ahora vende espiritualidad. Pero luego es desenfado lo que hay en "Holy water" y su alusión tácita al sexo oral, donde reaparece la Madonna más erótica para rimar bendición con genuflexión en versos como "baby, deberías bajar con suavidad y beber mi precioso alcohol", para terminar citando su hit "Vogue". Es la insolencia que también es parte de sus especialidades. Aunque nunca tanto como para justificar el nombre de Rebel heart. Madonna es un producto y una vez más está bien facturado, pero de ahí a la rebeldía anunciada en el título hay mucho trecho. Y eso también es coherente. No es primera vez que ella intenta vender algo que no tiene —rebeldía, vanguardia— además de lo que sí es: la mercancía pop más duradera de su tiempo.

David Ponce

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